El salto

—¡Salta!

Despierto asustado, empapado de sudor. Busco a tientas mis anteojos. Otra vez el mismo sueño, otra vez la misma voz, salta. No tiene sentido.

Una luz roja intermitente baña las paredes. Se volvió a ir la luz, mi reloj está marcando las 12:00.

Salgo de la cama y aprovecho para ir al baño, el sonido de mi orina golpeteando el espejo de agua resuena por toda mi pequeña habitación y en medio de la noche la vuelvo a escuchar…

—¡Salta!

Apago la luz y regreso a la cama.  Tomo el despertador en mis manos, corrijo la hora y programo la alarma una vez más. Tengo que recordar comprar una batería nueva. Tomo un pañuelo y seco mi frente, mi cuello. Debo de admitir que estoy asustado. Reviso la ventana, está haciendo demasiado calor.

Me acuesto y mantengo la vista fija en el ventilador, seguro que con su vuelta y vuelta logrará hipnotizarme y lograré dormir sin escuchar la voz…

—¡Salta!

Esta vez la voz tenía más presencia. Me incorporo ligeramente y creo ver una sombra moverse. La curiosidad hace que me levante y enciendo la luz de la lámpara, y ahí está, frente a la puerta, con los brazos señalando la ventana y dedicándome una mirada reprobatoria, urgente.

—¿Quién eres, qué pretendes? —pregunto asustado. La sombra se mueve y se acerca a la luz. No es una sombra al final de cuentas, es un hombre. Es mayor y de modo incomprensible me resulta conocido. Una horrible cicatriz cubre la mitad de su rostro, quemadura…

Se acerca un poco más y tomándome del brazo repite…

—¡¡¡Salta!!!

No pasa desapercibido el hecho de que su grito es ahora más apremiante. La fuerza con la que aprieta mi brazo me molesta y lo retiro.

—No eres real —le digo sin convencimiento, el sudor me cae en los ojos y utilizo la manga de mi camisa para limpiarme. Un pensamiento ilógico me viene a la mente —¿Por qué bajé la intensidad del ventilador? —Sacudo la cabeza tratando de aclarar mis ideas. El hombre se me acerca y me empuja hacia la ventana…

—Salta… —la urgencia se ha convertido en un susurro, casi como si me estuviera rogando que lo hiciera. Lo evito y rodeo la cama, me acerco a la ventana para revisar que este abierta. Una vez más actuando de modo irracional, ¡Hay un hombre en mi habitación!.

Siento su presencia y percibo su imagen en el vidrio. Me toma de los hombros y juntos rompemos la ventana y caemos al vacio.

Tardo unos minutos en reaccionar. Abro los ojos y veo mi departamento consumido por las llamas, luego la explosión de los tanques de gas.

¡El infierno!

Volteo a ver a mi salvador y éste, tendido a mi lado me sonríe. La cicatriz va desapareciendo de su rostro al tiempo que su cuerpo pierde consistencia, se hace invisible…

Su mirada es de júbilo y mientras desaparece por completo de mi vista, de mi vida, exclama:

—¡Saltamos!

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Este relato vio la luz en abril del 2015, cuando lo envié para participar en una convocatoria a una revista que se llamaba “Literatta”. Resulté elegido y fui publicado en el numero de mayo-junio del mismo año.

Creo que ya no violo ninguna norma al postearlo aquí.

Feliz 2023 y que nos sea propicio a la creatividad.

José.

Ya no soy escritor

Hoy debo afrontarlo.

Decir la verdad.

¡No tengo más nada que contar!

He llegado al fondo del barril de las ideas y no he encontrado más que madera.

Hoy lo entiendo y lo grito al mundo.

¡Ya no soy escritor!

¿Lo fui alguna vez?

Es extraño estar sentado en la computadora con el monitor prendido, la hoja en blanco, y ya no sentir la angustia que sentía, ese dolor en la boca del estómago que luego me dijeron era ansiedad. Esa opresión en el pecho de querer contar y no poder.

Ya puedo observar el mundo sin pensar en las historias que se esconden detrás de las personas.

Puedo tranquilamente “ser”, sin juzgar, sin imaginar, sin justificar. Hoy puedo reportar lo que veo sin necesidad de crearlo o de moldearlo. Hoy camino por la calle y la gente es solo eso, gente que al igual que yo, va por la vida buscando… vivirla.

Esta tarde calurosa me encuentro caminando por el parque. De repente veo a un niño pequeño, no creo llegue a los ocho años. Esta sentado en una vieja banca de hierro fundido que alguna vez fue verde. Hoy luce descuidada y de un café terroso, señal de años de exposición a los elementos y nada de mantenimiento. Mas él no parece sentir la suciedad en la que está sentado. Una guitarra sobre sus piernas lo hace parecer más pequeño de lo que su cara sugiere. Observo sus manos que, distraídas, rasgan las cuerdas, arrancándole lastimeras melodías. Su voz me llega al alma y me detengo a escucharlo. Busco un bote o sombrero donde poder darle una propina, pero no hay nada a la vista.

El niño observa mi confusión y se sorprende al ver el billete de cincuenta pesos en mis manos. Se detiene…

—¿Es para mí? —pregunta con expresión seria.

—Me ha gustado tu canción y pensé en darte una propina —. Le contesto con una sonrisa.

—No canto por caridad —. Se levanta y poniéndose la guitarra al hombro se aleja.

Mil historias llenan mi cabeza, pero las borro con un movimiento de manos. No más. No historias, solo realidades.

Apuro el paso para alcanzar al muchachito que, distraído, no se percata de mi presencia.

—De ninguna manera pretendía ofenderte — Le explico cuando lo alcanzo —. ¿Cómo te llamas?

Dando un gran suspiro, detiene su marcha y voltea a verme.

—Me llamo Joaquín Olmeda, pero me dicen Joaco. ¿Por qué quería darme dinero?

Observo la seriedad en sus ojos y no tengo respuesta.

—Me ha gustado la canción, simplemente.

—La compusimos entre mi padre y yo —comenta emocionado y noto como sus ojos se llenan de lágrimas.

—Es muy bonita, ¿la tocarías de nuevo?

Se limpia los ojos con la manga de la camisa. La guitarra es enorme, pero la maneja con pulcritud. Afina un par de cuerdas y comienza a cantar:

“Luz de la mañana

A ti te canto

Intentando rivalizar con las aves

Elevo mi voz en la confianza

De que mi canto llegará hasta ti

No tengo nada más que ofrecer

Nada más que dar

Pero si Dios lo permite, sé que me escucharás…”

Es una hermosa melodía y la canta con el alma. Sus ojos castaños se humedecen y un nudo arroba mi garganta. Él sigue tocando, sin darse cuenta del sentimiento que despierta en mí. La gente pasa de largo sin poner atención al pequeño, deseosos de llegar a casa a descansar, seguramente.

De repente escucho el silencio y me doy cuenta de que ha terminado.

Sus grandes ojos buscan los míos y aplaudo: aplaudo fuerte y grito ¡bravo! Una pequeña sonrisa curva sus labios y por un momento pareciera que su pena se esfuma y es solo un niño feliz. Rio con fuerza y su risa cristalina acompaña la mía. Guardamos silencio y el momento se vuelve incomodo.

—Está bien que no me aceptas la propina, pero ¿qué tal si te invito un helado? ¿Están tus padres por aquí? Podemos pedir su permiso e invitarlos también.

La sonrisa desaparece y la tristeza reclama su rostro. No puedo evitar pensar que, tal vez cometí una indiscreción.

—No tengo mamá —me dice con voz queda —. Murió hace unos cuantos meses, en Julio. Mi papa se fue de la casa poco después de que compusimos la canción. Ahora vivo con mi abuela.

—¿Qué haces solo en el parque?

—Me gusta venir cuando se duerme la abuela, ella batalla mucho para caminar y no para de decirme que soy un estorbo. Yo ayudo lo que puedo en la casa, pero soy chaparro y no siempre puedo hacer las cosas que me pide. Por eso vengo aquí, en este parque se sentaban mis padres mientras yo corría espantando a las palomas. Eso platica mi nana, yo no lo recuerdo. Sé que me quiere, pero es grande y doy mucho la guerra… Es el único lugar donde recuerdo ser feliz.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunto mientras saco mi cartera. Me dice que no con un enérgico movimiento de cabeza.

—Vivimos de la pensión del abuelo, gracias. Mi papá no manda nada, así que batallamos. Yo le digo a mi nana que puedo cantar en los camiones, pero no acepta. Quiere que termine al menos la primaria.

Guarda silencio, su mirada se pierde en el horizonte, frunce el ceño y yo pienso en mis hijos, que probablemente a esta hora estén jugando con la consola de video juegos, ignorando los gritos de su madre llamándolos a merendar.

Hemos caminado hasta la esquina sin darme yo cuenta.

—Gracias por la invitación al helado, pero es mejor que me regrese a casa, no quiero que se preocupe mi abuela.

Solemne extiende la mano y yo la estrecho.

—Mucho gusto conocerlo.

Se lleva la guitarra al hombro y corre en dirección a la parada del autobús.

Yo me quedo inmóvil mirándolo marchar, el billete de cincuenta aún en mi mano. Corro para alcanzarlo, pero el camión arranca antes de que lo alcance. Regreso a mi auto y en silencio le pido perdón a Joaco.

Soy un mal reportero.

Tal vez si todavía escribiera, podría contar su historia y darle una vida más feliz. Su padre regresaría y nana tendría salud. Pero ya no escribo y esa historia feliz se quedará en mi mente, junto con todas las que jamás lograron ver la luz.

Pongo el cambio y aprieto el acelerador. No hay nada más que reportar.

A mí también me esperan en casa.

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Nota del autor:

Hace unos días, me comento un amigo que le había gustado un escrito mío llamado «Cuando muere un sueño». Al leerlo pensé, “mira que fácil te era antes inventar historias, mírate ahora que ya no escribes casi nada”. Imagine como hubiera sido esa historia si nomas la hubiera “reportado” en vez de imaginarla. Este es el resultado del ejercicio.

Espero lo disfruten.

José

Oportunidad de negocio

El gran sombrero rojo protegia su identidad, pero le daba un toque informal a su ejecución. Las piezas cobraban vida en sus manos mientras mantenía la mirada de los presentes presa de sus movimientos. Una paloma, una jirafa. La interminables figuras hacía reír a los niños y asombraban a los padres, al grado de no notar al pequeño truhan, que habilidoso se deslizaba entre los presentes. Carteras y bolsas desaparecían en sus bolsillos. Hoy era un buen día.

Descuido

Juan teclea su usuario y la máquina cobra vida. Palpa su bolsillo y nota que ha dejado las llaves en a la puerta. Observa la oscuridad a través de los ventanales. Se presagia tormenta. Trata de relajarse, de controlar su obsesión, mas la necesidad de cerrar tres veces la puerta es agobiante. Están allá afuera, esperando. Escucha el tercer clic que cierra la puerta. Respira tranquilo y es cuando los ve; aprovecharon su error para entrar, abre la boca, pero la oscuridad ahoga su grito.

#Reto5Líneas mes de noviembre. (Usuario, necesidad y llaves).

Añoranzas

El agua moja los pies de mi hijo. Su risa llena mi corazón de alegría. Las olas van y vienen en su incansable trabajo mientras él patalea emocionado. Levanto la vista y una gaviota nos saluda. En la arena un cangrejo huye de Sebastián. Cierro los ojos y tomo aire. Ese aroma familiar de agua salada y sol, me transporta a días pasados, a otras realidades. La escena se desvanece. Abro los ojos y cierro el cuaderno donde escribo la biografía de mi hijo, y en silencio, lloro.

#Reto5Líneas Mes de octubre (mi cumpleaños). Hijo, trabajo y biografía.