El otro ascensor

elevador

 

La espera en recepción había sido larga. Sofía necesita el trabajo, tanto que no le importó esperar más de tres horas a que el Sr. Lavalle la recibiera. No hablaba inglés, por lo que las revistas en la sala de espera, poco hacían para aliviar su aburrimiento. Desearía haber tenido un diccionario para enterarse un poco de lo que en ellas estaba escrito. Esperaba que la amistad que su padre había mantenido con él, le granjeara la simpatía de Roberto, “Señor Lavalle” se corrigió mentalmente. Tal vez eso la pusiera a la cabeza de los candidatos al puesto.

—Señorita Pérez, puede pasar, por el pasillo llega al ascensor, el piso es el No. 14, la oficina el 14C —Le informó la guapa recepcionista.

Con media sonrisa que buscaba enmascarar su fastidio recogió su bolso. Se alisó la blusa y se acomodó el cabello. Tal vez fuera traición buscar trabajo en una compañía petrolera, pero ser “ambientalista” no pagaba las deudas y a ella le gustaban las cosas lindas. Seguro Demetrio, su novio, lo entendería; así como ella “entendía” su afición al futbol.

Las puertas grises ponían en evidencia la antigüedad del elevador. Llamaba la atención ante lo moderno del entorno. El edificio Salinas era la joya arquitectónica de la ciudad. Le resultaba “raro” que no lo hubieran actualizado.

Dos simples botones, una flecha hacia arriba y una hacia abajo adornaban la pared a un costado de la puerta. En algún tiempo fueron de brillante color rojo, pero el uso excesivo había cobrado factura y se veían descarapelados. Presionó con firmeza el botón inferior y dio un par de pasos hacia atrás. Sin pensarlo levantó la mirada, buscando el panel que mostrara el piso donde se ubicaba el cubo, pero solo un gran dial adornaba la puerta. Con pesadez la flecha empezó a girar, mientras el conocido sonido de los cables al tensarse llenaba el ambiente. Un ligero escalofrió recorrió su espalda. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió la transpiración que aparecía sobre su labio.

Una campanada anuncio la llegada. Las grandes puertas se abrieron lentamente. No salió nadie. Quiso dar un paso pero esa sensación de “deja vu” la invadió de nuevo. “Será menos de un minuto, tu puedes hacerlo”. Se decía poco convencida. Las ruidosas carcajadas de un par de adolescentes la hicieron salir de su letargo.

—Disculpe, ¿va a subir? —preguntó el pelirrojo—. ¿Se siente bien?

—Claro, no pasa nada, solo que los espacios cerrados me ponen un poco nerviosa.

—Si la hace sentir mejor, entramos con usted.

Los volteó a ver con recelo, siempre había sido una persona extremadamente cautelosa, aquel refrán de “demasiado análisis crea parálisis’ parecía escrito con ella en mente.

—Gracias —contestó con un aplomo que estaba lejos de sentir—, solo necesito un minuto, estaré bien.

Los jóvenes entraron al ascensor en medio de risas y burlas. Las fluorescentes luces parpadearon al irse cerrando las puertas, aun podía escuchar las risas, luego un grito. Sin pensarlo su mano detuvo la puerta un segundo antes de cerrarse. El mecanismo de seguridad hizo que se abrieran instantáneamente. Los chicos miraban al frente sin verla, una delgada tela parecía velar sus ojos.

—Soy una tonta amigos, seguro que subo con ustedes.

Decidida dio un paso adelante. Las puertas a su espalda se cerraron con un fuerte golpe. Los muchachos seguían impávidos, sus risas anteriores hacían más ruidoso el silencio. Dio media vuelta y pulso el número 14.

El familiar sonido lleno sus oídos, cerró los ojos e intento no pensar en el espacio cerrado. Un leve sonido la hizo parpadear, a tiempo de ver una mano pulsar el botón de emergencia.

—¿Pasa algo chicos? —preguntó nerviosa. Volteó a encararlos, pero seguían ahí, impávidos. Ni siquiera sabía cuál de ellos había pulsado el botón—. Si es broma no es muy graciosa.

El pelirrojo hizo una mueca que pronto derivó en una carcajada. El otro, en un súbito movimiento le arrebató el bolso.

—¿Qué tenemos por aquí?

—Te exijo que me devuelvas la bolsa. ¿Qué les pasa?

Pero no le prestaron mayor atención, quiso recuperarlo, al intentar recuperarla uno de los chicos le golpeó la mano. Ahora reían los dos. Con violencia la voltearon y empujaron contra la pared. No supo cuál de ellos empezó a susurrar obscenidades en su oído. Quería moverse, luchar, pero la tenían sometida. Un grito se ahogó en su garganta al sentir como le metían la mano y acariciaban su sexo, de una manera ligera en principio y luego con rudeza.

—¡Déjenme en paz! ¡Auxilio! ¡Fuego!

Un líquido caliente empezó a rodar por su pierna, mientras las risas de los muchachos crecían hasta transformarse en alaridos.

—¡Voltea perra! —Le gritó el más alto—. Seguro que esto te gustará.

Cerró una vez más los ojos mientras forcejeaba, logro liberar una de sus piernas y le propino una patada en los testículos al rubio, que tirándose al suelo no dejaba de maldecirla.

—¡Mátala Julián! —gritaba histérico.

El aludido retiro el cuchillo con el que le había cortado la pierna y sin pensarlo se lo hundió en el estómago. Al principio no sintió dolor, era tal su sorpresa que no comprendía del todo lo que le estaba pasando. “¿Quiénes eran estos tipos?”. El llamado Julián, giró el arma y entonces su garganta respondió con un grito de dolor. Las luces parpadearon un par de veces y se apagaron. Sintió que la soltaban y se tomó el estómago. No podía ver pero era fácil imaginar lo que estaba sucediendo. Se empezó a marear.

—¡Auxilio! —gritó una última vez antes de deslizarse por la pared hasta el suelo.

En ese instante las luces se encendieron y se encontró sola en el elevador. Reviso sus manos, esperando ver la sangre, pero no estaba herida. Con dificultad se puso de pie, el ascensor seguía avanzando, la aguja marcando los pisos uno a uno. En un recoveco de su mente, escuchó las risas una vez más mientras las luces bajaban de intensidad. Histérica presionó el botón de auxilio, pero el ascensor no se detuvo, seguía en su camino ya hacia arriba ya hacia abajo, en un endemoniado viaje sin fin. “Estaré bien mientras no se apaguen las luces”, se decía.

En la recepción, Sara volteó inquieta, la vio parada frente a la blanca pared a mitad del pasillo, “está ni siquiera llegó a la puerta” pensó con fastidio. Se levantó y fue hacia ella. Lo mismo de siempre, la mirada vacía y la boca abierta intentando soltar un grito que jamás abandonaría su garganta. Sin ninguna consideración la fue llevando hacia el elevador, pulsó el botón intermedio. La puerta se abrió instantáneamente. Sin ningún miramiento la empujo al cubo vacío. El sonido seco del cuerpo chocando con el piso fue lo último que alcanzo a escuchar antes de que las puertas se cerraran.

—Tengo que buscar un trabajo menos estresante —musitó en voz baja mientras volvía a su escritorio.

 

*****

Relato 9 del reto 1 al 52.

Debo confesar que, ultimamente, lo que empiezo a escribir, nunca llega al punto final como lo visualicé en mi mente. Estos submundos me tienen atrapado y no logro escapar de su embrujo. Aún así soy tímido y no pongo en letras las imágenes que vienen a mi cabeza, las maquillo en una acción tal vez cobarde. La inspiración del relato, que en inicio iba a ser el encuentro romántico entre una claustrofóbica y un agorafóbico que quedan encerrados en un elevador en un terremoto, derivó en lo que aquí presento.

Alguien me dijo que nunca me disculpe por lo que escribo, así que dejo esto como nota aclaratoria y nada más. El relato llevaba intención de participar en #Literautas, pero al llegar a las 800 palabras, supé que jamás lograría adelgazarlo a las 750  límite.

Saludos a los que se pasen por aquí.

José Torma.

 

 

 

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