Mateo

En el pequeño cunero, la sorprendió la mirada fija y serena del bebe. Se llevaba sus pequeñas manos a la boca y succionaba su dedo gordo.  De manera mecánica prendió los monitores y comprobó que el niño estaba bien, su rpm y la saturación de oxígeno óptima. Por instinto llevó su mano al botón para llamar al médico, pero su mano se congeló a mitad del camino.

Revisó la historia clínica y cotejó la información que ya tenía. La mujer había llegado sola y no había listado a nadie como contacto. Estaba sola en el mundo, sola y a punto de dar a luz.

Sin pensarlo, cerró las cortinas, se quitó el uniforme y se puso la ropa de la fallecida.  Arropó al bebe y asegurándose de no ser vista, huyó del hospital. . Tenía un poco de dinero ahorrado, compró un boleto de autobús y jamás volvió la vista atrás. La tacharían de orate, de seguro; pero no le importaba. Por fin seria madre.

*****

El pequeño Mateo, crecía sano y fuerte. Era todo un barbián, con ese dejo que solo los guapos tienen al caminar. Sin embargo, era un niño triste, sus labios esbozaban una sonrisa encantadora que no permeaba a sus ojos. Atento y buen estudiante, la madre no recibía más que elogios de él. Ella vivía en negación, no queriendo darse cuenta de que una sombra de tristeza seguía a su pequeño.

Lo llevo con varios especialistas y lo puso en terapia, pero ningún doctor entendía el problema que nublaba la mirada del pequeño.

El niño tenía un don con los animales y no era raro verlo correr por el parque, seguido por dos o tres perros y un par de gatos. Su risa llenaba los espacios a su alrededor y la gente pensaba que estaba bendecido, mas nadie conocía su secreto.

Mateo lloraba todas las noches. De más pequeño no podía disimularlo y su madre llegaba siempre a consolarlo, pero con el tiempo, se fue haciendo hábil para ocultar su tristeza. Reía mucho con su mama, pero por las noches, daba rienda suelta a su dolor.

Ni él lo podría haber explicado, pero todo tenía un origen, el sueño recurrente de ese cuarto blanco y lleno de luz. Un par de grandes manos lo sostenían y una mano más pequeña masajeaba su pecho. Arriba, en el techo, una mujer le sonreía. Sus ojos repletos de un calor intoxicante. Luego la presión sobre su pecho disminuía y escuchaba una voz ronca que decía…

—Hora de la muerte, 16:45.

Una mano suave, como una caricia se desliza por su rostro, aun que tiene los ojos cerrados, puede ver a la mujer parada a un lado de él, acomodando sus cabellos, la mira inclinarse sobre él y tiernamente deposita un beso en su frente, acerca sus labios a su oído y le dice…

—¡Vive!

La imagen se desvanece y despierta consternado.

En su treceavo cumpleaños, Mateo recibe un regalo inesperado, no sueña y por primera vez desde que tiene memoria, no llora. Sin embargo, se sorprende sintiendo un vacío en el estómago. Sabe que María no es su madre, conoce la historia y sabe que de darse a conocer, ella iría a la cárcel, por eso no pregunta, por eso no indaga, y en silencio llora todos los días mientras duerme plácidamente por las noches.

La noticia es impactante, un muchacho llevó un arma a la escuela y empezó a disparar, matando a tres he hiriendo a diez. Mateo recibió dos balazos al interponerse entre el tirador y su maestra.

En el hospital, Mateo sueña, recuerda esas paredes blancas, la luz brillante. María lo mira desde un sillón. A su lado está la mujer de sus sueños que le tiende la mano, en su rostro una ternura infinita. Él toma su mano y ella exclama…

—¡Bienvenido!

Y Mateo se sabe libre.

******

Después de mucho tiempo, regreso a #CaféLiterautas Espero recuperar la constancia.

Saludos si el destino te trajo por aquí.

José Torma

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