El café

cafe

 

“Cerrado por remodelación”

Rezaba el pálido letrero pegado en la puerta principal.  Hacía tiempo que el café Renoir no abría sus puertas. Grandes cadenas habían hecho imposible su supervivencia. La gente tenía prisa todo el tiempo. El arte de tomar café y conversar era una leyenda que aburría a los jóvenes y llenaba de ensueño a los viejos. Prudencia entendía bien ese sentimiento. Había conocido a Casimiro en ese lugar. Ella atendía la barra y él era un cliente regular.

—Café negro y una concha de azúcar por favor —Tales habían sido sus primeras palabras hacia ella.

—Son 25 centavos caballero.

El hombre había sacado una moneda de a peso y la deposito en el mostrador.

—Quédese con el cambio mi alma —dijo mientras recogía su orden y se sentaba en una de las mesas.

A esa primera visita le siguieron varias más, hasta el día en que finalmente la invito a salir.

—Tendrá que hablar con mis padres primero.

—Dígales que me esperen el domingo, la llevo a Misa y luego a comer.

No fue un cortejo muy largo, contrajeron matrimonio menos de un año después de su primera aparición en el café. Fueron años de dicha, que solo se fueron incrementando con la llegada de los hijos. A Mariana le siguió Benjamín, luego los gemelos José María y María José. Nada podía empañar su felicidad. Pero no todo en la vida es color de rosa y la tragedia los esperaba, literalmente a la vuelta de la esquina.

Soleado era el día cuando Casimiro la invitó a tomar un café al Renoir. Ella aceptó, gustosa de volver al lugar donde se habían conocido. El pueblo estaba en plena ebullición, la llegada de los primeros automóviles era el cotilleo en todas las esquinas. “El progreso ha llegado a San Bartolomé” vociferaba el alcalde desde la plaza. Las polvorientas calles fueron, poco a poco sustituidas por avenidas empedradas donde circulaban los nuevos autos. Casimiro nunca entendió la necesidad, “¿para que nos dio Dios patas pues?” se preguntaba ante las risas de su mujer y sus hijos.

El ataque de tos que tuvo el día de la Candelaria, fue solo el primer aviso de que la salud de Casimiro no era buena.

—Se me atoró un tamal, no hay necesidad de tanto arguende —decía enojado ante la preocupación de su familia. Pero con el tiempo tuvo que admitir que tenía un problema. El médico del pueblo no tenía claro el motivo de la enfermedad, por lo que les sugirió que fueran a la capital, al hospital Granada.

Enojado subió al camión que los trasportaría a la ciudad.

—Es solo una tosecita, ya lo verán.

Pero los médicos tenían malas noticias. Casimiro tenía cáncer de pulmón.

—¿Y eso cómo me lo quito? —preguntó a sus doctores.

Pero no había nada que hacer, el mal estaba extendido.

—¿Qué vamos a hacer viejo? —preguntó Prudencia.

—Pues nada viejita, a vivir lo que me queda, que al final todo es voluntad de Dios.

Cargados de medicinas “para el dolor” regresaron al pueblo. De común acuerdo decidieron no decirles nada a los hijos, aún estaban muy huercos para entender lo que pasaba.

La enfermedad mermaba sus fuerzas, pero aun así, cada domingo se levantaba muy temprano, se aseaba y se ponía su ropa de Misa, arriaba a los chamacos y juntos caminaban a la Iglesia de Santo Tomas. Jamás entretuvo la idea de comprar un auto, el aire puro de la mañana le llenaba de energía, al menos por unos instantes. Ese día noto a sus hijos muy serios, los cuatro estuvieron hincados toda la celebración de la Eucaristía, algo muy inusual en sus alborotados seres.

—¿Pos que tanto le pedían a Dios con tanta enjundia? —les preguntó mientras caminaban por el parque después del servicio.

—Pues que se alivie Tata, esa tos que tiene es muy fea —dijo Mariana, la mayor.

—A que muchachos estos —se agachó y juntos se fundieron en un fuerte abrazo—. No se preocupen de nada.

Prudencia los observaba sin intervenir. Ya no podrían seguir ocultándoles la verdad a los muchachos, ya estaban creciendo y se daban cuenta de las cosas, en especial Mariana. Esa noche los sentaron en la sala y les contaron la verdad. Los más pequeños no entendían el porqué de las lágrimas de los hermanos mayores, pero se contagiaban y los cuatro lloraban incansablemente.

Casimiro se fue un 14 de mayo, no fue el cáncer. Caminaba con su mujer por la calle y al llegar a la esquina del café Renoir, un fuerte acceso de tos le hizo perder el equilibrio, trastabillando cayó en la empedrada calle y al levantarse, un auto lo arrolló. De nada sirvieron los esfuerzos que hicieron los presentes por rescatarlo. Las cosas se pusieron muy difíciles para la familia, ya que no tenían ingreso y los padres de ella no podían hacerse cargo de tan numerosa familia.

Tres meses le guardó luto Prudencia a Casimiro. Al iniciar el cuarto, se quitó el negro y volvió a pedir su trabajo en el café. El señor Jacques la aceptó de inmediato. Con su sueldo y las propinas, sacó adelante a sus hijos. Mariana se casó y Benjamín se metió al seminario. Los gemelos tenían ideas más grandes y al cumplir los 18 se fueron a la capital. Prudencia recibía cartas de ellos regularmente, pero estas se empezaron a distanciar hasta que al final solo recibía una llamada al año. Nunca se los reprocho, ella quería que volaran muy alto. José María se había metido a la política y ahora era regidor; María José andaba en la “artisteada”. Los domingos no había poder humano que retirara a Prudencia del radio donde salía la radionovela donde su hija era la protagonista.

El señor Jacques enfermó y se regresó a Francia. Dejó a Prudencia encargada del negocio, pero las envidias y malos manejos de los hijos del francés, pronto llevaron a pique el negocio. El tiempo siguió su curso y finalmente, el café Renoir cerró sus puertas. Los hijos no querían aceptar la derrota, por lo que colgaron el letrero de remodelación.

Prudencia vivía su vida cuidando nietos, Mariana tenía muchas obligaciones como señora de sociedad. Benjamín había sido transferido al norte y poco sabia de él, aunque sus cartas llegaban puntualmente cada 2 o 3 meses. De María José supo que se había ido a España, donde su tipo la hacía destacar en las películas.

Así fue como llego a aquel domingo, caminando por la acera se encontró enfrente del café, pero algo estaba cambiando. El letrero había desaparecido y los vidrios estaban limpios. Dentro se veía un gran trajinar de hombres en pantalones de pechera que limpiaban y reconstruían. En medio de la confusión, le pareció ver a su hijo José María. Este al verla salió a su encuentro.

—Madrecita santa, écheme su bendición —le dijo mientras se arrodillaba frente a ella.

—¿Qué traes muchacho loco, que es tanto arguende? A que debo el milagro de tu presencia por este pueblo.

—Era una sorpresa viejita, compre el edificio del café. Sé lo que significa para usted y lo vamos a poner a funcionar, gracias a usted y sus historias, lograremos que muchas más se formen en este lugar.

—No sé qué mosca te pico a ti ahora, la gente ya no va a tomar café como antes, ahora lo consigues en las tiendas de las esquinas.

—Vera que si jefita.

Y sin decir más la tomó de la mano y la llevó dentro, donde Prudencia pudo ver como el pasado cobraba vida. Durante un par de semanas fue testigo del levantamiento del lugar, hasta llegar al gran día de la inauguración.

—Solo nos falta encontrarle un nombre —le dijo su hijo un par de días antes—. ¿Tiene pensado alguno?

—A mí me gusta “El café”

*****

Relato 10 del reto 1 al 52.

Quise pintar un retablo de mi México, espero haberlo logrado.

Saludos

José Torma

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5 thoughts on “El café

  1. Es una historia muy tierna, me gustó mucho. Solo te aconsejaría un poco de atención con las comas de los vocativos, que faltan varias. Pero me encanta cómo delineás a los personajes a través del habla. Bellísimo.

    Liked by 1 person

  2. Muy tierno, José.

    Ya te han comentado lo de las comas de los vocativos, así que no insisto 🙂 Alguna tilde se te ha ido por ahí, pero en general muy bien.

    Me ha chocado un poco que de pronto vuelva a aparecer José María en el café sin pasarse primero por casa, después de tanto tiempo sin dar señales de vida, pero en conjunto la historia queda dulce y es uno de esos finales felices que le alegran el día a uno.

    Un beso.

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