El poeta

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El humo negro se mezclaba con el blanco en un interminable remolino que desvanecía todo a su paso. Tenía un par de horas que no se escuchaban gritos de auxilio ni pedimentos de ayuda. Una suave brisa avivaba los mini tornados que levantaban papeles al aire en una tirada de confeti para una fiesta de muerte.

En el centro del desastre, una maleta roja desafiaba el entorno, lucia erguida, orgullosa e impoluta. Su color brillante desentonaba con el gris a su alrededor. A pocos pasos, un niño de unos diez años sostenía un peluche abrazado a su pecho, los ojos fuertemente cerrados. Su bello rostro estaba manchado de tizne y una de sus rodillas sangraba. «¡Corre y no voltees!» Le había dicho su madre cuando terminó el estruendo y se abrió la puerta de emergencia. Apenas alcanzó a alejarse cuando una explosión lo lanzó contra el suelo. Desorientado, permaneció tirado en el piso. Los gritos lo asustaban, pero fueron disminuyendo y al igual que las llamas, desaparecieron.

Con paso incierto avanzó hacia la maleta, que lo atraía como sirena a marinero. Tropezó con un zapato y cayó sobre una lámina humeante, su rodilla comenzó a sangrar. El cerebro registró el pie amputado dentro del calzado, pero su inocencia lo protegió de su real significado. Quería llorar, pero su padre le había hecho prometer que iba a ser un hombre y no llorar nunca. La valija lo llamaba, tenía un compartimento en la parte superior, donde el candado había sido arrancado y el zíper estaba un poco abierto. Dentro se veía un libro; limpiando su mano en el pantalón, lo tomó con cuidado. Puso su oso sobre la maleta y pasó sus dedos por la cubierta. Le gustaban mucho los libros, leía todo el tiempo.

Un chisporroteo le hizo levantar la mirada, una sección del avión se acababa de re incendiar. Espero a ver si se escuchaba algún lamento, pero solo estaba el silencio. Un ladrido llamó su atención, de entre los escombros, un gran perro se le acercó vacilante. Volteó a ver el fuego y ladró con mayor apremio, pero el niño estaba en trance. El baile de las llamas lo hipnotizaba y casi soltó el libro. Sin poderlo evitar se empezó a balancear, siguiendo el ritmo inexistente de la conflagración. Nuevas nubes negras se iban formando y empezaban a nublar la visión. El perro al ver que el niño no reaccionaba, agarró el peluche y lo empezó a jalar.

Una nueva explosión lo sobresaltó y entendió la situación en el que se encontraba. El animal seguía tirando del peluche, incitándolo a correr, a alejarse del peligro. El viento retomó fuerza y las llamas volvieron a aparecer. Niño y perro corrían por el escabroso terreno, los pulmones del pequeño parecía que iban a estallar haciendo difícil la respiración. Detuvo su carrera y poniendo las manos sobre las rodillas, intentó recuperar el aliento. Fuertes dolores en las piernas y en la espalda lo sorprendieron, no estaban ahí momentos antes. Con dificultad se sentó en el pasto. Se levantó la camisa y vio que la piel de su estómago estaba negra y se sentía dura al tacto, el dolor lo sobrecogió y perdió el conocimiento.

El perro notó que el niño no lo seguía. Ladró más fuerte, pero el pequeño no se movía. Sin dejar de ladrar, se le fue acercando. Lamió su rostro, tratando de reanimarlo. El oso y el libro habían caído de sus manos y el viento jugaba con las hojas. La temperatura descendió y el animal se acostó junto al niño, tratando de darle calor.

El pequeño temblaba y a pesar de las indicaciones de su padre, lloraba. Sintió la lengua húmeda en su rostro. «Hola, perrito… ¿Cómo te llamas?». El animal al sentir que se movía, se levantó y fue a acercarle los objetos perdidos. «¿Quieres que te lea un poco?» dijo tomando el libro. «Es de poesía, no sé si te guste».

Horas después, cuando llegaron los rescatistas, encontraron el cuerpo del niño con el libro en el regazo y al perro llorando a su lado. El paramédico tomó al animal para revisar su collar, la placa ovalada tenía unas letras rayadas. Al darse cuenta del nombre y del libro en las manos del niño, rompió en llanto. El nombre del perro era “Poeta”.

 

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Escena 51 #Literautas

Este año he tenido la oportunidad de volar en 4 ocasiones, el relato salió de mi loca imaginación al ver una maleta sola en la sala de espera. Aunque no era roja como la de la historia, si me llamó la atención de verla ahí, desatendida, brillante, llamativa.

Espero les guste y si tienen algún comentario/sugerencia/corrección, será bienvenido.

JT

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