Justa recompensa

Hoy, la tarde se torna sombría. Con paso lento avanzan, ni una palabra entre ellos, desde el primero hasta el último van perdidos en sus pensamientos, en secreto, guardando la esperanza de haber sido los elegidos. La abuela tropieza en la entrada del nicho, sus medias se corren, pero a ella no le importa, lucha por contener una sonrisa que observo. ¡Ella conoce el contenido del testamento!

“¡Malditas hienas, nadie verá un centavo del dinero que dejó su abuelo!” Me susurra al pasar.

#Reto5Líneas Octubre (Hoy, abuelo y último)

Un dos tres

Tajo lleva prisa, es un asunto importante. No es que necesite ir rápido, es que así lo siente él, en los huesos. Se esconde tras del árbol de doña Eduwiges, la loca de la colonia. Con el rabillo del ojo presta atención a la puerta de la casa por si sale a perseguirlo con la escoba. Ve pasar a Nacho, a unos metros sin percatarse de su presencia. Levanta la vista y calcula la distancia. Respira profundo y se arranca en carrera. —¡Un dos tres por todos mis amigos y por mí! —grita triunfante levantando la lata.

#Reto5Líneas mes de septiembre (importante, rápido y amigos)

Life as I see it (doce)

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El fin de la inocencia, mi primer viaje de estudios y la pelota de básquetbol.

Ha llegado el momento de hablarles del último héroe que conocí en mi formación primaria.

El viaje de estudios llenaba nuestras mañanas de plática y los fines de semana de actividades para recaudar fondos. El director Rubén consiguió un camión escolar, de esos amarillos que echan humo negro cuando caminan. En mi casa no estaban tan felices con el dichoso viaje. Mi madre, en más de una ocasión, expuso un argumento de peso en contra de mi asistencia, pero debo de decir que mi papá estaba feliz de que fuera.

—Viajando solo, va a crecer, tal vez se le quite lo pendejo —decía mientras soltaba una de esas risotadas tan suyas.

Yo no me sentía aludido, si bien el ser pendejo en mi casa era casi obligatorio, yo sentía que estaba por salir de esa categoría, digo soy el mayor por algo ¿no? Claro que el famoso viajecito poco hizo para sacarme de esa casilla.

Ferias, rifas y venta de hamburguesas, todo fue pasando y pronto llegamos a la cantidad que se requería para iniciar la aventura. Llegamos al final de semana con el puro vuelo. Todos los preparativos y las actividades para recabar fondos, estaban por dar sus frutos.

La salida.

En mi casa viajábamos mucho, casi todos los fines de semana íbamos a visitar a una de las abuelas, por lo que el concepto de viaje de estudio me atraía, no sabía que íbamos a estudiar y no creo que ninguno de mis compañeros lo supiera tampoco. Tenía una mochila verde del ejército americano, que mi padre había comparado ex profeso para la ocasión. Ahí puse un cambio de ropa interior, unos guantes y una bufanda por si el frio nos encontraba al llegar.

Afuera de la escuela estaban los cuatro profesores, que serían los acompañantes del viaje. Nos emparejaron y nos fueron subiendo al camión como si fuera el arca de Noé, de dos en dos. Me toco con Héctor, un tipo muy serio, casi no me llevaba con él. Había llegado tarde al año escolar y se comentaba que era hijo de soldado. En realidad, nunca supe su historia, pero sí sé que al menos en ese viaje congeniamos muy bien, su sentido de alerta influye mucho en esta historia.

De camino a nuestro destino, paramos a comprar burritos en Villa Ahumada (ahora ciudad Ahumada), que es famosa por sus asaderos y chorizos. Yo no llevaba mucho dinero para gastar, de hecho, no recuerdo haber llevado más que unos cinco pesos y la bendición. También una bolsa con lonches de jamón, atún y claro que no podía faltar mi “frutsi”. Héctor y yo compramos un burrito que compartimos, al igual que el lonche que llevábamos.

Cuando llegamos a la ciudad capital del estado, tuvimos una agenda muy apretada, entre ir a palacio de gobierno y turistear por el centro, también teníamos planeado visitar a la esposa de Pancho Villa. Este famoso personaje de la historia de México, había tenido muchas mujeres, pero una de las últimas vivía en Chihuahua. Así que fuimos a su casa a visitarla. La casa estaba dispuesta como una especie de museo, donde entrabas a varios cuartos y veías réplicas de armas, fotografías y muchos objetos de la revolución. Era una visita importante, histórica, pero tuvimos un contratiempo. La casa no olía muy bien, pienso que la gente que debía de atender a la señora no hacia un buen trabajo y su cuarto olía muy mal. Tanto que un par de los compañeros se pusieron enfermos. Luego sabríamos que fueron los famosos burritos los culpables. El hijo del profesor Raúl, era un par de años más chico que nosotros. Yo me di cuenta de que se sentía mal, así que le dije que me acompañara y fuimos a comprar un refresco, le pedí a la señora de la tiendita si tenía limón y sal y se la eche a la soda. No sé si saben, pero en la casa de los Juárez, la coca con limón cura todo menos lo feo y lo pendejo (lo de pendejo merece capítulo aparte).

Pancho Villa

Pues ahí estábamos, Raulín y yo, afuera de la casa museo en una tiendita, nunca se me ocurrió que alguien pudiera echarnos de menos o que tal vez debería de haber avisado que me iba a salir. Para no exagerar, solo diré que se armó la gorda. El profesor Raúl me puso una regañada que me agüité bastante. Ya cuando íbamos camino a la sierra, se me acercó a pedirme disculpas, su hijo le había platicado el motivo por el que nos salimos.

Se iba haciendo tarde y llegamos al lugar donde íbamos a pasar la noche. Al fin ganado, los niños nos quedamos en el camión y los adultos en unas casas de campaña. A pesar del frio, fue una noche muy emocionante, contamos historias de terror, cantamos y básicamente no dormimos hasta el amanecer. Yo me sentía reportero gráfico y sacaba fotos por todos lados. Nunca se me ocurrió que me sacaran una a mí para que quedara constancia de mi asistencia al viaje.

El día de mi “gran” evento empezó normal, todos los niños bajamos del camión a una parada técnica entre los árboles, mientras las niñas hacían lo propio en otra área. Ni hablar de bañarte ni nada, un salivazo al gallo y vámonos. El acceso a la cascada es a pie. Dejas el camión en un área reservada y el resto del tránsito es caminando. Al fin todos niños, la caminata se hacía fácil, pero los resbalones estaban a la orden del día.

¿Mencioné que estaba gordito?

La subida casi me mata. Siempre supe de una condición cardiaca que tenía, pero nunca me había exigido tanto como para que se notara. Héctor, el tipazo que resultó ser, se fue quedando atrás para que no me quedara muy retrasado. La sierra es un lugar impresionante, grandes árboles y el ruido del rio que alimenta la cascada eran refrescantes. La caída de agua está compuesta por dos arroyos el del Durazno y el de Basaseachi que es el que le da el nombre a la cascada.

Basaseachi

En los tiempos que refiero, el área no estaba tan desarrollada y se podía uno acercar a la caída más de lo que era conveniente. En mi papel de reportero gráfico, decidí que necesitaba una foto del arranque donde empieza a formarse la cascada. Era tal mi temeridad o mi estupidez, que se me hizo fácil ponerme de panza sobre una roca para poder acercarme y sacar la deseada fotografía. Como en película de terror, sentí como me empezaba a deslizar hacia el vacío, intenté detenerme con la mano que tenía libre y con los pies, pero esta acción solo parecía acelerar mi caída. En realidad no sé porque no grité. Me parecía todo como fuera de foco (así como salieron la mayoría de las fotos que saqué en ese viaje). En un punto donde estaba llegando a la orilla de la piedra, volteé a ver la cascada y todavía tuve la cara dura de intentar sacarle una foto. Que al menos quedara una buena impresión de mi caída, pensé yo. Cerré los ojos y aunque no soy la persona más religiosa del mundo, si me encomendé a Dios por lo que fuera a pasar. Ahí fue cuando escuché el grito de Héctor… “¡Auxilio, se cae!” o algo similar.

De repente sentí un dolor en la pierna, algo me apretaba el tobillo. Solo entonces salí de mi embotamiento y me cayó como balde de agua fría mi realidad, ¡me iba a ir por la cascada! La presión en el tobillo aumentó y como pude volteé a ver que me estaba deteniendo en mi camino al vacío.

¡Era el profesor Raúl?

Recuerdo su cara de espanto, el sabia el peligro en el que estaba por aventado o pendejo (tal vez mi papá tenia razón). A su esfuerzo se sumó el profesor Víctor y para mi sorpresa, el camarada profesor Sergio también se lanzó a ayudar. ¿Comenté que era gordito? La verdad no se las puse fácil, pero como pudieron me rescataron. Yo no aprecié la magnitud del peligro en el que estuve hasta que le informaron a mis padres del incidente que no fue accidente y al ver sus caras entendí lo cerca que estuve de tener una muerte espectacular.

Creo que esa acción dio por terminada la excursión, rápido nos hicieron regresar al camión e iniciamos el viaje de regreso.

El camino de vuelta a casa fue en silencio, muy pocos se animaban a hablar y se notaba que los maestros no terminaban de recuperarse de lo que pudo haber sido una tragedia, al menos para mí. Me estaba quedando dormido, cuando escuché la voz del profesor Raúl, “pensé que te me ibas”, me dijo con voz entrecortada. Fue en ese momento que lo anexé a mi lista de héroes en mi vida.

Esta vez no nos detuvimos a comprar burritos, ya habíamos aprendido la lección y cuando nos fuimos acercando a la ciudad, me dijo Héctor… “¿Oye, y te gusta jugar basquetbol?”. Yo creo que iba dormido porque le dije que sí.

Como a la semana de que regresamos del famoso viaje, mi papá llegó con una sorpresa. Una pelota nuevecita de basquetbol marca Voit. Yo creo que se emocionó cuando le platiqué que Héctor me había dicho de jugar, pero mi papa nunca imagino el grado de “no talento” de su primogénito para los deportes. Baste decir que lo intenté, pero al final solo llevaba la pelota para prestarla y me quedaba viendo el juego platicando con Velia, no empiecen, resulta que no era mala niña como yo imaginaba. Mi popularidad por la aventura de la cascada y por llevar la pelota duró hasta que en un pase largo, la bola fue a dar hasta la calle donde le paso por encima un camion. No hubo manera de recuperarla.

Se me queda en la chistera la historia de mi pelea con mi tocayo Alex. Pero no es algo de lo que me sienta orgulloso, aunque gané.

Mi nombre es Alejandro Juárez y esto fue Life as I see it.

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Aquí llego al final de esta aventura, casi catorce mil palabras, lo que hace de esta historia la más extensa que he escrito hasta ahora. Si bien han pasado unos nueve o diez años desde su concepción, me da gusto haber podido retomar la idea y llevarla al mejor puerto que pude y supe.

Espero hayan disfrutado, tanto como yo, de mis recuerdos exagerados y tal vez inventados. Para mí fue un gozo revivirme, recordarme y por momentos dejar de añorarme, en esas memorias un poco distorsionadas por su lejanía. Volver a vivir aventuras con viejos amigos fue una experiencia muy gratificante.

Hay un motivo muy importante por el que decidí terminar la historia en el sexto grado y no continuar con la educación secundaria, donde hubo de todo. Creo que al ir creciendo, el tema de la inocencia se va perdiendo, empiezan una serie de cambios en tu vida que hacen que te sientas torpe, inadecuado a veces. Decidí evitarme y evitarles un viaje que necesito pensar como contar, si es que algún día decido hacerlo. No lo sé, tal vez un día me anime y continúe, pero por ahora me siento satisfecho con esta meta.

Platicando con mi madre de esta aventura literaria, me sorprendió el hecho de que ha estado leyendo mis escritos, no lo esperaba la verdad. Empezamos a hablar de los profesores de entonces y me enteré de dos o tres cosas que no sabía. Pero lo más triste es que me platicó que tres de mis cuatro maestros (al profesor Sergio no lo volví a ver nunca), ya pasaron a mejor vida. En ese momento quise tener mejor memoria para recordar más detalles de mi año escolar con ellos, pero no fue posible.

Alejandro Juárez es responsable del escritor que pretendo ser en estos días. Sé que me falta mucho camino por recorrer y que tendré buenas y malas historias. Me hace mucha ilusión la página en blanco, el ir tejiendo ideas, creando diálogos y dándole forma a los personajes. Hay mil mundos en mi cabeza esperando turno para ser plasmados. Muchos proyectos que había abandonado y que estoy retomando con nuevos bríos.

Tengo muchas áreas de oportunidad sobre todo en ortografía, espero me perdonen las que, estoy seguro, serán muchas fallas en acentos (tildes) que por más que revise, se me siguen pasando.

Si en alguna persona logro una sonrisa o sorprenderlo con algún giro en mis historias, me doy por satisfecho.

Una muy buena amiga me dijo que el ser humano, para ser feliz, tiene que crear. El ser creativo es parte esencial de tu ser y si lo ignoras, te vuelves amargado, corajudo. Canta, baila, escribe, pinta, libera al ser creativo que llevas dentro.

No me queda más que agradecerles su visita y tienen la firme promesa de que seguiré subiendo contenido.

Salud.

José Torma

Nota:

Dicen que al mejor cocinero se le quema la sopa y, pues ¿qué decir de un aspirante a cuenta historias? Por algún motivo que me elude, empecé a escribir la parte 13 de Life as I see it. Pensando que al publicarse la número 11, tenía un colchón de la 12 lista y no fue el caso. La historia terminará con el numero 12 que espero tener lista esta semana, para su posterior publicación el miércoles 26.

Si me has favorecido con tu atención, ¡gracias!

JT

Life as I see it (once)

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Era inevitable y nos estamos acercando al final de la historia, Gracias si sigues por aqui, un gusto tenerte.

JT

Debut y despedida

Como les había platicado, el concurso de talento no fue una experiencia agradable, por un tiempo me sentí molesto contra el mundo, por la injusticia que se había cometido. El profesor Víctor hablaba conmigo, tratando de poner perspectiva y contexto al asunto, pero nada. Creo que me estaba asomando fuerte a la adolescencia, porque mi actitud y comportamiento no eran los más adecuados.

Como había comentado, empecé a agarrar una famita de rojillo. Yo toreaba los comentarios porque, a decir verdad, ni idea tenia de lo que era ser comunista. El profesor Sergio, si era. Toda su platica y debo de admitir, su manera de dar las clases, en especial la de historia, llevaban mucha jiribilla. Su ídolo era Castro y siempre hacia comparativas entre México y Cuba o la USSR. Enemigo declarado del imperio, solo le faltaba escupir cada vez que hablaba de los EEUU. Mención aparte merece el hecho de que tomaba refresco “Tab”, que, seguramente hacían en Rusia. No lo sé, tal vez Coca Cola tenía plantas allá.

Para la clase de ciencias sociales, teníamos que hacer encuestas. Nos dio un listado de veinte preguntas y la instrucción de ir a tres casas de pobres, a tres de clase media y a tres de ricos. Eso fue todo, nada de como identificar a que grupo correspondía quien. Nos dijo que nos fijáramos en las casas y de ahí podríamos tomar la decisión de que clasificación le correspondía. Nos formó en equipos de cuatro y nos mando a la calle. Cabe decir que mi ciudad, era muy tranquila, a pesar de la fama, merecida, que tiene ahora. Nadie se despeinaba por ver a un grupo de niños caminando solos por las calles, y menos al ver que llevábamos mochilas.

Decidimos en mi equipo, que las casas cerca de la escuela, debían de ser de clase media, porque se veían mas o menos como las nuestras. Armándonos de valor empezamos a tocar puertas. En todas las casas nos recibieron muy amables, hasta que llegamos a las de los ricos. Ahí si no pudimos ni entrar. Por los ricos entendíamos nosotros a una franja de terreno como con cuatro casas enormes, con carros antiguos restaurados en el frente y decoración muy barroca. Fue ahí cuando se le ocurrió a Velia, ¿si la recuerdan? Mi mala suerte nos puso en el mismo salón cuando pasamos a sexto grado. Pues ella decidió que un par de casas eran de ricos y nos lanzamos a hacer las preguntas. Era mi turno de preguntar. Inconsciente como he sido casi toda mi vida, tenía en mi cuaderno con letras mayúsculas…

“RICOS OJETES”.

No sé qué me motivo a poner eso, pero ahí estaba, hablando con la amable señora y tratando de tapar el encabezado de mi cuaderno. Claro que, por estar preocupado por esconder el título, garabateé las respuestas donde me dio mi gana, en un idioma que ni siquiera yo podía descifrar, en el entendido de que luego las pasaría en limpio, eso pensaba yo. Cuando regresamos a la escuela, el profesor nos pidió los cuadernos y se puso a revisarlos así, en frio el muy cabrito. Claro que cuando llegó al mío estaba muy molesto porque era un desastre, que cuadro sinóptico ni que nada.

—Me decepciona, camarada —dijo. Mientras me ponía un cinco en mi cuaderno—. Esperaba más de usted.

Yo tomé mi cuaderno y me fui enfurruñado a mi lugar. Tenia tanto coraje que no encontraba mi lugar y parecía lombriz de tanto moverme. Claro que Velia sacó 10 y yo me quedé esperando que repartiera la calificación con el equipo, pero de eso nada.

—Rusia es de los principales productores de papas en el mundo —Empezó a explicarnos—. Solo superada por China y la India. Las papas o patatas, como se les conoce… eso sin contar que existen las papas humanas.

Esto último me lo dijo en mi cara y se me subió el apellido, olvidé que era mi maestro, me paré y le dije.

—En México tenemos grandes criaderos de chivos, eso sin contar los chivos humanos —exclamé en franca alusión a su barba pelirroja.

No bien salieron las palabras de mi boca, que ya estaba arrepentido de haberlas dicho. Creo que, si hubiéramos estado unos años atrás, seguro me habría golpeado con una regla, en las manos o en las piernas. Pero como estábamos con plan nuevo, lo único que dijo fue… “¡Salgase!”. Ese fue el triste final de mi carrera comunista, nunca me volvió a decir “camarada” y yo dejé de prestar atención a su clase.

Después supe que el profesor Víctor había hablado con él y pues ahí quedo el incidente.

Los veranos son particularmente calurosos y una especie de monotonía y sopor nos fue inundando, las clases se desarrollaban sin problemas. En la clase de ciencias naturales, estábamos estudiando los ríos y cuerpos de agua en el mundo y en especial en nuestro estado. Ahí fue cuando nos informó que, se había tomado la decisión de hacer un viaje de estudios a la sierra. Esta noticia nos llenó de alegría. Salir de la ciudad y sobre todo ir a un clima más fresco, era todo el aliciente que requeríamos.

Tenia mi papá una cámara fotográfica enfundada en un estuche de piel café que a mi me gustaba mucho. Sin muchas esperanzas le pregunté si la podía llevar al viaje, y cual fue mi sorpresa que me dijo que si. Poco sabia yo del papel tan importante que iba a jugar esa cámara en el viaje.

Mi nombre es Alejandro Juárez y esto es Life as I see it.