La tía Cata

recetario

 

Con paso lento, la tía Cata levantaba los trastes sucios en la cocina. Los viernes eran su día favorito, la pequeña diablillo y su madre, venías a visitarla y ella se esmeraba en prepararle ricos platillos. En más de una ocasión intentaron que les revelara sus secretos, que, tristemente, con ella morirían. Levantó el falso piso del cajón superior y con diligencia tomo el libro de recetas de la familia. Más de cien años de delicias culinarias contenidos en esas páginas, pasadas de madres a hijas. Le dolía pensar que, en ella, terminaba la tradición.

Nunca se había casado y aunque pretendientes había tenido, ella siempre prefirió tener una relación con Dios. Su adusto padre se negó a que entrara al convento, y ella, se negó a casarse. Su madre, buscando suavizar la relación, le pedía ayuda en la cocina. El talento natural de Cata fue reconocido por su madre y el recetario pasó a sus manos a los veintiún años. Su madre, enferma se lo puso en las manos y le confió su cuidado.

—Lo tendrás en tu poder hasta que sea el tiempo que lo pases a una hija tuya —le dijo con voz débil—. Entiendo que no quieres casarte, pero eres nuestra única hija. Tus hermanos ya están casados y empiezan a tener hijos. No demores cariño, piénsalo.

Unos meses después, su madre fallecía y Cata tomaba las riendas del hogar. Con gran ilusión preparaba la comida. El recetario era una fuente inagotable de ideas y formas novedosas de preparar los platillos tradicionales de la cocina mexicana.

 

A los cincuenta años, Cata, recordó las palabras de su madre. Ninguno de sus hermanos había tenido hijas. Era la única mujer en línea directa con el libro. Sus cuñadas insistían en tenerlo, pero ella, recelosa, elegía mantenerlo oculto.

Con el paso del tiempo perdió a su padre. Sus hermanos y sobrinos emigraron a otras ciudades y se quedó sola en el pueblo. Su sobrino, el médico, le pagaba una señora que la auxiliaba en las labores de la casa, menos en la cocina. Cata, aun a sus setenta y ocho años, seguía llevando el control.

Cuando conoció a María, sus ojos ya le empezaban a fallar, a pesar de los lentes que llevaba siempre colgados del cuello. La bulliciosa niña, hija de la mujer que le ayudaba en la casa, llenaba la atmosfera de una luz inigualable. Vivía para los viernes en que la niña la visitaba. Cata le tomó tanto cariño, que le permitía leerle los ingredientes. Una loca idea se le vino a la mente después de una ardua preparación de un estofado de venado. No había conseguido laurel y eso la tenía muy mortificada.

—Podemos ponerle epazote, Catita, a mí me gusta más que el laurel.

¿Y si le dejaba el libro a María? Esa pregunta le quitaba el sueño por las noches. Seguro su madre entendería, pero ella sentía que era una traición. Por otro lado, dejar que el libro se perdiera, parecía un gran desperdicio.

El tiempo seguía su marcha y María se convertía en una joven hermosa. Sus habilidades en la cocina eran grandes y Cata la ayudaba lo más que podía. La joven ya no le pedía el libro, gran parte de las recetas las sabía de memoria.

—Ay Catita, debería comprar una tableta, así podría ver a sus sobrinos cuando quisiera.

Pero para Cata, todas esas cosas de la tecnología eran cosa del diablo. Ella les escribía a sus sobrinos cada mes y ellos le contestaban, a veces.

A los ochenta y cinco años, su salud decayó rápidamente. Cata se negó a ir a un hospital, María se mudó a vivir con ella y hacia lo que podía para mantenerla cómoda. A la mañana siguiente, un acceso de tos la hizo llamarla.

—¡María!

—Dígame, Catita, ¿que se le ofrece?

—Creo que es tiempo niña, quiero darte algo. Ve ahí en mi armario, la caja azul .

Cuando la tuvo en sus manos, Cata la abrió y sacó un libro. Los ojos de María se agrandaron por la sorpresa. La anciana lo puso en sus manos y le dijo.

—No María, no es mi libro de recetas, es un libro en blanco para que lo llenes de todo lo que has aprendido. Crea tu propia tradición, tienes mucho talento y mi viejo libro solo te estorbaría.

La joven tomo el libro y lo apretó contra su regazo, gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras la anciana, lentamente caía sobre la cama.

*****

Y aquí estamos, con el nuevo capitulo del nuevo ciclo del taller de Literautas. El tema, un cuaderno de recetas y reto adicional (que no tomé) la venganza. La verdad no me dio tiempo y apenas alcancé a participar. Espero lo disfruten a pesar de lo apresurado.

Saludos a mis 2 lectores.

José Torma

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s