El último beso

milano centrale

En la Milano Centrale todo es un bullicio. El mediodía es la hora con más tráfico, y es ahí cuando lo veo. Su agitada respiración me dice que va cansado. Lo percibí en su loca carrera en cuanto abrió la puerta del andén. Voltea con fastidio a mirar su reloj y suelta una palabrota; «¡baratija de mierda!», lo escucho decir.

Se detiene y mira a su alrededor, como buscando algo. Es moreno, alto y parece enfadado; sus ojos color avellana suavizan un poco su dura expresión. Mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca un montón de monedas. Suelta su morral y empieza a contarlas. Una suave brisa levanta su boleto, que sobresale descuidado de uno de los compartimentos de su mochila. Cuando creo que se volará, sale de su concentración y soltando las monedas corre a cogerlo. El papel lo evade y por unos segundos, se mueve desesperado por la plataforma.

 

Es tan ciega su intención, que no alcanza a ver a la joven en silla de ruedas que se aproxima. El choque es inevitable y ambos ruedan por los suelos.

—Discúlpeme, señorita, no era mi intención lastimarte —le dice muy serio, aunque se ve que le cuesta trabajo. Finalmente pierde la batalla y suelta una carcajada que llena el ambiente de una vibración especial. La chica lo mira y le sonríe.

—Si serás tonto —trata de reñirlo, pero se contagia de su risa y ambos pierden el control.

Con delicadeza el hombre acomoda la silla y con cuidado la levanta, asegurándose de que no tenga alguna lesión más seria.

—Me llamo Antonio —dice jovial.

—Angelina, mucho gusto. Tu acento es raro. ¿Eres extranjero?

—Solo un poco —responde—. Vine a hacer “backpacking”, pero sí que me está costando trabajo salir de Italia. ¿Sabías que los italianos solo hablan italiano?

—Pues yo los encuentro divinos —comenta con sutil coquetería.

De forma natural y sin pensarlo, él levanta su morral y la guía hacia las sombras, cerca del mostrador.

—Lo menos que puedo hacer es ofrecerte un café —le dice solemne—. Después de todo, te arrollé de fea manera.

Ella, después de examinarlo un poco, accede.

—Será mi primer café del día, con el primer mexicano que conozco.

Él parece sorprendido; por un momento no atina a decir palabra. Ella nota su turbación, riendo le señala la bandera mexicana bordada en el morral.

Ambos ríen, la química es brutal. Él la mira a los ojos, parece pensar qué decir para no estropear el momento. Ella entorna los ojos como intentando parecer “cool”.

—Voy a Barcelona, me esperan unos amigos. ¿Y tú? —le dice.

—Visito a mis padres en Suiza.

Él se queda mirándola. Una sombra parece turbar su mirada, tal vez tenía la esperanza de que viajaran juntos.

—Será que nuestros destinos nos llevan por rumbos distintos.

Ella guarda silencio y esconde el temblor de sus labios detrás del café. El incesante manoseo del cuello de su camisa evidencia la incomodidad de él.

—Mi tren sale a las dos, unos amigos me han dejado temprano.

—Yo, previendo mi dificultad para comunicarme, me di todo el tiempo del mundo —le sonríe.

—Charlemos, no pensemos en la despedida aún.

Los observo con una sonrisa en los labios. A él parece no importarle que la chica esté en silla de ruedas, platican y ríen con esa soltura que solo la juventud otorga.

—Oye, ¿pero acaso estás peleado con el baño? —La escucho preguntar.

—Un poco, el último hostal no era muy de lujo que digamos. ¿Tan mal huelo? —pregunta mientras se huele las axilas con gestos exagerados; y ella no para de reír.

El sonido local anuncia que los horarios han cambiado por la amenaza de huelga. El tren con destino a Barcelona se ha adelantado y ya comienza el embarque. Es obvio que él no se da cuenta. Pero noto que ella sí. Sus ojos pierden un poco de brillo y tomándolo de la mano le informa del cambio.

La seriedad en su rostro me hace pensar que él está reconsiderando su intención de irse, pero ella, sonriendo, toma su rostro entre sus manos y acercándolo le da un tierno beso en los labios. A él se le nota sorprendido por la acción.

—Anda, tonto, corre que pierdes el tren y no olvides nunca este primer y último beso en Milán, entre una argentina enferma y un loco mexicano viajero.

Cuando pasa el bullicio de la salida del tren, lo veo sonriendo en el andén, buscándola. ¡No se fue!

beso tierno

 

*****

Escena taller de Literautas. Título obligado, “El último beso”. Reto adicional, narrador testigo. Espero haberlo logrado y que les guste.

Saludos amigos.

José

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