Una historia

Mario nació con la suerte torcida.

En el cuarto de servicio donde arribó a este mundo no tenía muchas comodidades. Su madre, una indígena de catorce años, miraba, incrédula, lo que le estaba pasando. La matrona, mujer de adusto gesto y pocas palabras, se afanaba en limpiar al recién nacido. Lo tomó de los pies y le dio una nalgada, pero él no lloraba. Tras un segundo intento, abrió la boca y soltó un fuerte llanto.

—Está chueco —le dijo la mujer a la joven madre. —Te va a dar muchos problemas, si quieres lo llevo con el cura, ahí lo cuidarán bien.

María miraba asombrada a la pequeña criatura rojiza que sostenía la mujer. Había salido de su barriga, era su hijo. Más por instinto que por otra cosa, extendió las manos hacia el crío. Volteó a ver a doña Beatriz, que contrariada, salió del cuarto.

—No seas necia, muchacha. No te encariñes, ve su pierna.

El flechazo fue instantáneo y María supo que jamás se podría deshacer de él. Le tomó una de sus pequeñas manos y él le regreso el saludo, apretando su índice. Lucía, la matrona, le acomodó el niño sobre el pecho y María se sorprendió cuando el niño se prendió de su teta. Lloró mientras veía la rosada faz del infante. No sabe cómo pasó, pero está segura que ese niño es un regalo del cielo.

—Una niña cuidando un niño, habrase visto cosa más mala. —Renegaba la mujer. —¿Sabes quién es el padre?

La pequeña la miró sin saber cómo contestar la pregunta.

—¿Se te ha ocurrido un nombre?

—Se llama Mario.

Las calles a medianoche pueden ser románticas o peligrosas. En el pueblo de San Sebastián, la seguridad de sus habitantes y trasnochadores recaía en el sereno. El alcalde se ufanaba de tener los mejores y más honrados servidores de la región, mas ninguno como Eulalio. Se decía que había venido del norte y su porte y estatura lo hacían destacar entre la muchachada. Mozo moreno de sonrisa franca y fácil palabra, hacía honor a su nombre, que él no dudaba en afirmar, era griego.

A pesar de su juventud, había convencido a la municipalidad de que era gente de fiar y que sería el mejor guardián de las calles que hubieran conocido. El alcalde, reacio, accedió a ponerlo a prueba y pronto, armado con las llaves y un silbato, empezó a hacer los recorridos nocturnos.

Su físico le empezó a generar un séquito de admiradoras que se le hacían presentes en la plaza del pueblo o lo seguían en su nocturno caminar, pero Eulalio se sabía joven, guapo; no tenía intención de aseriarse, mas eso no le evitaba jurarles amor eterno para conseguir sus favores.

Un caluroso día de verano la miró por primera vez, era la criada de los Iturriz, la que cuidaba a la hija. Se prendó de sus ojos marrones y sus largas trenzas, pero la oportunidad de apersonarse no se presentaba.

El pueblo tenía una avenida principal que corría de la entrada al palacio de gobierno, a la izquierda se levantaban las casas de la gente pudiente, mientras que a la derecha, después del mercado, se encontraban las casas de la peonada.

San Sebastián era un pueblo minero que estaba al borde de despuntar. Algunas familias de la capital se habían asentado en el naciente municipio, buscando consolidar su fortuna. Tal era el caso del Conde Iturriz, español afianzado en México por más de una década donde había hecho su fortuna en la minería y llegaba a la población contratado por una compañía extranjera. Doña Beatriz Medina de Iturriz odiaba el pueblo y todo lo que significaba. Extrañaba la ciudad y no veía cómo podrían darle una educación adecuada a su pequeña hija Marieta entre tanta indiada.

Del otro lado de la avenida, justo detrás del puesto de flores, se levantaba una pequeña casa, poco más grande que una choza. Ahí vivía María con sus padres. Ellos encontraron trabajo en la mina y ella fue colocada en casa de los Iturriz para hacerse cargo de la pequeña hija. Beatriz había tomado especial cariño a los “indígenas de piel clara”, como los llamaba a sus espaldas. En especial a la pequeña María, que hacia las delicias de su hija Marieta. Era tan buena la conexión entre la adolescente y la niña, que no dudó un instante en proponerle a los padres de María, que se quedara a vivir en la casa, sería la niñera de su pequeña y, aparte de un salario justo, se ocuparían también de que se educara en las buenas artes.

María estaba viviendo un sueño, se sentía totalmente cómoda viviendo entre los lujos que la casa de su patrón le ofrecía, en especial adoraba a la pequeña, que como sanguijuela se le pegaba a la pierna y no la soltaba hasta que el sueño la vencía. Entonces la acostaba en su cama y rezaba por las dos, para que esta situación no se acabase nunca.

—¡Las once y sereno! —Se sobresaltó al escuchar el grito, no pensaba que fuera tan tarde, curiosa abrió la ventana y fue cuando lo vio, con su fachada imponente y su gran sonrisa. El mozo se detuvo emocionado de por fin poder verla en la ventana.

—Buenas noches tenga su merced. —Saludó cortés, pero María cerró la ventana y la cortina sin contestarle el saludo. Eulalio sonrió y siguió su camino. Esa noche no tuvo suerte, tal vez las chicas se habían retirado temprano, pero no importaba, su mente solo se ocupaba de la chica de la ventana.

Tres semanas después, Eulalio tomó las llaves y se caló el sombrero. Una última revisión de su atuendo lo dejó satisfecho; apagando la vela, salió a cumplir con su trabajo, deseaba pasar por la casa de los Iturriz, tenía la esperanza de que la muchacha se asomara, de poder hablar con ella, se sabía enamorado de la imagen de su recuerdo.

El rumor de que una dama habitaba en su corazón corrió como la pólvora entre la servidumbre de las casas a la izquierda de la avenida. Todas se preguntaban quién de ellas había logrado lo imposible. Las chicas que le ofrecían sus encantos quedaban desilusionadas cuando él rechazaba sus avances. Pero a pesar de todo, la chica no se asomaba a la ventana cuando pasaba.

María había escuchado los rumores de las otras empleadas de la casa y se preguntaba si sería por ella por la que suspiraba el sereno. Todas las noches lo esperaba, escondida entre los arbustos para verlo pasar, siempre con una casaca negra sobre una imposiblemente blanca camisola. Un par de veces tuvo el suficiente valor para acercarse a la verja, pero el valor se le esfumaba tan rápido como aparecía.

Doña Beatriz fue testigo de uno de esos instantes, no le gustaba la idea de que María empezara a despertar sexualmente, de seguro ese muchacho le ocasionaría un dolor de cabeza. Habló con ella al día siguiente y le prohibió que tuviera algo que ver con ese joven. María, en los albores de la adolescencia, experimentó un sentimiento de rebeldía que le era extraño, nunca supo si fue por llevarle la contra a la doña o si había sido su elección, mas había tomado una decisión.

Tuvieron su primer beso la noche siguiente. En cuanto Marieta estuvo arropada y lista para dormir, María se arregló el cabello, se cambió el vestido y salió al jardín a esperarlo. Eulalio no cabía de gusto cuando la vio entre los arbustos. Con timidez, María aceptó su mano en la de ella y cuando la jaló hacia él, no opuso resistencia. Sus labios se rozaron tímidamente y en un arrebato de vergüenza, María salió corriendo a la casa. Pasaron un par de días antes de que volviera a salir, esos furtivos encuentros le llenaban el cerebro de pensamientos extraños. Los besos cada vez se hacían más intensos y él presionaba para poder tocar su cuerpo.

Una noche accedió y estuvo con él en uno de los potreros. No sabía lo que hacía, pero él sí y se dejó llevar por el momento. Cuando despertó, Eulalio no estaba. No supo nada más de él. El cotilleo en el pueblo decía que se había regresado al norte.

La discapacidad de Mario lo hacía propenso a tener muchos accidentes, situación que molestaba mucho a Marieta, que resentía la atención que María le prodigaba a su hijo por todas sus torpezas. Aprendió a tolerarlo, mas nunca llego a quererlo.

María se esforzaba para no odiar a la pequeña que tan mal trataba a su hijo, pero entendía que no estaba en posición de levantar la voz, no contra esa familia que la había acogido y que a pesar de su hijo no le había retirado el apoyo. Sus padres se sentían traicionados por la situación, lo cual hacía que ella buscara consuelo con Doña Beatriz.

Hacía casi dos años que no sabía de Eulalio; en lo más recóndito de su cerebro cobijaba la esperanza de que un día regresara a por ella y su hijo, pero cada día que pasaba la hacía reconsiderar su suerte. Mario llamaba “papá” al capataz que siempre lo reprendía malhumorado. María lloraba todas las noches.

En su quinto cumpleaños, los Iturriz, sin pensarlo bien, le regalaron a Mario, una bicicleta. El niño estaba tan feliz que no entendió razones y se montó en ella. La deformidad de su pierna se acrecentaba con su mismo desarrollo, mas él no desistió, lo intentó hasta que logró recorrer las polvorosas calles del pueblo en su bicicleta.

La vida continuaba y a pesar de sus limitaciones, Mario desafiaba a su suerte y seguía creciendo. Tenía un talento natural para contar historias, con las que deleitaba a su madre y hacia enfadar a Marieta. Cuando cumplió los diez años, su madre lo llevó a la plaza a que compraran un refresco y una nieve. Tenía el permiso de los patrones de salir y visitar a sus padres

En la plaza, las fiestas estaban en pleno apogeo. Mario caminaba con ayuda de una muleta, siempre bajo la inquieta mirada de su madre, que no hacía más que temer una caída. No estaba equivocada, Mario era conocido por sus accidentes, descalabros y huesos rotos, los que lo  hacían un visitante asiduo al médico.

Las calles aledañas a la plaza habían sido cerradas para que se instalaran los merchantes de otras regiones. Había juegos por todos lados. Una de las carpas vendía especias del oriente. Fuertes aromas flotaban en el ambiente. Mario aprovechó que su madre platicaba con unas señoras para adentrarse en esa fragante tienda. A pesar de sus cuidados,  su muleta se enredó con una soga que detenía el poste central y al perder el equilibrio derribó un par de mesas.

El merchante saltó de atrás de una mesa y lo levantó de la oreja.

—¡Muchacho del demonio! ¡Fíjate en lo que haces! ¿A mí quién me paga todo este destrozo?

Sin miramientos lo fue empujando hasta sacarlo de la carpa. En ese momento, María, atraída por la conmoción, se acercaba a la entrada donde, sorprendida, pudo ver al hombre que empujaba a Mario. Ciega de coraje se lanzó contra el cretino que maltrataba a su hijo.

El hombre se detuvo al verla y María sintió que las piernas la traicionaban. ¡Era Eulalio! Más maduro pero igual a como lo recordaba. Se quedó sin palabras, su coraje olvidado. Ninguno habló. Mario se quedó en medio de ellos sin saber qué hacer. El silencio era abrumador. Nadie se percataba del drama que se vivía entre esos tres seres en la entrada de la tienda de especias.

—¡María! —exclamó incrédulo. — ¿Eres tú?

—Te fuiste, nunca mandaste una carta, nada.

—Perdóname, era un muchacho tonto. La oportunidad de unirme a los Quintero para trabajar en el norte fue muy tentadora. Tuve miedo de mis sentimientos por ti, me acobardé…

—¡Te fuiste, te fuiste, te fuiste! —exclamaba María sin parar ante la mirada asustada de Mario, que no acababa de entender qué estaba pasando.

—Mamá, ¿quién es este señor?

—No es nadie, mijo —le contestó mientras recogía la muleta y se lo llevaba del lugar. Eulalio la llamó pero ella no volteó. La suerte de Mario seguía torcida, conoció a su padre sin conocerlo y nunca lo supo. María empacó sus cosas y se fue del pueblo al día siguiente. Eulalio la buscó un par de días cuando supo que Mario era su hijo, pero no la encontró. A la semana siguiente, las fiestas terminaron en el pueblo y Eulalio empacó sus cosas. Su mujer y sus hijos lo esperaban en el Colorado.

Mario siguió creciendo y cayendo. Poco a poco fue ganando fama y sus escritos empezaban a ser publicados. Jamás preguntó por su padre. María falleció el día que Mario cumplió veinticinco años. La tristeza lo inspiró a escribir una novela contando la historia de su madre. Gracias al éxito que obtuvo, su editorial lo llevó a Europa a promocionar su libro. Por azares del destino, en una plaza en Madrid se topó con doña Beatriz y gracias a ella, reconectó con Marieta, su gran sonrisa y el arrebato que sintió en el estómago al abrazarla y darle un beso le hizo saber que su suerte, por fin había cambiado.

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La inspiración es esquiva y casquivana y sin embargo cuando crees que lo tienes claro, la historia toma un giro inesperado, el personaje principal pasa a ser secundario y la trama se encarrila por un lado diferente mientras tú, sin poder evitarlo, sigues escribiendo sin saber a qué puerto llegarás.

Tal es el caso de Mario, que nació sin suerte, tan poca que perdió el protagónico porque el escritor no supo controlar su destino.

Relato enviado a “Las calles a la media noche”, dónde, una vez más, lo importante es competir.

Saludos.

José Torma

Reflexiones de un cuerdo

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¿La verdad? Los editores tienen un trabajo complicado para lograr mantener su historia congruente. Tantos arcos, personajes interactuando en una vorágine de acciones y discursos que solo una persona loca podría concebir. Los mira trabajar de reojo mientras, afuera, tras la ventana,  nieva. Los grises cielos compiten con la oscuridad en su mente. Hoy cambiará la historia, hoy recuperará la cordura en cuanto escape, y así, ellos podrán al fin descansar.

#Reto5Líneas Agosto (Verdad, editores y mantener).

Lo importante

Las manchas en sus manos le dicen que el tiempo se acaba, ya no está de su parte. Con dificultad se pone de pie y escucha el crujir de sus huesos, empiezan por el hombro y van bajando por la espalda hasta llegar a la cintura; finalmente llegan a sus rodillas. El bastón es de poca ayuda; pronto no podrá hacer nada con sus manos. Temblorosa abre el bote del analgésico y con un vaso de agua traga un par. Los nietos no tardan en llegar y tiene que estar preparada.

#Reto5líneas mes de julio (manos, parte y bajando)

La confesión

Morales leyó la confesión del menor. “Para resumir, confesaré. Yo tomé la pistola, lo siento, no tuve opción. Eulalio me pedía cuota para cruzar la calle que lleva al colegio; yo soy pequeño, no puedo contra ese grandulón. Son muchas las palizas que me ha dado. Éramos amigos, vecinos hasta el día que regreso de casa de sus abuelos, transformado, malo y grosero. Ese día no le entregué el arma, ese día terminé con mi problema. Papá nunca debió de dejar el cajón sin llave.”

#Reto5Lineas mes de junio (resumir, opción y transformado)

Cuando muere un sueño

¿Qué pasa cuando muere un sueño?

¿Cómo se sigue el proceso de luto cuando no hay tumba que visitar ni nicho que adornar?

¿Qué sucede con nuestras ganas, con el ímpetu derrotado mientras lo miras exhalar su último aliento?

¿Qué pasa con el viudo?

¿Cómo seguir andando?

El camino hacia adelante solo ofrece oportunidades, que su espíritu está muy dañado para observar.

¿Quién cuida a sus deudos?

Y así, una mañana, después de la más terrible noche de insomnio te das cuenta que el sueño perdido se llevó más de lo que pensabas. Se llevó tu capacidad de soñar.

Levantas los puños hacia el cielo, maldiciendo tu suerte y entonces la escuchas; es la risa de un niño. Esta frente a ti e imita tu gesto desafiante al cielo. Se pone de puntitas y sus puños tiemblan del esfuerzo que hace.

No te dice nada, no te pregunta nada y tú sientes una mezcla de sorpresa y coraje.

¿Cómo demonios se atreven a interferir con tu dolor?

Sus grandes ojos cafés penetran en tu alma, taladran la coraza que has intentado construir alrededor de tu corazón.

Te sonríe y notas que le faltan dos dientes. Tus defensas caen y te hincas para saludarlo.

—¿Quién eres? —. Te pregunta.

Y de la nada encuentras tu voz.

—Soy un alma perdida que no encuentra el camino a casa.

Te mira seriamente, se lleva la mano a la barbilla como tratando de asimilar tus palabras. Inconscientemente te llevas la mano a la cicatriz que recorre tu mejilla.

—Entonces, ¿qué ganaste?

La pregunta te sorprende y tratas de ver la situación a través de sus ojos.

—¿Por qué dices que gané?

No te contesta, solo levanta los puños al cielo y corre a tu alrededor. Tu cuerpo se llena de calor y muy a tu pesar, ríes.

El niño te mira y se une a tu risa que pronto se convierte en carcajadas. Levantas los puños y corres en círculos igual que él. Lagrimas humedecen tus mejillas, pero las agradeces porque son de felicidad. Ha muerto tu sueño y en este momento lo acabas de superar. Un acceso de tos te hace detenerte y buscas a tu amigo, pero ya no está.

Te asustas. Recorres el parque con mirada frenética; quieres gritar y entonces lo ves. Va de la mano de un señor mayor, lo escuchas llamarlo abuelo. Hay algo familiar en su andar, los ves detenerse y voltear a mirarte,  el adulto inclina la cabeza mientras se lleva la mano al sombrero en señal de saludo y sabes que vas a estar bien. Sobre la mejilla derecha del anciano, corre tu cicatriz.

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Las historias son extrañas, habitan en tu subconsciente, rondan y rondan sin lograr materializarse. Tratas de atraparlas y ellas, esquivas, frustran tus esfuerzos. Entonces pasa algo, una palabra un sonido o tal vez un olor, ralentizan a una de ellas y, desprevenida, la tomas por el cuello y no la dejas ir.

La pregunta “¿qué pasa cuando se muere un sueño?” Me daba vueltas en la cabeza, evitaba que me concentrara en el trabajo diario. Un par de veces me di cuenta de que la gente estaba esperando una respuesta de mi parte y me da pena admitir que no tenía ni idea de la pregunta. Una gran amiga acaba de perder a su madre; pensar en ellas me hizo pensar en mi papá, que este 6 de junio cumplirá tres años ausente. ¿Qué pasa cuando muere un ser querido, un sueño?  ¿Cómo sigues andando? Este fue el tren de ideas que me llevo a escribir estas letras que espero les gusten.

José Torma