7:00 AM

7 am

 

Nomás despertar, Agustín supo que sería un buen día. Su canción favorita sonaba en el despertador. Con inusitada energía caminó al baño; al abrir la regadera, el agua salió cristalina. Cepilló sus dientes mientras esperaba que la temperatura del agua subiera. Sin notarlo comenzó a silbar bajo, no quería despertar a Mariana, con el pie llevaba el ritmo de la música, se sentía de maravilla.

Su traje estaba sobre el sillón, impecable. Recién lo había recogido de la tintorería y se veía más nuevo de lo que en realidad era. El pato silbó en la estufa y se preparó un té de manzanilla con anís, lo sirvió en su termo, le escribió una nota que pegó en el refrigerador y cogiendo una manzana salió del departamento.

Afuera una densa niebla lo cubría todo. “Extraño”, pensó. En ese momento notó que aún se escuchaba el radio de su habitación, lo cual debería ser imposible en el matinal bullicio de camiones y merchantes que vendían todo tipo de cosas por la avenida.

 

Revisó su reloj de pulsera, eran las 7:30 am, su hora usual de abandonar el edificio, sin embargo,  hoy era diferente. Su inicial entusiasmo sufrió un bajón al percatarse del apabullante silencio. Dio dos pasos hacia atrás, hasta que su espalda topó con la pared. “¿Qué demonios estaba pasando?”

Levantó la mirada al cielo, como intentando percibir el sol en medio de la neblina.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó con voz temblorosa. Odiaba sonar así cuando se ponía nervioso.

—¡Hola!

Silencio.

Extendiendo la mano, empezó a caminar. Pronto estaba en la esquina, justo en la parada del camión que no debería tomar más de un par de minutos en llegar.

Nada.

Sobreponiéndose a sus temores, cruzó la avenida. La cafetería de Don Tomás tenía las puertas abiertas, subió los familiares escalones.

—¡Don Tomás! —le gritó al silencio—. ¿Hay alguien aquí?

Las luces fluorescentes iluminaban la habitación, confiriéndole un toque azul a las paredes. El famoso cuadro de la novillada de 1946 colgaba magnificente de la pared principal, pero los focos que lo iluminaban estaban apagados. Se pasó a la parte de atrás del mostrador. La parrilla estaba encendida y las cafeteras calientes. De la nada, un tenedor se materializó sobre el mostrador. Lo tomó con curiosidad, estaba sucio, conteniendo el asco lo llevó a su lengua. ¡Mermelada!

Salió a la calle y tropezó con un envase de agua vacío. No estaba ahí cuando entró, de eso estaba seguro. Por hábito lo recogió y lo puso en el contenedor de basura. Revisó su reloj una vez más, 7:37… El segundero parecía dudar en avanzar, como hipnotizado contó hasta 60. Su reloj solo había avanzado 25 segundos. Lo intentó de nuevo, “un Misisipi, dos Misisipi, tres Misisipi…”,  pero el resultado no tuvo mayor variación. Su reloj atrasaba medio minuto.

—¿Estoy soñando? —Pero sabía que no era el caso. La canción volvió a llenar su mente:

“Hoy me he levantado dando un salto mortal 
he echado un par de huevos a mi sartén
dando volteretas he llegado al baño
me he duchado y he despilfarrado el gel
Porque hoy… algo me dice que voy a pasármelo bien… “(1)

Un periódico apareció encima del contenedor de basura.

“El paso del Cometa McNaught, altera el campo magnético de la tierra.

15 de Enero 2007.

De la redacción. El fenómeno luminoso que se observó el día de ayer fue ocasionado por el paso del cometa McNaught. El espectáculo de luces pudo ser apreciado en la mayor parte del planeta…”

“Atlanta reporter.

Científicos de todo el mundo buscan una explicación para la repentina aceleración de los relojes atómicos en todo el mundo. Por cerca de 15 minutos, coincidiendo con el punto más brillante del cometa luminoso, el tiempo se aceleró, ocasionando que los relojes marcaran 30 segundos de adelanto…”

—¡Treinta segundos!, ¿están bromeando?

Toda la primera plana del periódico estaba dedicada al tema del cometa y la aún no confirmada “influencia” que había tenido en el fenómeno del tiempo. Se quitó el reloj, limpiándose el sudor que perlaba su frente, empezó la cuenta de nuevo.

—Un Misisipi, dos Misisipi… —El resultado fue el mismo, aproximadamente 30 segundos.

La neblina fue despejándose poco a poco hasta que por fin pudo ver la calle vacía. Después de una larga inspección a su reloj, lo tiró al piso y con saña lo pisó hasta destruirlo. Algo se rompió en su mente y empezó a correr. Calle tras calle, parque tras parque, corrió y corrió hasta que sintió que los pulmones le explotaban en el pecho. Las palpitaciones de su corazón parecían querer reventarle los oídos. El sudor le corría por la espalda; un fuerte dolor en el lado derecho del torso lo hizo detenerse y ahí estaba, sentada en una de las bancas del parque. Bella como ninguna que hubiera visto él jamás. Una dama de blanco con un velo de encaje que le cubría el cabello. Con las manos sobre las rodillas intentó recuperar el aliento para hablarle. Cerró los ojos solo para abrirlos en pánico al imaginar que ya no estuviera ahí cuando los abriera. Pero ahí seguía, serena. Con paso lento se le fue acercando. Ecos de sonidos sonaban en su cabeza y un par de veces sintió que tropezaba o chocaba contra algo en el vacío enfrente de él.

—¿Estoy alucinando, verdad? —preguntó con voz apenas audible. La mujer, sin decir una sola palabra, le señaló el reloj en la torre de la Iglesia.

—¿Qué está pasando aquí?

Pero la enigmática dama seguía en silencio. Su enguantada mano volvió a señalar el reloj que marcaba las 6:59. Con un gesto lo invitó a sentarse con ella. Completamente derrotado y sin conciencia clara de lo que hacía, tomó asiento a su lado. Ella volteó a verlo y le dedicó una triste sonrisa que le heló el corazón, la mujer le tomó la mano y la llevo a su regazo. Un fuerte zumbido llenó sus oídos a la vez que un fuerte dolor oprimía su pecho. La visión le empezó a fallar y sintió que caía en un pozo sin fondo. La presión de su mano sobre la de él incrementó al tiempo que el reloj de la iglesia marcaba las 7.

¡Clan, clan, clan!

¡Clan, clan, clan!

¡Clan!…

—No tengas miedo —le susurró la dama al oído, mientras su cuerpo se desvanecía.

En el otro extremo de la ciudad, el reloj despertador levantó a Mariana, buscó a Agustín con la mano y solo encontró su lugar vacío. Lentamente se incorporó y lo apagó. El aparato marcaba las 7 de la mañana; odiaba levantarse tan temprano.

 

(1) Canción “Voy a pasármelo bien”, letra y música Hombres G.

*****

Relato 6 del reto 1 al 52.

De manera inevitable, los domingos tienen que ceder su lugar a los odiados lunes. Imaginar el sonido del despertador que nos recuerda que hay que levantarse es algo que pienso, todos odiamos.

Esta historia pretendía ser un relato de una confusión con el reloj despertador, pero, como me ocurre seguido, el texto caminó a donde quiso. Siempre me gustaron las historias de “The Twilight Zone”, donde no todo tenía una explicación “lógica”, no la busquen aquí por favor. Agustín despierta en un universo que va 30 segundos atrás del resto, conforme se mueve parece querer alcanzarlo. La dama de blanco fue una imagen que se me vino a la mente al imaginarlo correr sin rumbo por las calles vacías. ¿Qué pasó en realidad en ese tiempo?, ¿Dónde está Agustín? No lo sé. Las musas se vieron esquivas y me abandonaron al llegar a las 1000 palabras aproximadamente.

Agradezco su visita.

José Torma

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2 thoughts on “7:00 AM

  1. Me ha gustado, José. Es verdad que han quedado preguntas sin responder, pero esa carrera hacia ninguna parte del personaje me ha recordado las historias de S.King y esta muy bien contado. Un saludo.

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