El garabato (capítulo 3, parte 1)

hacienda

—¡Corre! —la escuchó decir cuando pasó junto a él. Las piernas le respondieron al tiempo que su respiración se hacía agitada. La iluminación del túnel era escasa, con paso inseguro fue tomando velocidad, en un intento fútil de alcanzar a la mujer que le había gritado.

El eco de sus pisadas llenaba el ambiente, pero de a poco, unos gritos empezaron a hacerse presente. Los venían siguiendo. El túnel estaba por terminar, se percibía el sonido del río. Las fuertes lluvias de la semana anterior habían incrementado su caudal.

“¡Una Semana!”

Cuando aterrizó en el campo abierto, su presencia fue solo validada por el mugido de un par de vacas, que sobresaltadas trotaron torpemente, alejándose de él. Buscó en su bolsillo y ahí estaba, “el lápiz mágico”. Tentado estuvo en ese momento de trazar la runa una vez más, quería volver a casa. Los últimos cuatro universos habían sido muy peligrosos y ni señal de Martina, su hermana. Se revisó el vendaje en el brazo, producto de un encuentro con los “Sectarios”. El recuerdo lo hacía temblar. Se bajó la manga            .

Se incorporó y sacudió el polvo de la ropa, no se veía nada más que campo abierto. Los animales pastaban a unos cien metros. Su presencia obviamente olvidada.

Caminó un par de horas sin toparse con ningún ser humano, ni huellas de civilización. El sol decaía en el horizonte y sintió sueño. Buscó unos árboles para guarecerse y, trepando a uno de ellos, se durmió.

*****

Marcial y Cipriano platicaban mientras abrían los corrales para darle salida al ganado.

—¿Escuchaste el estruendo de ayer por la tarde? —preguntó Marcial.

—Clarito vi cómo se abrió el cielo y cayó un bulto.

—¿Un bulto dices? Ya estarías tomado.

—Buscaba a la pinta y a la colorada, que se me habían rezagado. Las vi pastando cuando se escuchó el tronido. Pobres vacas salieron corriendo, seguro no darán leche del susto —Sonrió Cipriano al recordar—. ¿Si te cuento algo no me tachas de loco?

—Demasiado tarde amigo, ese juicio lo tengo desde que te conocí, pero viene, cuéntame.

—Cómo te dije, regresaba a buscar a las jodidas vacas. Cuando llegué al cruce de las Amapolas, las vi muy campantes pastando cerca del arroyo. Corrí a “azuzarlas” y ahí fue cuando se abrió el cielo y cayó él…

—¿Él, acaso era un hombre? —Interrumpió Marcial intrigado.

—Lo miré tan seguro como que te estoy viendo ahora. Se quedó un rato sentado, luego se incorporó y, sacudiéndose la ropa, empezó a caminar hacia las bestias. Yo en cuanto lo vi pararse me tiré al suelo. Pasó como a diez metros de mí  y no se percató de mi presencia. Lo dejé avanzar un trecho y lo seguí. Creo que al rato se cansó, porque buscó un árbol y subió a dormir. Yo regresé por las vacas y me piré para el rancho.

—¿Le contaste a la patrona?

—Ya era tarde cuando llegué, pero en cuanto baje a desayunar se lo cuento.

—¿Será la señal de la que siempre habla?

*****

El canto de un pájaro lo regresó al mundo de los vivos. Bajó con cuidado del árbol. Las vacas habían desaparecido. Caminó hacia donde las había visto por última vez. Ya con la luz del sol, se veía un sendero que ondulaba hacia el norte, le daba la sensación de ser el norte por la posición del sol. Su estómago gruñó reclamando alimento. Trotando siguió el camino.

Una vieja Hacienda se veía en el horizonte, estaba rodeada de varias casas más pequeñas. Mientras más se acercaba, se hacía evidente que era una pequeña ciudad, aunque daba más la impresión de ser una ranchería. Llegó a un mercado, el hambre lo hacía tartamudear.

—¿Podría ayudarle a cambio de algo de comida? —preguntó esperanzado.

—No soy beneficencia, si quieres comprar, muéstrame tu dinero.

—Me asaltaron, no tengo nada de valor —Mintió mientras volteaba sus bolsillos.

La hoja con el grafo cayó al suelo y antes de que la pudiera recuperar estaba en manos del mercader.

—¿Qué tienes aquí? Espera, ¿acaso eres…?

—Es personal, ¡devuélvemelo por favor! —Exigió molesto.

—Te doy comida a cambio del dibujo, he visto otro igual. ¿Cómo llegó a tus manos?

—¿Conoce el trazo? —preguntó desconfiado.

—Tiene algo que ver con viajes, es muy antiguo. ¿Cómo es que lo tienes? El papel es muy reciente. Esta runa es mágica, no se puede trazar, requieres un instrumento especial, mágico.

Sintió el peso del lápiz en la bolsa interna de su pantalón, había sido una suerte que no se cayera cuando saco las bolsas.

—Es herencia de familia, no la puedo vender.

—Es el segundo que veo, me pregunto ¿qué dirá la patrona si le muestro esto?

—¿La patrona? —preguntó receloso—. ¿Conoce ella del grafo?

El hombre guardó silencio mientras lo miraba de arriba abajo, como decidiendo qué tanto podía decirle.

—Te diré algo, me acompañas a la Hacienda, ahí pediremos hablar con la patrona, Martina, ya que ella decida que tanto vale este papel, y que hacer contigo.

Sintió su corazón acelerarse al escuchar el nombre de su hermana, solo atinó a asentir con la cabeza.

—¡Levanten la tienda y vayan a casa! —les gritó a un par de sus ayudantes a la vez que se calzaba un sombrero y le hacía señas que lo siguiera.

*****

Cipriano espero a que bajara el cocinero con los platos sucios para tocar tímido a la puerta.

—¡Adelante! —Escuchó la voz que lo invitaba a entrar.

—Patrona, buenos días —dijo mientras respetuoso, se quitaba el sombrero—. Tengo algo que contarle. No sé qué tan importante sea, pero ayer, en el campo, sucedió lo mismo que cuando su otra merced llegó a estos lares.

La mujer soltó el cepillo con el que alisaba sus cabellos, en su rostro se notaba la curiosidad, mezclada con temor.

—¿Qué cosa dices Cipriano? ¡Explícate!

Estaba yo ayer, recuperando a un par de vacas que se me extraviaron, cuando vi en el cielo…

¿Sería verdad? Se preguntaba mientras escuchaba la historia del campesino. Palpó su bolso. Le reconfortó sentir su silueta contra su palma.

—¿Usted cree que sea al que está esperando, patrona? —preguntó al verla pensativa.

—¿Lo viste bien?

—Si patrona, es un hombre joven, alto.

—Déjame un momento por favor, avísale a mi Martín que saldré, que prepare mi caballo.

Una vez sola, sacó la llave del joyero, tendría que ser muy cuidadosa. Hasta ahora había tenido suerte, pero la negativa de la mujer para explicarle el funcionamiento de la runa era frustrante; ahora los eventos parecían precipitarse y tenía que lograr una respuesta. Se puso la capa y abandonó el cuarto.

*****

Una vez que abandonó la habitación, una sombra se deslizó detrás de las cortinas, una figura alta y estilizada, se escabulló de la habitación. Sigiloso caminó por los pasillos, alcanzó la cocina y desapareció por la puerta trasera, en algo tenía razón la patrona, el tiempo estaba cerca.

*****

Apresuró el paso para no perder de vista al hombre del sombrero. Poco o nada había logrado investigar. Caminaron por varios callejones, hasta que a pocos metros de la hacienda, le señaló una puerta.

—Entra ahí, tengo que hacer una diligencia antes de continuar.

—Deme el dibujo, no pienso separarme de usted mientras no me lo regrese.

—Mira muchacho, entiendo la desconfianza, pero es un asunto muy serio.

—Me da lo mismo, a donde vaya lo sigo.

—No son buenos tiempos, estas muy joven para entender. Tengo que ser muy cuidadoso. Una palabra a la persona equivocada y podríamos terminar en la cárcel.

Al verlo resoluto, le entregó el papel.

—Ahora, lo más importante, espérame ahí dentro. No abras a menos que sepas que soy yo. La clave es “Macademias” . Si no soy yo, la persona que te envíe tendrá que decirte la contraseña. Ten paciencia y cuando llegue el momento, todo se aclarará.

Guardó silencio al ver el entendimiento en sus ojos. Lo dirigió a la puerta y siguió su camino. Llegando a la esquina, sacó de entre sus ropas un petardo, lo encendió y lo lanzó al cielo.

A pocas calles de distancia, se escuchó otro. La señal estaba establecida. Los eventos se pondrían en marcha y solo había un resultado aceptable.

*****

Las escaleras terminaban en una húmeda cámara. Una pesada puerta dominaba la blanca pared. Martina contuvo la respiración, era ahora o nunca. Saco de su bolso la llame y la introdujo en la oxidada ranura. Dentro reinaba la oscuridad, a tientas busco en la mesa, que sabía cercana a la puerta y encendió una vela. Del otro lado de la habitación, amarrada a la pared con gruesas cadenas, se encontraba su doble. Cuando llegaron los pastores con ella, se cuidó de no mostrarse al notar el gran parecido. De un balde de agua tomó un pequeño tazón y llenándolo se lo arrojó a la mujer.

—¡Despierta! Ya es hora.

La mujer despertó sobresaltada.

—¿Qué quieres de mí, no me has hecho suficiente daño? —preguntó débil, pero con coraje—. No te diré nada.

—Acaba de ocurrir otra vez…

—¿De qué hablas?

—El cielo se abrió de nuevo y otro personaje cayó en los campos, o lejos de donde caíste tú.

La mujer guardó silencio, sabía que era su hermano, pero no podía exponerlo.

—¡Estas mintiendo! —dijo, intentando sonar más segura de lo que se sentía—. ¿Acaso esta aquí?

Martina soltó una carcajada.

—¡Tonta!, si ya lo tuviera en mi poder, estaría encadenado a tu lado. Es solo cuestión de tiempo para que lo tenga en mi poder, su destino está en tus manos, dime lo que necesito saber y todo esto puede terminar.

—¡Jamás!

El golpe la tomó por sorpresa, sintió un hilillo de sangre correr por su barbilla.

—¿Me dirás ahora cómo usar la runa?

—No deberías jugar con cosas que no comprendes.

Al ver la resolución en sus ojos, dio media vuelta y salió de la habitación, dejando la vela encendida.

*****

Los dos hombres se encontraron en un callejón.

—El Cipriano le llevó noticias a la patrona, parece que llegó otro —dijo el hombre alto—. ¿Sabes algo?

—Está conmigo —le contestó—, está en la casa de seguridad, esperándome. Es extraño, pero se parece mucho al joven Javier, o como estaría ahora si no hubiera muerto.

—Martina está inquieta, tenemos que irnos con cuidado.

—Tiene la runa.

—¿Qué has dicho?

—Tiene un dibujo igual al que guarda la patrona en su habitación. Estuvo en mi poder, pero tuve que dejarlo con el chico, para venir a buscarte.

—Tengo que liberar a la chica, regresa con él y ahí espera noticias mías.

—¡Marco! —dijo el mercader—. Esta es la oportunidad que estábamos esperando.

El mercader retrocedió sobre sus pasos, pero al llegar a la casa, encontró que el muchacho había desaparecido.

*****

Javier se escondió tras unos barriles, no entendía bien lo que estaba pasando, no sabía si podía confiar en estos hombres o no, pero algo tenía claro. ¡Su hermana estaba aquí!. Vio al mercader tomar el camino de regreso y en cuanto pasó a su lado, salió en persecución del que se hacía llamar, Marco.

El lápiz se sentía pesado en su pierna. Tentado estuvo de utilizarlo y escapar, pero tenía que asegurarse que Martina no estuviera ahí.

El hombre cambiaba de dirección constantemente, se hacía difícil seguirlo y un par de ocasiones pensó que lo había perdido. Entró en pánico. El sonido de una puerta al cerrarse lo hizo detenerse. Llegó a ella y con un fuerte empujón, logró entrar.

La cocina era un lugar muy amplio y estaba en plena ebullición, preparándose para la cena. Paseo la vista por el lugar sin localizar a Marco.

—¿Qué haces aquí? —preguntó una mujer mayor.

—Soy el nuevo pinche —contestó sonriendo—. Recién vengo llegando de mi pueblo.

—Tendrás hambre, alma mía. Siéntate que ya te sirvo un caldo, pero no te confundas, una vez que termines, necesito que peles papas.

—Si señora…

—Rosario, muchacho, ese es mi nombre.

Sin decir otra palabra, le puso un tazón enfrente y regreso a seguir dando instrucciones en la cocina. Javier sonrió satisfecho, tenía una coartada y una razón para estar en la hacienda, ahora podría buscar la verdad.

**********************

Relato 13 del reto 1 al 52

Pues aquí estamos con otro capítulo del “Garabato”. Me vi en la necesidad de partirlo en dos partes, espero no me lo tomen a mal.

Saludos a todos los que me visitan y muy agradecido por su tiempo.

José Torma

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