El garabato (capítulo 3, parte 2)

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Javier se levantó temprano, tenía mucho trabajo en la cocina. Rosario le había encomendado una misión “especial”, llevarle el desayuno a la invitada especial de la patrona. Era la oportunidad que estaba esperando. Un par de veces vio a Marco y a Marcial caminando por los pasillos, pero hasta ahora había sido capaz de eludirlos. Marcial le inspiraba más confianza que Marcos. Las manos le sudaban y tenía a punto el lápiz. A la menor señal de peligro, correría a buscar a su hermana y escaparían juntos. Tal era su plan esa mañana lluviosa.

La cocina estaba a todo vapor preparando los alimentos: en una mesa, encontró una charola con un poco de pan y café. Rosario se le acercó y le entrego una llave.

—Estoy confiando en ti, muchacho. No me falles —dijo mientras le ponía un plato de huevos en la charola—. No debes hablar con la señora, ni establecer ningún tipo de contacto con ella…

—¿Acaso es peligrosa? —preguntó intentando aparentar sorpresa y complicidad.

—No hagas preguntas, ahora apúrate.

Sin mediar otra palabra, se encamino. El pasillo que llevaba al sótano se iba oscureciendo a medida que descendía. Con cuidado depositó la charola en el piso y encendió la vela. Continúo si bajando sin ella. La llave le quemaba la mano y el corazón amenazaba con salírsele del pecho.

Al final del pasillo, se encontraba una gran puerta. Con decisión metió la llave y con un fuerte reclamo, esta se fue abriendo. La oscuridad era total, el ambiente húmedo le daba una sensación de frio, era obvio que no había ventilación, fuertes olores a drenaje impregnaron su nariz. Busco en la mesa y prendió otro par de velas; la oscuridad empezó a retroceder y una figura humana se empezó a dibujar contra la pared. Tuve que ahogar un grito al ver a su hermana en ese estado.

—¡Martina! Despierta, soy Javier —dijo mientras intentaba despertarla—. Hermana, ¡te encontré!

La mujer no parecía estar viva, la tomó en sus brazos y apartó las gruesas cadenas. No tenía llave para liberarla. No había tenido en cuenta esta posible complicación. Buscó en la habitación y encontró un balde con agua, tomó un trapo y empezó a limpiarle el rostro. A pesar de su condición, su belleza seguía intacta, “altiva”, como decía su padre.

Un ligero gemido escapó de su garganta…

—¿Javier…?

Tuvo que acercarse para escucharla bien, su voz era muy débil.

—Javier, ¿cuál es la clave? Necesito saber si eres tú en realidad.

—¡Muerte a Franco!

La vio sonreír, era la expresión que utilizaba su abuelo cada vez que hablaba del exilio.

—Estamos en peligro Javier, utiliza la runa y sálvate.

—Me iré solo contigo —dijo obstinado—. ¿Qué sabes de la abuela? —preguntó cauteloso.

—La carta, te dejé una carta en el estudio, ¿no la has encontrado?

—La tengo, fue la última vez que pude regresar. Temo que volver a casa no va a ser fácil.

—He descubierto varias cosas que te tengo que platicar.

—Sí, pero primero tengo que sacarte de aquí. Hay unos hombres que tienen demasiado interés en ti y en tu doble.

—Desde que llegué me encerró aquí, al principio pensé que podía confiar en ella y por eso le conté lo del dibujo, solo que no le comenté lo del lápiz… ¡El lápiz! Lo he perdido en el campo, antes de que me atrapara. Sin él no podré escapar de aquí.

—Nos iremos juntos.

—No funciona así, me lo comentó la abuela antes de morir.

Javier cerró los ojos, no había tenido tiempo de procesar la información. Su nana estaba muerta, no podría llevarla de regreso a casa. Ruido de pasos interrumpió sus pensamientos, en el rellano de la puerta se dibujó la silueta de un hombre.

—¡Muchacho del demonio! —gritó Marcial—. Te he buscado por todos lados.

—¿Qué quieres?

—Están en peligro, la patrona se ha levantado ya y no tarda en venir acá, tenemos que actuar rápido.

—Las cadenas…

Marcial sacó un llavero de su cinto y buscando entre las llaves, retiró los candados que mantenían a Martina presa.

—¿Puede caminar, señora? No mienta ahora, tenemos que movernos rápido.

Sin esperar respuesta la cargo sobre su hombro y haciéndole una seña a Javier, salió de la habitación. Javier apagó las velas y lo siguió en silencio, metió la mano en el bolsillo, como para asegurase de que seguía ahí. La noticia de que su hermana había perdido el lápiz lo mortificaba, pero buscaría solución en cuanto estuvieran a salvo.

*****

La patrona se levantó con una extraña sensación en el pecho, no sabía a qué atenerse. La información que tenia de su gente en el pueblo no era buena. Sabía que había rebeldes conspirando en su contra, tenía traidores dentro de su casa, pero por ahora no había sido capaz de desenmascararlo, o desenmascáralos. Sus ayudantes terminaron de vestirla y tomando su sable, abandonó la habitación.

En el comedor se encontraba la gente de costumbre, el inútil del jefe de policía, el alcalde y sus esposas. Un par de mocosos llenaban el ambiente de fútiles gritos. Los familiares sonidos de la cocina, poco hacían para apaciguar su ánimo, algo estaba mal, lo sentía en los huesos.

—Si me disculpan, me siento un poco indispuesta. ¿Creen que podamos posponer los negocios del día para la tarde?

—Imposible, señora. Tengo información de los descontentos. Tenemos razones para pensar que varios de ellos podrían estar aquí en la casa. Es necesario que tomemos precauciones.

No lo pudo seguir escuchando, la cabeza se le nubló y perdió el sentido.

—¡Traigan las sales de la patrona! –gritó una de las invitadas a nadie en particular.

Desde las sombras, Marcos, protegido por los gruesos cortinajes, mantenía la calma. La mano en la empuñadura de su espada y la mirada fija en la cara de la mujer. La sonrisa de complicidad del alcalde, solo fue percibida por él.

*****

Marcial corría por fríos pasillos que parecían no tener fin. Javier hacia lo posible por no retrasarse, pero a oscuras, tropezaba constantemente.

—¡Date prisa muchacho! Ya estamos cerca.

—¿Cómo sé que puedo confiar en ti, qué planes tienes con Marcos?

—Tendrás que decidirlo pronto, una vez que salgamos de aquí, no hay vuelta atrás.

*****

Marcos subió a la azotea, saco unos binoculares y un espejo. Una vez estuvo convencido, hizo señales que pronto fueron respondidas de los cerros colindantes. Por la puerta principal alcanzo a ver que llegaba el médico. Tenía que apresurarse. Bajo las escaleras y se adentró en la casona, al llegar a la puerta convenida espero un momento. La voz de Marcial diciendo “Macademias” era toda la confirmación que necesitaba; quitó el pesado candado y se apartó para dejarlos salir.

—¡Por aquí! —grito, señalando un pasillo a la derecha.

Javier perdió el sentido del tiempo. El camino era muy largo y estaba convencido de que ya no estaban en la casona. Las paredes humedecidas le hacían suponer que estaban en el campo. «¿Qué tan largo era el pasadizo?».

Una gran apertura los saco al campo. Un par de hombres tenían una carreta y un par de caballos dispuestos. Marcial subió a Martina que de a poco se recuperaba. Marcos montó uno de los caballos y con detenimiento, miró a Javier. Éste, asintiendo con la cabeza, subió a la carreta.

El sol se estaba metiendo cuando por fin se detuvieron ante una pequeña cabaña. Javier estaba exhausto y solo podía suponer el estado en el que se encontraba su hermana. Un grupo de unos veinte hombres los esperaba. Todos portaban sendas espadas al cinto y un pañuelo purpura en el cuello, igual al que llevaban Marcos y Marcial.

—¿Hubo alguna complicación? —preguntó el más viejo—. ¿Has hablado ya con ella?

Sin esperar respuesta, encendió un cigarrillo y se metió en la cabaña.

—Espera un minuto muchacho, ya te llamo para explicarte la situación —Dándole las riendas del caballo a un joven, dio instrucciones de que se atendiera a Martina. Javier siguió a su hermana, con la cabeza hecha un lio.

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Este capítulo me ha tomado más tiempo de lo que esperaba, tengo la idea clara y creo que la voy desarrollando, tengo ya en mente el fin de este episodio y de lo que viene, ahora lo que busco es tiempo y de ese no hay en abundancia.

A los que han seguido el Garabato, les agradezco su atención  y permanencia, tienen mi promesa de que más historias vienen detrás de esta.

Saludos y una vez más, agradezco su deferencia.

José Torma

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