El garabato

 

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Quiero dejar constancia, por si algo me pasa, de la cadena de acontecimientos que me llevaron a hacerlo. El tiempo me juzgará si así lo considera conveniente. No me arrepiento de nada, pero mentiría si no acepto tener cierto temor.

El tema de la desaparición de la abuela Emma y de Martina mi hermana siempre fue tabú. No recuerdo alguna ocasión en que ir de visita a casa del abuelo no fuera una batalla mental. Mi madre siempre culpó al abuelo; de brujo y hechicero no lo bajaba. Poco le importaba decirlo enfrente de mi padre que, estoico, soportaba los embates. Él había perdido a su madre, además de su hija.

Tal vez deba explicar la situación. Un verano como cualquier otro de en ese entonces mis ocho años, pasábamos tiempo en casa de los abuelos. Españoles exiliados, vivían en una vieja casona que aparentaba ser una biblioteca antigua. Tenía grandes salones y en especial, mi lugar favorito; el estudio del abuelo. Un gran escritorio dominaba toda la habitación; en dos de las cuatro paredes, se elevaban unos estantes llenos de libros. Recuerdo haber preguntado a mi Tata cuántos eran, pero no creo que ni él supiera.

libreria

Una rústica escalera se deslizaba sobre unos toscos rieles que permitían el acceso a la parte alta, la zona “prohibida” según mi abuelo. Martina, mi hermana mayor, tenía ya edad “suficiente” para poder acceder a esa sección. Yo secretamente la odiaba por eso, claro que la perdoné cuando me mostró la puerta secreta que daba directamente al jardín. La había descubierto por accidente y, por una vez en su vida, no había ido con el chisme con mamá. De esta manera, a escondidas, logré poner mis manos en aquellos libros. Nunca entendí porque no me era permitido acceder a esa sección, solo sé que los libros ahí eran muy viejos. Sus hojas amarillentas ponían de relieve su antigüedad. En ese lugar, fue donde Martina encontró el famoso “lápiz mágico”.

—Te juro que si lo es —decía muy seria ante mi cara de risa ante semejante barbaridad. En retrospectiva, tal vez si me hubiera reído menos y puesto un poco más de atención, las cosas habrían sido diferentes.

El 29 de febrero, año bisiesto, Martina desapareció, fue vista por última vez en el estudio del abuelo. Un par de días después, mi nana Emma desapareció de la misma manera; ambas sin dejar el menor rastro. La policía vino a investigar pero no había pistas, y la investigación no progresó. El asunto del pasadizo secreto nunca salió al tema y no consideré prudente mencionarlo.

Con el paso del tiempo, las visitas a la casa de mi Tata se hicieron más esporádicas, hasta que finalmente dejamos de ir. Aún nos reuníamos para su cumpleaños, por lo que en cuanto cumplí quince años, me empecé a escabullir para ir a visitarlo. Mis padres nunca cuestionaron esas estancias en casa de mi amigo Fermín, afortunadamente jamás llamaron para confirmar mi paradero. Se podría decir que estaban en estado catatónico. Extrañaban tener un cierre, una explicación que les permitiera llorarlas si estaban muertas o que les dejara dormir tranquilos por las noches.

Pero volvamos al famoso “lápiz”. El estudio del abuelo permanecía cerrado desde las desapariciones. Una doncella hacía la limpieza una vez al mes, ella sabía que yo me encerraba a leer, pero jamás me delató. Intenté primero, reconstruir los hechos como los imaginaba, claro que mi capacidad deductiva no era de gran ayuda. Le daba vueltas y vueltas a la idea de que Martina se hubiera escapado por el pasaje secreto, pero esa explicación no me dejaba satisfecho, aparte no aportaba pistas al paradero de mi abuela.

Pasaba las horas enteras, sentado en el viejo sillón observando los estantes. Hasta la tercera visita, descubrí el viejo libro en el estante superior. El lápiz estaba en medio de sus hojas. Un dibujo raro separaba la página 60.

Runa

El texto estaba en un lenguaje que me resultaba desconocido, después de una búsqueda en internet descubrí que era latín, lo cual no me ayudó mucho a entender lo que ahí estaba escrito. Nada me quitaba de la mente la idea de que esa era la pista que requeríamos para encontrarlas. Poco sabía yo que estaba en lo cierto.

Cinco años pasaron sin que lograra avances significativos, pero yo encontraba cierto consuelo en esas tardes de fin de semana que pasaba en casa del abuelo, encerrado con sus libros. En la celebración de mi cumpleaños 21, una idea loca tomó forma en mi mente. Saque del baúl el viejo libro. El lápiz seguía entre sus hojas junto al ya famoso “garabato”. Con delicadeza lo puse sobre la mesa y empecé a delinear su contorno. Una intensa luz emanó del papel a la vez que unas lenguas de fuego quemaban mi mano. Ese día hice mi primer viaje.

*****

Relato 4 del reto 1 al 52.

Odio hacer esto pero… Continuará.

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