Cuenta la leyenda

dark corridor

“Con paso lento avanza por el oscuro pasillo de la casona. Una vez más había perdido y por décima ocasión, tenía que cruzar por la casa abandonada. Un suave sonido lo hace detenerse, viene detrás de una de las puertas. La lucha entre su miedo y su curiosidad, parece dar ventaja al detective que lleva dentro, o al menos al que describe en sus cuentos. Seguro que es una broma de Antonio, lo vio unos instantes antes de perder la apuesta, pero no recordaba haberlo visto cuando se brincaron la cerca para cumplir el desafío.

—Toño, ¿eres tú? —pregunta con voz serena.

Ahí estaba otra vez, el sonido era como el que produce una mecedora sobre piso de madera vieja. Con mano temblorosa intenta abrir la puerta; el rechinido que produce al irse moviendo, le eriza los vellos de la nuca. La oscuridad dentro es mayor aún que la que impera en el pasillo. Va contra las reglas, pero saca los cerillos de su bolsa trasera. Sabe que son ideas suyas, pero nota como la temperatura del cuarto empieza a descender. El vapor que sale de su boca y nariz al respirar, poca duda dejan al respecto. Decide no encenderlo. Sus ojos poco a poco se van aclimatando y empieza a distinguir siluetas; un gran armario y una cama cubierta de plástico. En una esquina, está la mecedora, inmóvil. No sabe por qué, pero está seguro que el ruido que escuchó proviene de ese mueble.

Un gran espejo domina la pared, el polvo hace difícil ver reflejada su imagen. Se acerca y con la manga de la camisa limpia una parte del mismo. Una sombra esta parada detrás de su reflejo. Con rapidez voltea, pero solo el aire lo acompaña. Suelta una risita nerviosa, su mente le está jugando bromas y debe de admitir que tiene miedo. Un nuevo sonido le atrae a la esquina más oscura de la habitación. El ruido es un poco más fuerte cuando se acerca. En su mente se viene la imagen de unas uñas arañando un pizarrón. Percibe una figura. Retoma la cajetilla de cerillos y enciende uno. La luz torpe, intenta difuminar las sombras. Da un par de pasos más y puede verlo; esta de espaldas a él, con la vista en la pared. Se balancea de un lado a otro, como siguiendo una melodía que sus oídos no alcanzan a percibir.

Se da cuenta en ese instante que no tiene miedo, la figura fantasmagórica que esta frente a él empieza a darse vuelta, sin dejar el incesante bamboleo. De pronto están frente a frente. El cerillo empieza a fenecer en su mano y lo suelta antes de que lo queme. Rápido toma otro y lo enciende, pero el fantasma ya no está. El crujido de la mecedora suena a sus espaldas.

—Has sido un niño malo Fabián. ¿Cuál crees que deba ser tu castigo?

Escucha la pregunta y siente un punzante dolor en el estómago. Con incredulidad ve la daga que sale y la sangre que mana abundante. Seguro de que lo están embromando, enciende otro cerillo y voltea a la mecedora. Su cerebro se paraliza, Antonio está parado a un lado, esta se mece sin que nadie la impulse, él trae la ropa que recuerda haberle visto afuera, pero esta extremadamente sucia. Su sonrisa parece más una mueca y sus ojos son de un imposible negro.

—Para ya de querer asustarme —le dice sin convicción mientras trata de contener el sangrado—. ¿Qué me has hecho?

Escucha ruidos de pasos. La puerta se abre violentamente, dando paso a sus amigos, que con lámparas en mano, examinan todo mientras gritan su nombre.

—¡Fabián, Fabián!

No alcanza a comprender lo que pasa, está ahí frente a ellos pero parecen no verlo. La risa de Antonio lo estremece.

—Dice la abuela que es tu turno de estar castigado. Muchas gracias —se le acerca y con decisión saca la daga de su estómago y se la entrega—. Lo que sigue depende de ti.

Sin dar crédito a sus ojos ve la figura desvanecerse al igual que su cordura. Alcanza a ver el bordado de su suéter, pero no puede ser; es el clásico jersey de la escuela, solo que tiene bordado “Generación 68-70”.

—¡Chicos, aquí estoy! —grita a sus compañeros sin ningún resultado.

—Prendan la luz —dice Martin, el líder—. Tiene que estar por aquí.

La bombilla se enciende y alumbra la habitación. Fabián voltea la mirada hacia el rincón donde primero vio a Antonio y ahí, de espaldas se reconoce por su bufanda gris. Se gira evitando gritar y algo llama su atención en el espejo. Su otro yo le hace muecas desde el rincón y con seriedad le señala a Roberto. Una anciana lo tiene tomado de la mano. Intenta fijar más su atención, la figura en el espejo está diciendo algo que no consigue descifrar. Se acerca más a su reflejo y alcanza a entender.

—Roberto ha sido malo, mátalo y serás libre.

Las carcajadas de la anciana llenan la habitación, solo que los otros son inmunes a ella, solo él puede escucharla.”

****

Los gritos de pánico de los infantes lo hacen detener la narrativa. Los observa divertido. Haciendo una pausa dramática continúa…

“Cuenta la leyenda, que Fabián fue el último niño que desapareció en la casona, años después el inmueble fue comprado por una compañía extranjera. Para su sorpresa, al empezar la demolición, encontraron cuerpos de niños que habían sido emparedados vivos. Los huesos eran tan viejos como la casona. Exámenes científicos determinaron los restos más recientes como aquellos de Antonio Zaldívar y Fabián Castro.”

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Relato 3 del reto 1 al 52.

Una vez más quise intentar el género de horror.

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