Ramiro y Eduviges

armario

El anciano encontró la llave en una caja de zapatos. Era antigua, pesada, de color cobre. La examinó curioso, no sabía qué abría. Una suave brisa hizo sonar la campana del cobertizo. Con dificultad tomó su bastón y salió de la casa.

El edificio era muy viejo, requería trabajo, pero él no tenía fuerzas ni quien le ayudara. Su familia había partido hacía tiempo. Él jamás pudo seguirlos. Ahora solo mataba los días, encerrado en su cuarto, olvidando su vida y sus recuerdos; exiliado de su mundo.

Tenía asistencia médica del estado. Una vez a la semana un enfermero lo ayudaba a asearse y a limpiar su habitación. Su nombre era lo primero que olvidaba. Lo llamaba “muchacho” para disimular.

A medio camino detuvo su andar, con ojos asustados volteó a la casa y se preguntó que hacía afuera. El sonido de la campana lo trajo de vuelta. Un hombre joven estaba en la entrada, le sonreía y con un gesto lo invitaba a acercarse. No lo conocía, pero algo en su comportamiento lo tranquilizaba.

—¡Hola, Ramiro! —lo saludó–. Qué bueno que llegas. ¿La trajiste? Llevo mucho tiempo esperándote.

Tímido le mostró la llave, los ojos de su visitante se agrandaron de la emoción.

—Ven, tenemos mucho de que hablar.

Y sin mediar otra palabra, tomó la llave y entró al cobertizo.

Una gruesa capa de polvo cubría el piso. Pegado a una de las paredes, se encontraba un gran armario de roble. Sin dudar, el hombre se acercó e introdujo la llave.

—Acércate —le dijo al notar su turbación—. ¿Recuerdas esto?

Ramiro miraba sorprendido, gruesos álbumes de fotos, trofeos y una pequeña caja de música. Con mano temblorosa la tomó e instintivamente la volteó para darle cuerda. Los acordes del Lago de los Cisnes llenaron el lugar mientras una esbelta bailarina giraba incansable sobre sus piernas. Un par de argollas estaban sujetas a su cintura con un listón rojo.

Con delicadeza puso la caja sobre la mesa y desató el nudo.

—¿Las recuerdas, Ramiro? Son tus argollas matrimoniales. Tenían que ser especiales, las mandaste traer de París, nadie en México tendría unas semejantes.

Guardó silencio al ver que el anciano intentaba penetrar la bruma que había en su cerebro. Una pequeña lágrima se le escapó mientras admiraba la joya. Levantó la vista para mirar la foto que el joven le mostraba.

—Ella es Eduviges, tu esposa.

Una mujer guapa le sonreía desde la fotografía, su cabello amarrado en un moño. En su mano izquierda brillaba el complemento de la argolla que se había materializado en su dedo anular. De a poco su mente estaba más lúcida, sus recuerdos regresaban.

El joven sonrió al verlo y seguido le mostró unas fotos donde unos niños sonreían chimuelos a la cámara. Tenían los ojos de su mujer. Pasó sus dedos sobre sus rostros. Las lágrimas ahora surgían sin obstáculo, limpiando su mente y su alma.

—Son tus hijos, Ramiro. ¡Trillizos! Algo extraordinario en el pueblo, nunca ha habido otro nacimiento múltiple. Estabas tan contento que te fuiste a la capital a comprar puros para regalar… ¡y tú no fumas!

Sintiendo una renovada energía, se acercó a examinar los tesoros escondidos en aquel mueble. La medalla del ejército, el trofeo de basquetbol y, escondido en la parte trasera, bajo un guante raído de béisbol; un paquete de cartas atadas finamente por un listón rosa. Levantó la vista interrogante hacia el muchacho.

—Las guardó todas, nunca te olvidó, te esperó hasta el fin. ¿Te las leo?

Perdió la cuenta del tiempo que pasó escuchando a aquel desconocido que leía sus palabras. Sus recuerdos florecieron y sus lágrimas cesaron, sonreía sin control ante alguna de las anécdotas que relataba. En otro álbum revivió la niñez de sus hijos, se entristeció al recordar su muerte.

El hombre leía, mientras él seguía explorando el armario. El primer libro que le regaló a Eduviges. Se sorprendió con las flores secas que había entre las páginas; gardenias, sus favoritas.

—¿Estás bien, Ramiro, necesitas descansar?

Asintió y tomó la mano del joven que solícito lo llevó de regreso a la casa. Amoroso lo acomodó en la cama y le dejó una última foto en sus manos.

Ramiro abrió los ojos y se sorprendió al ver al joven sonriente, abrazando a su Eduviges.

armario 2

Al día siguiente lo encontró el muchacho, había fallecido con una gran sonrisa en los labios y la foto de su boda fuertemente apretada contra su pecho. En la esquina, el armario abierto, vacío de recuerdos.

 

*****

Relato para el taller de Literautas

Sé que habrá preguntas, prometo contestar lo más honesto posible.

Saludos y gracias por leerme.

José Torma

 

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2 thoughts on “Ramiro y Eduviges

  1. El relato en algunas partes es un poco confuso. Te obliga a releer el texto para saber a que personaje se refiere. La historia escrita con sentimiento hace que el lector empatice con Ramiro fácilmente.

    Una revisión hará que esa confusión de la que hablo desaparezca y surja un relato mucho más fluido.

    Un abrazo.

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    • Gracias amigo lobo. En realidad era a posta que la gente pensara que el joven era su hijo o algo asi, el “punch” seria al final cuando ve la foto y se da cuenta que era él mismo, solo que de joven, el que lo llevo por el camino de los recuerdos para terminar su vida. En Literautas marque el reto porque a mi entender, solo tengo un personaje, el joven habla y el viejo no.

      Gracias por leerme y ya mas frio le dare un repason para ver que puedo mejorarle.

      Saludos.

      Liked by 1 person

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