Aniversario

 

guilt

De acuerdo a su costumbre, llega y se sienta en la esquina de la barra. El lugar esta poco concurrido, pero aún es temprano. Sabe que más tarde le sería imposible encontrar lugar. Ante la mirada asombrada de su “mixólogo”, ordena un tarro de cerveza y se queda mirándolo, como exigiendo respuestas. Varios de los meseros lo saludan, lo conocen de tiempo y aunque no sabe sus nombres, les responde cordial a todos. Jordán, una simpática chica pecosa se acerca y lo abraza.

—Se nos hizo temprano hoy ¿verdad? —Le dice coqueta, mientras le acomoda el pañuelo que desprolijo, sobresale de la bolsa de su saco—. ¿Sí que venimos guapos esta vez eh?

—Hoy es un día especial —le contesta, tratando de imitar su gesto jovial, pero no lo consigue.

Ve a la chica alejarse para recibir a una familia que ruidosa se dirige al área de restaurant. Su concentración vuelve a la cerveza. “No es una buena idea”, se dice, pero esta noche decide ignorar a su voz interna.

De a poco, la barra se va llenando, el sonido ambiental aumenta el volumen y pronto es difícil escuchar lo que dice la gente, no que él tenga con quien platicar. El ‘bar tender’ está saturado, su ayudante llega tarde. Toma el último sorbo de la bebida y le hace una seña.

—¿Le sirvo la otra? —pregunta Richie solícito.

—Sí, y ¿me podrías poner una orden de alitas con nuez y una hamburguesa doble por favor?

Su mirada sorprendida le hace cuestionar sus motivos.

—¿Espera a alguien más? —pregunta.

—No, simplemente tengo antojo de ambas, para evitar tomar decisiones adicionales, pues pido las dos.

—Espero que tenga bastante hambre —le contesta riendo.

Lo ve meterse a la cocina, cinco años lleva viniendo a este lugar, siempre en la barra y siempre solo. Saca su celular para revisar las actualizaciones de sus redes sociales, pero no tiene ninguna. No le parece extraño, al final, él nunca comparte nada. Si desapareciera en este instante, ¿alguien lo extrañaría? Probablemente la gente del banco, últimamente son las únicas llamadas que entran a su teléfono. Si muriera en ese instante, habría que ver el problema que tendrían en buscar quien liquidara su adeudo.

Este último pensamiento lo hizo sonreír, imaginando al pesado de Aguirre –pegado al teléfono y buscando a algún familiar a quien endilgarle la cuenta. No siempre estuvo solo, en el trabajo lo consideran un tipo raro, pero lo toleran e incluso hablan con él en los pasillos, pero nunca nadie lo invita a salir, no desde el “incidente”. Prende una vez más el teléfono y accede a la aplicación de sobriedad. La pantalla marca 364 días. Una lágrima brilla en la esquina de su ojo izquierdo, toma una servilleta y la elimina antes de que logre desprenderse y rodar por su mejilla. Con dedo tembloroso accede al menú.

“Reiniciar”

“Acceder a memoria”

“guardar archivo”

“Borrar archivo”

Las opciones que delinean su compromiso consigo mismo, lo retan desde el aparato que sostiene con mano temblorosa. La segunda cerveza llega, mientras un extrañado Richie lo mira con atención.

—Es primera vez que lo veo tomando en un año, ¿está todo bien, puedo retirar el tarro y le traigo su limonada? Es más, no se la cobro, nadie tiene que enterarse.

—Estoy bien.

Sin decir otra palabra regresa a su teléfono y sin pensarlo un segundo más, presiona “Reiniciar”, en medio segundo el 364 desaparece y es substituido por un cero titilante. Esta hecho, no hay vuelta atrás. Apura la cerveza de un solo trago ante la mirada atónita de la gente a su alrededor

Llega la comida y tiene que luchar contra el impulso de gritarles a todos “¡¿Que les importa?!”, pero no lo hace. En vez de gritar, respira profundo y toma una de las alas. Centra toda su atención en la comida, borra el sonido ambiental y se concentra solo en su respiración.

—Tráeme un tequila doble —pide después de un rato—, y otra cerveza.

Ya nada le importa, mete la mano en la bolsa de su saco y acaricia el bote, el sobre esta ahí doblado también. ¿Tendrá el valor esta vez de terminar con todo?

Toma el cuchillo y corta la hamburguesa en 4 partes, no puede explicar porque, pero esa es la manera correcta de comerla… ¿o no? Sin poder evitarlo sonríe.

—Aquí tiene, ¿seguro que está bien? —Insiste el barman—. ¿Puedo llamar a alguien?

La pregunta lo toma por sorpresa, ¿a quién podría llamar? Con un gesto indiferente le dice que no se preocupe, apura el tequila que le quema la garganta. Recuerda lo que es sentirse borracho, su cabeza parece flotar, pero podría ser por lo “otro” y no por el alcohol.

El grupo llega y prepara un pequeño escenario. La música en vivo es parte del atractivo de venir aquí. Siente un pequeño dolor en el estómago. No debería seguir comiendo, pero lo tiene que hacer. Se sabe intoxicado, el cerebro le hace extraños y la ve al final de la barra, linda como habita siempre en su memoria, con su largo cabello castaño que enmarca su bello rostro dominado por unos grandes ojos azules. Su vestido cubre su figura como guante. Ella le dedica una gran sonrisa que estremece su corazón. Lucha contra el sentimiento. Se talla los ojos, en vano gesto de que desaparezca de su vida, pero ahí sigue, en todo su esplendor. Ahí es donde todo empieza a irse al carajo. La sonrisa de la chica va desapareciendo, dando lugar a un rictus de dolor, mientras de su cabello empieza a manar sangre que va cayendo sobre su rostro. Pronto el vestido esta empapado, su cara cubierta de rojo lo asusta. Sus vivaces ojos parecen grises, sin vida y en un segundo, soltando un grito, desaparece.

Escucha la risa de unos niños, una ruidosa familia que esta sentada detrás de él.  Tommy su hijo, está con ellos. Sabe que es imposible, pero sus ojos no lo engañan. Todos ríen, los niños corren alrededor de la mesa, en un interminable juego absurdo que no parece cansarlos… luego cae el silencio, hasta que un chillido aterrador revienta en sus oídos, todo se vuelve un caos, una vorágine de movimientos donde los niños son violentamente azotados contra la alfombra. El paroxismo llevado a un grado superlativo. En un momento, toda la familia rueda por el suelo, sus rostros descompuestos y sus ropas desgarradas. No es posible, pero un olor nauseabundo invade su nariz. Tommy permanece de pie, su pequeño cuerpo cubierto de sangre y el dedo acusador.

—¡Todo es tu culpa! —le grita mientras cae al suelo y desaparece.

Abre los ojos y mira a su alrededor. Nadie parece darse cuenta del sangriento espectáculo y de su extraño comportamiento. ¿Hasta cuándo cesarán las pesadillas? La culpa lo ahoga, no le permite vivir, el debió morir también y sin embargo… ¡sigue vivo!

Su compañía utilizó todos los recursos para sacarlo del problema. El reporte oficial establecía “homicidio imprudencial”. Había sido exonerado. La empresa lo había mandado dos meses a rehabilitación y luego, de vuelta a la vida.

Desde entonces, cada año lo intentaba, entonces volvía a beber, tomaba los antidepresivos y ordenaba una última cena, pero una vez más se había acobardado. Palpó las pastillas en su bolsillo, junto con la carta explicándolo todo, pero se sabía cobarde. La imagen de su esposa y su hijo lo visitaban cada año, pero ni así conseguía el valor para terminar con todo.

Paga la cuenta y sale del lugar, un nuevo año comienza, mañana el marcador dirá “uno” y tendrá la oportunidad de preparase, de llegar al aniversario de sus muertes listo para encontrarlos. Tal vez el próximo tendría por fin el valor de al fin terminar con todo.

*****

Relato 11 del reto 1 al 52.

La culpa, ese sentimiento que nos paraliza y que de algún modo tenemos que resolver.

Agradezco su visita y sus palabras si les provoca un comentario mi relato.

Saludos

José Torma

 

 

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