¡Tám tám!

soldadito de madera

 

¡Tám, tám!

Manuel recorre los pasillos de la juguetería central. Ajeno al caos que su desaparición desató. Esperó a que se apagaran las luces y la policía se retirara del lugar para salir de su escondite. Con paso lento se acerco al área de electrónicos donde había escondido la lámpara. Armado de valor y un intermitente halo de luz empezó su exploración. Sabía que los martes resurtían los anaqueles y seguro estaba de encontrar el nuevo Iron man. Sería el primero en su clase en tenerlo.

Poco le importaron los gritos de su madre llamándolo. Hubo un par de ocasiones en donde pensó que lo iban a descubrir, pero al final fue más listo que todos. Se palpó el dinero en el bolsillo trasero. No pensaba robarlo, pagaría su precio…

¡Tám, tám!

Ese ruido otra vez, provenía del área infantil. Sus ojos y la escasa iluminación engañaban su mirada, pero podría jurar que el soldado se había movido.

Un golpe seco le saco un grito apenas ahogado por su mano. El haz de luz ilumino el área de peluches, uno estaba en el suelo, ese había sido el origen del ruido.

—Tranquilo Manuel —se decía buscando darse valor—. No estarás pensando que son reales, ¿Verdad?

Iluminó  otra sección del pasillo. Su mente le estaba jugando una broma macabra. En perfecta sincronización, los soldados de juguete avanzaban hacia él. Dio un par de pasos hacia atrás, pero chocó con una pared de peluches. Los osos se abalanzaron sobre su cuerpo, mientras caballos y cebras pisoteaban sus extremidades. La lámpara escapo de sus manos y rodó lejos de su alcance. Tenía que ser un sueño, una pesadilla. Intentó levantarse. Una fuerte quemada lo hizo gritar, mientras con asombro veía el muñeco de Iron man disparando un rayo de luz. Toda la juguetería parecía cobrar vida, las luces se prendían y apagaban mientras más y más juguetes lo iban rodeando. Un grupo de soldados en uniforme rojo se fueron alineando a sus pies.

Gallardos blandían sus sables de plástico mientras la banda se acomodaba detrás de ellos. Sus blancas camisas refulgían bajo sus sacos rojos. Sus grandes ojos inexpresivos fijos en su persona. Con parsimonia levantaron sus sables. Hipnotizado no podía dejar de verlos; comunicándose sin palabras se le fueron acercando. Los peluches retrocedían ante su avance. El primero descargó el golpe sobre su brazo, un pequeño hilillo de sangre cayó al piso. Sin darle respiro, el pequeño soldado lo atacó de nuevo. Por fin su instinto de supervivencia lo movió a levantarse y emprendió la carrera. Diversas figuras volaban de los anaqueles y lo golpeaban en el rostro. En la oscuridad no vio el par de patines, el golpe al caer casi le hace perder el sentido. Aquello tenía que ser una broma, un mal sueño. Se incorporó solo para ver que los juguetes se abalanzaban sobre él.

Manuel cerró los ojos, resignado a su destino. En ese instante, los tambores comenzaron a sonar.

*****

Relato 8 del reto 1 al 52.

Esta semana anduve disperso, pero logré rescatar este micro que no logró llegar a la escena de #Literautas. El disparador era “En ese instante, los tambores comenzaron a sonar”.

Saludos a los que se pasen por aquí.

José Torma.

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