El garabato (capítulo 2) +18

desert island

El ligero temblor en sus manos le anticipaba el momento, estaba por suceder de nuevo y no podía hacer nada para evitarlo. Limpió su frente con el antebrazo, el sudor se metía en sus ojos haciéndole más difícil mantener la concentración. Las intermitentes luces del panel lo hipnotizaban y un zumbido vibrante le llenaba los oídos.

Con mano insegura ajustó los controles. La energía se mantenía constante, pero los cabellos erizados en su cuello le indicaban que todo estaba por suceder.

—Presión constante —escuchó decir a su ayudante. Una rubia menuda que coqueteaba con él. Sus grandes ojos estaban enmarcados por unos gruesos lentes de carey que resaltaban aún más el azul intenso de sus ojos—. Señor, ¿se siente bien?

Soltó un gruñido, mientras ajustaba un control a 750 hertzios. “¿Cómo era posible que Hortensia no escuchara el sonido?” Tomó su tableta y tecleando su clave accedió al menú principal, accedió a la aplicación y trazó la runa. Se sorprendió al ver que su mano se tornaba traslucida. Un grito de sorpresa de su asistente lo hizo voltear. El sonido de la pantalla al estrellarse con el piso llenó sus oídos, mientras ante los azorados ojos de la chica, su cuerpo se desvanecía en el aire.

******

El agua fría del mar le hizo abrir los ojos al mojar sus pies descalzos. Sobresaltado se sentó en la arena. Volteó buscando un punto de referencia o algún ser vivo con quien conectar, pero estaba solo en ese tramo de playa aparentemente desierta. Revisó su mano y la masajeó. El zumbido en sus oídos había desaparecido, dándole claridad a sus pensamientos. Se puso de pie lento, aún no confiaba en sus sentidos del todo. Nada tenía sentido, la desorientación persistía, pese a la ya familiar sensación previa al salto.

Caminó hacia la sombra que ofrecía la vegetación, sus huellas rompían el marco perfecto de la playa. Revisó sus bolsillos buscando algún tipo de identificación o documento, pero solo tenía la carta. Con delicadeza la doblo y volvió a guardar. Palpó el otro lado de su pantalón, solo para cerciorarse de que estuviera ahí. La candente sensación del garabato sobre su piel le era ya tan familiar que no le quemaba. Lo que seguía siendo un dolor de cabeza era el viaje.

A la sombra de una palmera tomó asiento mientras recordaba su último intento. Estaba seguro de haber encontrado la pista de su hermana. Toda la información lo había llevado al laboratorio de ciencia cuántica del Albuquerque Nuevo Mexico. El tiempo en los saltos era tan relativo, que un mes tenía la misma sensación que 15 minutos y sin fallar una sola vez, cada tercer brinco lo regresaba al estudio del abuelo. Sacó la misiva y la leyó por décima vez.

“Hermano, sé que tarde o temprano encontrarás el libro y la runa. Espero que no lo hagas (escondí el libro y el lápiz), pero sé de tu curiosidad. Es probable que cuando llegues a esta carta, seas ya todo un experto en los viajes. A mí me ha costado trabajo. En un principio lograba regresar al estudio del abuelo, pero llegó un momento que no pude volver; no tengo la respuesta, solo espero encontrarnos antes de que te ocurra lo mismo. Tengo malas noticias, la abuela Emma no sobrevivió. Viajamos juntas un par de ocasiones, pero su corazón estaba débil y la perdi. A estas alturas ya debes de saber que la runa es un portal inter-dimensional. Ten cuidado cuando llegues y busques a mi doble, como sé que lo harás; yo lo haría si te estuviera buscando. ¿Recuerdas nuestra palabra clave? Asegúrate de que sea yo, es importante.

Las dimensiones y el tiempo son alterados por la runa, si llegas a encontrar a la abuela, no intervengas, su destino esta trazado y cualquier intento de tu parte de cambiarlo sería inútil.

Te estaré buscando en cada lugar que aparezca, no dejes de buscarme. Me gustaría darte más explicaciones, pero es peligroso; espero hacerlo en persona pronto.

No olvides la clave.

Martina.”

Se puso de pie y se adentró en la vegetación, tenía que encontrar el área civilizada de este mundo. Camino por más de dos horas, era difícil medir el tiempo, ningún aparato lograba hacer el salto con él, pero la posición del sol le daba una clara indicación de la hora. Estaba empezando a pensar que la isla estaba desierta, cuando a sus oídos llego el ruido de tambores. Una incipiente columna de humo se empezó a dejar ver sobre los árboles. El fuego significaba civilización, así que hacia allá dirigió sus pasos.

De a poco la densidad de la vegetación disminuía. Mientras más se acercaba al origen del fuego, se percibían áreas donde era claro que el hombre había intervenido. A su derecha se erigían un par de chozas, se veían abandonadas y en estado de franco deterioro. Se adentró en una de ellas buscando alimento, pero la escena macabra que lo esperaba lo hizo desistir. En el interior de la choza estaban restos, tanto humanos como de animal, a pesar de que se veían viejos, el olor a putrefacción prevalecía. Sin remedio vomitó.

Con cuidado caminó entre los huesos; los cráneos exhibían golpes que hacían seguro pensar que habían tenido muerte violenta, de uno de ellos aun sobresalía un pedazo de lanza de madera. Le llamo la atención que no hubiera muebles o utensilios domésticos. Pedazos de roca afilada abundaban en el lugar. Cerca de la parte trasera de la habitación, se encontraba una especie de altar. Cráneos pequeños, de infantes probablemente lucían en orden alrededor de una cabeza de buey. Tan ensimismado estaba que no se dio cuenta de que los tambores se habían detenido. Ruidos de pisadas lo hicieron asomarse. Un grupo de gente se acercaba. A empujones, en medio del grupo principal venia una mujer embarazada. Los hombres la golpeaban con largas varas de madera y ella estoica soportaba la agresión. Se detuvieron frente a la choza que él ocupaba. La mujer, que tan solo segundos antes soportaba el abuso con ecuanimidad, empezó a gritar. Un grupo de ancianas se abrieron paso entre los hombres para llegar a ella. Sin miramientos la tumbaron en el suelo mientras desgarraban su ropa y le abrían las piernas.

Lo que sucedió enseguida fue surrealista; la mujer no paraba de gritar mientras las ancianas entonaban una melodía. Los hombres miraban sin interceder. Uno de ellos, se acercó intentando hacerle beber de un cazo, pero los otros se lo impidieron. Al verse sometido, optó por retirarse del lugar, no sin antes escupir al suelo tres veces. El que aparentaba ser el líder, tomó la saliva y la revolvió con tierra, llevó el dedo a su rostro y dibujó un par de líneas en su frente.

Los gritos de la mujer cesaron por unos momentos, y el llanto de un bebe llegó a sus oídos. Todos los hombres empezaron a danzar y gritar, mientras las ancianas cortaban el cordón con los dientes. Entre todas se turnaban al niño y con sus lenguas lo limpiaban. La mujer seguía tendida en el piso, la atención ahora en su hijo. Con dificultad se levantó y escupiendo tres veces se fue tras del hombre. La mayor de las ancianas levantó la saliva y dibujó las mismas dos líneas sobre la frente del recién nacido. Con reverencia se lo ofreció al líder que lo tomó por los pies y acercándose a una roca en el piso, lo estrelló de cabeza en ella. Los gritos de la tribu fueron en crescendo hasta llegar al paroxismo. Se golpeaban entre ellos y se desgarraban la ropa. Las ancianas recogieron el cuerpo del bebe y lo pasaban entre ellas mientras se unían a la locura.

Dentro de la choza, él contenía el grito que amenazaba salir de su garganta. Hipnotizado no podía parpadear. Solo cuando una de las ancianas se encaminó con el cadáver del niño hacia la choza, fue que trazó el garabato en la arena. El grito de la anciana al verlo desaparecer ante sus ojos, fue ahogado por la celebración afuera. Había nacido una nueva deidad.

Runa

 

*****

Relato 7 del reto 1 al 52.

Bueno, aquí estamos mis lectores y yo ante este relato, octavo de mi reto personal y continuación de “El garabato”. Tengo una idea ambiciosa de la que ya se enterarán. Este relato me produjo escozor, no es para nada lo que escribo normalmente, pero esa era la intención. Espero les guste y les mantendré informados.

Saludos.

José Torma

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