El garabato (capítulo 3, parte 2)

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Javier se levantó temprano, tenía mucho trabajo en la cocina. Rosario le había encomendado una misión “especial”, llevarle el desayuno a la invitada especial de la patrona. Era la oportunidad que estaba esperando. Un par de veces vio a Marco y a Marcial caminando por los pasillos, pero hasta ahora había sido capaz de eludirlos. Marcial le inspiraba más confianza que Marcos. Las manos le sudaban y tenía a punto el lápiz. A la menor señal de peligro, correría a buscar a su hermana y escaparían juntos. Tal era su plan esa mañana lluviosa.

La cocina estaba a todo vapor preparando los alimentos: en una mesa, encontró una charola con un poco de pan y café. Rosario se le acercó y le entrego una llave.

—Estoy confiando en ti, muchacho. No me falles —dijo mientras le ponía un plato de huevos en la charola—. No debes hablar con la señora, ni establecer ningún tipo de contacto con ella…

—¿Acaso es peligrosa? —preguntó intentando aparentar sorpresa y complicidad.

—No hagas preguntas, ahora apúrate.

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El garabato (capítulo 3, parte 1)

hacienda

—¡Corre! —la escuchó decir cuando pasó junto a él. Las piernas le respondieron al tiempo que su respiración se hacía agitada. La iluminación del túnel era escasa, con paso inseguro fue tomando velocidad, en un intento fútil de alcanzar a la mujer que le había gritado.

El eco de sus pisadas llenaba el ambiente, pero de a poco, unos gritos empezaron a hacerse presente. Los venían siguiendo. El túnel estaba por terminar, se percibía el sonido del río. Las fuertes lluvias de la semana anterior habían incrementado su caudal.

“¡Una Semana!”

Cuando aterrizó en el campo abierto, su presencia fue solo validada por el mugido de un par de vacas, que sobresaltadas trotaron torpemente, alejándose de él. Buscó en su bolsillo y ahí estaba, “el lápiz mágico”. Tentado estuvo en ese momento de trazar la runa una vez más, quería volver a casa. Los últimos cuatro universos habían sido muy peligrosos y ni señal de Martina, su hermana. Se revisó el vendaje en el brazo, producto de un encuentro con los “Sectarios”. El recuerdo lo hacía temblar. Se bajó la manga            .

Se incorporó y sacudió el polvo de la ropa, no se veía nada más que campo abierto. Los animales pastaban a unos cien metros. Su presencia obviamente olvidada.

Caminó un par de horas sin toparse con ningún ser humano, ni huellas de civilización. El sol decaía en el horizonte y sintió sueño. Buscó unos árboles para guarecerse y, trepando a uno de ellos, se durmió.

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El garabato (capítulo 2) +18

desert island

El ligero temblor en sus manos le anticipaba el momento, estaba por suceder de nuevo y no podía hacer nada para evitarlo. Limpió su frente con el antebrazo, el sudor se metía en sus ojos haciéndole más difícil mantener la concentración. Las intermitentes luces del panel lo hipnotizaban y un zumbido vibrante le llenaba los oídos.

Con mano insegura ajustó los controles. La energía se mantenía constante, pero los cabellos erizados en su cuello le indicaban que todo estaba por suceder.

—Presión constante —escuchó decir a su ayudante. Una rubia menuda que coqueteaba con él. Sus grandes ojos estaban enmarcados por unos gruesos lentes de carey que resaltaban aún más el azul intenso de sus ojos—. Señor, ¿se siente bien?

Soltó un gruñido, mientras ajustaba un control a 750 hertzios. “¿Cómo era posible que Hortensia no escuchara el sonido?” Tomó su tableta y tecleando su clave accedió al menú principal, accedió a la aplicación y trazó la runa. Se sorprendió al ver que su mano se tornaba traslucida. Un grito de sorpresa de su asistente lo hizo voltear. El sonido de la pantalla al estrellarse con el piso llenó sus oídos, mientras ante los azorados ojos de la chica, su cuerpo se desvanecía en el aire.

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El garabato

 

escribir

Quiero dejar constancia, por si algo me pasa, de la cadena de acontecimientos que me llevaron a hacerlo. El tiempo me juzgará si así lo considera conveniente. No me arrepiento de nada, pero mentiría si no acepto tener cierto temor.

El tema de la desaparición de la abuela Emma y de Martina mi hermana siempre fue tabú. No recuerdo alguna ocasión en que ir de visita a casa del abuelo no fuera una batalla mental. Mi madre siempre culpó al abuelo; de brujo y hechicero no lo bajaba. Poco le importaba decirlo enfrente de mi padre que, estoico, soportaba los embates. Él había perdido a su madre, además de su hija.

Tal vez deba explicar la situación. Un verano como cualquier otro de en ese entonces mis ocho años, pasábamos tiempo en casa de los abuelos. Españoles exiliados, vivían en una vieja casona que aparentaba ser una biblioteca antigua. Tenía grandes salones y en especial, mi lugar favorito; el estudio del abuelo. Un gran escritorio dominaba toda la habitación; en dos de las cuatro paredes, se elevaban unos estantes llenos de libros. Recuerdo haber preguntado a mi Tata cuántos eran, pero no creo que ni él supiera.

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