Cordobita

Cordobita

Con paso lento avanza por el patio vacío. Conoce cada recoveco, cada árbol y cada banca. El espacio en su mente aparece poblado por el eco de las risas de los niños, sus juegos y pleitos los conoce bien.

Despacio y como pidiéndole permiso a sus piernas, se agacha a recoger una bufanda que, olvidada por su dueño, descansa sobre uno de los bebederos. Es innegable el paso del tiempo. El color rojo brillante se presenta de un café sucio, sin embargo lo deposita en su bolsa de tesoros.

El Colegio San Martín está por reabrir sus puertas. Otrora un centro de estudios para gente acomodada, vio como la revolución disminuía sus habitantes, al grado que la Secretaría de Educación se vio en la necesidad de cerrarlo. Pero doña Cordobita permaneció, haciéndose cargo del cuidado del inmueble.

Al principio le preguntaba al aire «¿dónde están los niños?», mientras recorría los pasillos; pero solo el aplastante silencio obtenía por respuesta.

Nadie sabe, tal vez ella tampoco, cuándo empezó a perder la razón. No era raro verla caminar, regañando al aire y manoteando enfurecida por algún desaguisado cometido por algún grupo de pillos fantasmas, de esos que habitaban ahora su mente.

La noticia de la reapertura no le causó ninguna emoción, fue solo al ver llegar a los trabajadores que mandó el secretario cuando, en medio de la bruma que era su pensamiento, empezó a comprender que pronto el espacio estaría lleno de sus niños, gritones y majaderos; sucios y alborotadores.

Con mano temblorosa sacó un cigarrillo de su raída bolsa mientras tomaba asiento en una de las bancas del patio. Sus dos hijos habían estado en esta escuela. Privilegio de ser empleada. Ahora los dos vivían en el extranjero, perseguidos por lo radical de sus ideales; ideales que la institución se preciaba de inculcar en su alumnado. Pero el levantamiento armado cambió todo. Su vida dio un giro de ciento ochenta grados y pasó de ser conserje del colegio, a ser una repudiada del sistema por las acciones de sus hijos.

Jamás pudieron probar que había participado en el ataque a palacio de gobierno que se cobró la vida del hijo del traidor. Sin embargo, el apellido Cabrales era sinónimo de subversión. Solo la oportuna intervención del profesor Olivas logró reinstalarla en su puesto, el cual le fue otorgado de forma vitalicia a manera de disculpa.

Cerró los ojos y vio de nuevo a sus gemelos corriendo por ese patio. Nunca les reprochó que fingieran no conocerla, al contrario, siempre apreció la oportunidad que tenían, la cual, con su estatus social, le sería imposible proporcionarles. Felipe era mayor que Eduardo por solo 10 minutos, los que lo colocaban como el hermano mayor, puesto que desempeñaba con gusto ante la actitud complaciente de su hermano, al cual no le importaba meterse en problemas originados por su rebelde comportamiento.

El traidor llegó al poder mediante un desorganizado golpe de estado, que terminó en la masacre de la familia real. Lo que siguió fue un periodo de engañosa bonanza, en la cual, colegios como San Martín, se preciaban de educar a la nueva clase política del país. En esa época dorada, Cordobita veía a sus hijos crecer y formarse. Nunca fue activista y la política le importaba solo lo suficiente para ser parte del cotilleo. Pero se daba cuenta del impacto que en sus hijos tenía el acceso a una educación especial. Felipe empezó a exigir mejor ropa, mesada y zapatos caros. Eduardo era inmune a esa situación, pero, débil de carácter, siempre seguía la guía de su hermano.

Primero empezó a notar faltantes en su bolsa, luego en el cajón secreto.

—¿Me estás robando, Felipe? —preguntaba.

—No, viejita, se lo juro por esta que no fui yo —le contestaba mientras besaba sus dedos en forma de cruz.

Siempre se preguntó qué hubiera sido diferente de haber actuado antes. Sin embargo la vida seguía y sus hijos graduaron del San Martín, sin honores ni mayor nota que la necesaria para aprobar. Eduardo se empleo en una zapatería, donde pretendía aprender el oficio contable. Felipe buscó la manera de mantener el statu quo. Su personalidad y físico agraciado le granjeaba favores con las damas de sociedad y Cordobita no era ajena a los rumores de que su hijo se enredaba con las esposas de los políticos más prominentes, pero al confrontarlo, él siempre lo negaba. «Dicen que lo único que no se puede ocultar es el dinero y lo pendejo» lo retaba, pero Felipe le daba un beso y salía de la casa sin dar más explicaciones.

—No se apure, viejita, aquí estoy yo para cuidarlo —la consolaba Eduardo, sin gran éxito.

Cordobita se afanaba en que los alumnos abandonaran el patio y entraran a su salón de clases, cuando llegó Eduardo con la noticia.

—¡Madre, se llevaron a Felipe los de la policía!, lo acusan de reaccionario.

Soltó el cuaderno de asistencia que llevaba en las manos.

—¡Vamos pronto!

En el camino, Eduardo le fue informando de lo que acusaban a Felipe. Últimamente se reunía con un grupo de estudiantes que protestaban contra el actual gobierno, organizando marchas, en principio pacíficas, pero que de manera gradual iban escalando hasta llegar a ser en extremo violentas.

Felipe tenía un físico excelente que lo hacía ideal para ser emblema de las campañas. Su cuerpo era atlético y su rostro moreno contrastaba con el azul de sus ojos. En su defensa alegó que había sido engañado y que era víctima inocente de los hechos que le imputaban. El juez le tomó simpatía y tras un periodo de dos semanas en prisión preventiva, Felipe fue puesto en libertad.

Una vez en casa se sinceró con su madre.

—No sé qué hacer, viejita, estoy desubicado.

—Mientras más pronto te alejes de esas personas, mejor será —comentó, poniendo punto final a la discusión.

Felipe consiguió empleo en un tienda de ropa, donde pronto empezó a escalar posiciones, dada su simpatía y verbo, mientras Eduardo permanecía en la sombra, sin hacer muchos aspavientos. La vida comenzó a tomar una inercia que lo mantuvo alejado de problemas, hasta que conoció a Leticia.

Una tarde calurosa, casi para el receso de verano, Felipe fue a buscar a su madre al colegio. La escuela no había cambiado en nada desde que él corriera por sus jardines y trepara sus árboles. Tomó asiento en la “Banca de los Besos” mientras veía a versiones pequeñas de sí mismo corriendo sin control. Tantos juegos, tanta inocencia.

—¿Cuál es el suyo? —le preguntó una rubia.

—En realidad, ninguno —le contestó—. Vengo a recoger a mi madre, es la conserje del colegio.

—Ya me decía yo que se veía muy joven para tener hijos en la escuela —le sonrió con coquetería.

De este modo conoció a Leticia y su mundo se convulsionó. Eduardo intentó convencerlo de que no se inmiscuyera, y fue así como llegaron a plantar las bombas en el palacio de gobierno con los resultados ya relatados. Leticia fue aprehendida e implicó a los hermanos Cabrales. Su madre fue instrumental en su huida al extranjero. «Una madre perdona y olvida», sentenciaba a quien le prestara oído.

Veinte años habían pasado y el traidor había sido derrocado. Una nueva era empezaba para el país y Cordobita observaba, sentada en la banca, como los obreros remozaban el colegio a su anterior grandeza.

Unas risas infantiles la sacaron de sus recuerdos, con trabajo se levantó para buscar a los malcriados. Enfrente de ella estaban dos hombres que le resultaban muy familiares. Llevaban a dos niños de la mano. Así, en un segundo, la niebla abandonó su mente, reconoció a sus hijos que con lágrimas le tendían la mano. Con paso fuerte, con energía renovada, corrió a abrazarlos.

Una nueva era comenzaba.

*****

Cordobita nació, de la necesidad de crear un relato alterno, basándonos en el disparador “¿Donde están los niños?” del taller de #Literautas. Por un tiempo durmió en la nube del cyber-espacio, hasta que leí una convocatoria de relatos que pensé podría servir. Desafortunadamente no paso a mayores, pero aquí en mi blog, recibirá el trato de honor que en mi mente merece.

Saludos a mis compañeros Torbellinos y A Losa, hasta el día de hoy, únicos testigos de la existencia de esta viejecita.

Una vez más agradezco la atención que me prestan al leer mis historias.

José

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