Mateo

Con tristeza, la enfermera apagó el monitor, la pérdida de sangre había sido demasiada y el corazón de la madre no pudo tolerar el estrés. Con un trapo húmedo limpió su rostro y sus manos, con una ternura de madre acariciando a su hija. “Terrible”, pensó, “tan joven”. Con delicadeza subió la sabana a cubrirle el rostro. Con el antebrazo limpió una lagrima y en silencio elevó una plegaria.

A su espalda, la sobresaltó un sonido. El vagido venia del cunero. Quince minutos habían pasado desde que la doctora Marroquí pronunciara al pequeño muerto y sin embargo, sus oídos no la engañaban. Volteo lentamente.

¡No era posible!

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