Tenebris ortus

dark red

Sigiloso recorre la plaza mayor. Hace poco que pasó el sereno.

No puede llegar tarde.

Aprieta el morral contra su pecho, en un fútil intento de fundirlo con su piel. El encargo era claro.

“Lo pondrás en manos del Conde Moreno. No lo mirarás a los ojos y esperarás a que te despida. No dirás ni media palabra. Por tu tiempo te ganarás un peso.”

Temeroso acepta, era más que lo que recibía de jornal.

Apresura el paso, no quiere toparse con nadie. Llega a la casona y con dificultad suena la campana. No tiene que esperar mucho, un hombre pálido, alto, vestido de levita lo recibe y guía por los amplios y oscuros pasillos.

Un escalofrió recorre su espalda. No logra identificar el qué, pero algo está mal en esa casa. Con un gesto el hombre le indica que espere y se pierde detrás de unas grandes cortinas. Relaja un poco el agarre en su morral. Las altas paredes están cubiertas de grandes pinturas. Los lobos parecen ser el tema principal, y en todas, la presencia ominosa de los ojos amarillos; unas veces disimulados entre el follaje y otras directamente en los cielos azules.

Busca una silla para descansar, pero fuera de las pinturas, no hay nada más en el impresionante pasillo. Escucha el pesado sonido de la puerta al abrirse.

—El Conde lo recibirá ahora. Supongo que fue informado del protocolo…

—No debo mirarlo a los ojos y no puedo marcharme hasta que él me lo indique.

—Adelante.

Entra con paso lento en la habitación. Los inmensos ventanales que se aprecian al llegar a la casona están cubiertos por gruesas cortinas rojas que le dan un aire surrealista a la habitación. Velas aromáticas iluminan un escritorio, tras el cual, dándole la espalda, se encuentra el Conde.

—¿Lo tienes? –pregunta sin girarse.

—Sí, señor —contesta rápidamente a la vez que, un poco torpe, deposita el morral sobre el escritorio. Percibe movimiento en la silla y rápido posa su mirada en sus huaraches.

—¿Cómo te llaman?

—Wenceslao, mi Conde. Pa’ servir a Dios y a su merced.

—Dime, ¿eres un buen hombre?

La pregunta lo toma por sorpresa.

—Eso intento, mi señor.

—Este Dios del que hablas, ¿te escucha, responde a tus plegarias; te protege?

—Dios y la Virgen me cuidan —contesta convencido, a la vez que aprieta con fuerza su Escapulario.

—Mírame a los ojos.

—No puedo, mi señor, las instrucciones eran claras. No debo mirarlo a los ojos.

—¿Me temes acaso? —pregunta mientras se levanta de su silla, rodea el escritorio y se pone frente a él—. Contéstame, te autorizo.

—La gente habla, mi señor, pero yo no hago caso de chismes.

Todo su cuerpo tiembla al sentir la fría mano del Conde tomarlo del mentón. Una larga uña dibuja la línea de su quijada.

—El patrón me pidió que le entregara el morral y que esperara a que me despidiera, es todo lo que sé, señor —dice con voz quebrada—. No me haga daño, por favor.

El Conde lo libera a la vez que suelta una sonora carcajada. Se aleja un poco y Wenceslao respira de nuevo. Con gran parsimonia toma el morral y lo abre.

—¿Miraste lo que había adentro?

—No, se lo juro.

La habitación se llena de un aroma pestilente que hace que Wenceslao aguante la respiración.

—Has hecho bien, muchacho.

Ve los pies del conde alejarse un poco más y contra toda lógica, levanta la mirada. El Conde viste un traje rojo con un corbatín negro, una larga capa le llega casi a las rodillas y al subir un poco más la vista, se topa con su mirada penetrante. Un grito se ahoga en su garganta al verlo sonreír. No es humano. Da media vuelta y corre hacia la salida, pero increíblemente, el conde vuela por los aires y lo detiene con su fría mano.

—Has roto el protocolo, no te puedes ir ahora.

—Perdóneme, señor, he sido un imprudente. Le juro que no diré nada a nadie.

Con fuerza asombrosa el Conde lo levanta del cuello. Su cara se transforma y un par de largos colmillos emergen de su mandíbula superior. Wenceslao intenta soltarse, pero no tiene la fuerza necesaria. El conde ríe y los hunde  en su cuello moreno.

Al día siguiente los aldeanos encontraron su cuerpo en unos matorrales. Agarrado en su mano derecha un sobre dirigido al Obispo Madrigal. Lo llevaron a su presencia y cuando por fin logró arrancárselo, lo abrió.

El sobre estaba vacío.

**************

“Tenebris ortus”.

Frase que me arrojó el traductor cuando puse “Dark rising”, traducir al latín.

Este primer ejercicio del nuevo ciclo del taller de #LIterautas, me llevó por un camino ajeno a lo que normalmente pienso y/o escribo. Baste decir que inició siendo una historia de amor entre Wenceslao (analfabeto) y una dama cultivada. En algún momento del proceso creativo, el personaje cobró vida propia, sorprendiéndome al ver el derrotero que la historia tomó. Tenebris intenta ser una especie de prologo a un proyecto más ambicioso que tengo entre manos. Tal vez este cambio de planes sea el detonante para por fin empezar a escribir una novela corta.

Como siempre agradezco su visita, comenten o no. Y dichoso de que compartan conmigo mis locuras.

José Torma

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One thought on “Tenebris ortus

  1. Muy buen relato José. Me gusta como introduces al lector en situación y consigues crear una atmósfera perfecta para lo que nos narras. No me ha parecido ver nada raro en el relato, así que no me queda más que felicitarte por esta historia.

    Un abrazo. ¡Nos leemos!

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