La sonrisa

Con aire cansado observa a la pareja acercarse al ascensor. Cinco años lleva ya con el puesto de revistas, mismos que los ve discutir “amigablemente” por el crucigrama del diario.

—¿Cuarto estomago de rumiante? —pregunta él con voz débil.

—No soy diccionario, entiéndelo, si me gustara el bendito juego, lo resolvía yo sin tu ayuda.

—Vamos gordita, sé que tienes la respuesta en esa cabecita tuya.

—¡Abomaso! —le grita jugando.

No los conoce de nada, pero entiende su dinámica. Jamás se han detenido a comprarle algo. Ella le sonríe de vez en vez, él nunca lo ha mirado. Cientos de historias se desarrollan frente a sus ojos todos los días, sin embargo, esta pareja tiene algo especial, algo que le atrae. El sonido de la campana anunciando el arribo del coche lo saca de su ensimismamiento. La chica nota su mirada y le dedica una sonrisa fresca que llena su espíritu. La conexión dura 2 segundos, luego las puertas se cierran y solo queda su reflejo distorsionado en la puerta de metal.

*****

Hoy es un día diferente, la temperatura ha descendido, síntoma inequívoco de que el verano está llegando a su fin. La gente pasa frente a él luciendo suéteres y bufandas de colores. Está preocupado aunque no lo sabe. El ajetreo diario sigue su curso pero él nota algo diferente, la rutina se ha roto y no logra descubrir el porqué.

Voltea a la puerta, justo a tiempo de verla entrar, lleva el cabello recogido y cubre sus hermosos ojos con unas pesadas gafas oscuras. Por primera vez va sola, lleva el diario doblado bajo el brazo, y aunque apresura su paso, no logra alcanzar a subirse al ascensor y se queda ahí, estática. Se levanta los lentes y los acomoda sobre su cabeza. Sus ojos están enrojecidos, ha llorado. Él intenta poner en su sonrisa el mayor consuelo posible y se la dedica. Ella capta su mirada y se acerca al puesto.

—Buen hombre, ¿tendrá un bolígrafo? —pregunta con voz entrecortada—. Resulta que he extraviado el mío.

—Aquí lo tiene señorita, ¿hay algo más en lo que la pueda ayudar?

La ve dudar un poco antes de tomarlo, lo examina y sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Pascual saca su pañuelo y se lo ofrece de modo caballeroso.

—Soy una tonta, discúlpeme. Es solo que es la primera vez que tengo que hacer esto sola y de algún modo siento que lo que hago es una traición. No sé porque tendría que ser así —Se limpia una lagrima y suelta una pequeña sonrisa—. Seguro que hoy si sabría la respuesta—. Toma el periódico y escribe en el crucigrama.

—Todo va a estar bien —le dice con seguridad.

—Se ha ido, no va a volver y sin embargo yo debo continuar.

La ve agarrar fuerza, sacar el pecho e inhalar con fuerza. Le entrega la pluma y él sabe que va a estar bien. El conocido sonido del elevador al llegar termina con su momento y la ve subir. Le sonríe una vez más y su imagen se queda grabada para siempre en su mente. Más de cinco años lleva ahí, historias anónimas, todas con el mismo fin, pero hoy, por primera vez, experimentó el dolor de la pérdida. Entiende ahora mejor las cosas.

Al llegar la tarde, recoge sus pertenencias y se prepara para salir, pasa por la recepción y las letras le llaman nuevamente.

“Hospital Oncológico Martin Ruiz”

Mañana será otro día.

 

 

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