Klunky el payaso

cop clown

—Padre, tengo algo importante que decirle.

—Más tarde. ¿No ves que estoy ocupado?

—Es solo un segundo, se lo prometo.

Ante la insistencia y la aprensión que escucha en su voz, Santiago suelta el lapicero para atender a su hijo.

—¡Muchacho! ¿Qué te pasó? —preguntó asustado.

Antonio le muestra sus manos ensangrentadas, lleva las ridículas ropas manchadas.

—Ya no lo va a molestar más.


 

I

“La pistola le pesaba.

Tal vez fuera el momento justo para terminar.

Levantó la mirada hacia el inspector Ramírez, que con amabilidad pero con firmeza, le tendía la mano. Con una tristeza inmensa, que contradecía la sonrisa en sus labios, comentó:

—Nunca pensé que terminaría así.

—Es lo mejor Klunky, irse con la frente en alto —dijo Ramírez mientras guardaba la pistola en un cajón—. Tuviste una gran carrera, ahora puedes seguir con tu trabajo diurno…

—Pero, yo no quiero terminar; aún tengo mucho que hacer —le interrumpió—. Nevares es culpable, yo lo sé y usted también. No podemos permitir que ese hijo de perra se salga con la suya.

—¡Se acabó, Mauricio!, es lo mejor.

Mauricio Grajeda, alias “Klunky” fijó su mirada en sus ridículos zapatos rojos. Payaso de día y detective de noche. Casi un oxímoron, aun así, el éxito lo había acompañado a lo largo de sus quince años de carrera.

Sin decir otra palabra, salió de la comisaría, intentando que la alegría que reflejaba su maquillaje surtiera efecto sobre su ánimo. Levantando la mano se despidió por última vez de sus coleguitas, sacó un pañuelo y fingió sacudirse violentamente la nariz, provocando la risa en sus ahora ex compañeros. Y así, sin más ceremonias terminaba la etapa de su vida como detective.

Subió a su auto y retirándose la nariz roja, por fin se permitió llorar.

FIN”

Santiago presionó el botón de enviar y sonrió al pensar en la alegría de Stephan al recibir el correo electrónico. Mandó imprimir el capítulo y cerró su “laptop”; tenía los ojos cansados y enrojecidos. Le dolían las manos de tanto tiempo que pasó escribiendo, pero al final, lo había conseguido. El capítulo final estaba terminado. Klunky había sido su boleto al éxito literario, pero después de siete novelas y dos adaptaciones a la televisión, sentía que no podía dar más. Su editor le había sugerido que Klunky muriera en un enfrentamiento final con Nevares, pero él se había rehusado.

Observó el afiche que tenía colgado en la pared y un escalofrío recorrió su columna. Nunca le gustó el actor que eligieron para representar a su protagonista, pero no podía objetar la elección; el contrato así lo establecía. En especial no le gustaban los ojos azules. Nunca, a lo largo de sus escritos, describió las características físicas de su personaje sin el maquillaje de payaso. Esa decisión siempre le molestó, a pesar del éxito que tuvo.

El pitido de la impresora le avisó que requería hojas, después de cargarla, oprimió el botón de inicio. Se levantó y estiró buscando darle alivio a su espalda. Tomó su botella de agua y apagó la luz. El pasillo que daba a su oficina era largo y la vieja madera crujía bajo el peso de sus pies. Estaba solo en la casona, su familia se había adelantado a las vacaciones, querían darle tiempo de terminar su trabajo sin presiones. Sabía que Stephan, su editor, quedaría satisfecho con el final.

Un sonido desconocido lo hizo detenerse. Era como si algo se estuviera arrastrando. Espero unos segundos, pero solo el ronroneo de la impresora llegaba a sus oídos. Encogiéndose de hombros, se dirigió a la ducha.

El vapor empañaba lentamente el baño. Era tanta su alegría por haber terminado que empezó a cantar, aunque no se sabía ninguna canción. Guardó silencio, ahí estaba otra vez el sonido, esta vez más fuerte. Cortó el paso del agua al tiempo que la puerta del baño se cerraba violentamente. Su corazón empezó a latir de prisa, con la respiración entrecortada abrió las cortinas y salió de la ducha. Seguro estaba que una corriente de aire había cerrado la puerta. Tenía que parar de ser tan paranoico.

Se anudó la toalla a la cintura, se restregó la barba y decidió afeitarse. El vapor aún no se disipaba por completo. Con el rastrillo en la mano abrió el tocador para buscar la espuma. Al cerrarlo una sombra a sus espaldas se reflejó en el espejo. Dio media vuelta sujetándolo como arma, pero no había nadie ahí. Nervioso soltó una risa. Puso las manos sobre el lavabo, intentando calmar su respiración.

—No puedo creerlo, tan grandote y tan mied…

No terminó la frase, unas letras empezaron a formarse en el espejo.

“Aún no hemos terminado, coleguita”

Soltó un grito al reconocer la frase con qué Klunky contestaba las aprensivas preguntas de su ayudante. Sobresaltado dio dos pasos atrás, resbaló y todo se convirtió en oscuridad.


 

II

—¿Te sientes bien cariño? —preguntó su esposa al verlo abrir los ojos.

—¿Dónde estoy? —Le sorprendió lo rasposa que sonaba su voz.

—Tuviste un accidente, tonto. Resbalaste en el baño y te golpeaste muy fuerte en la cabeza. El doctor te mando hacer estudios para descartar alguna contusión…

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—¡Dos días!, si no fuera porque Antonio olvidó su maletín de pinturas, lo más seguro es que no te hubiéramos encontrado tan oportunamente como lo hicimos.

—¿El escrito?, ¿lo tienes?

—¿Cuál?, en tu oficina no encontramos nada. Stephan ha estado llamando como poseído, tratando de averiguar si lo terminaste o no.

Santiago cerró los ojos un momento, quería pensar y repasar los eventos, pero no recordaba nada.

—Te dejaremos descansar querido, los niños quieren entrar, pero les he dicho que tienen que esperar a que los doctores lo permitan.

—Recuerdo haberlo terminado, me metí al baño a darme una ducha. Escuché un ruido que me hizo salirme…, pero no recuerdo más.

—El doctor dice que es de esperarse, sufriste un fuerte trauma, pérdida menor de la memoria es normal. Lo más probable es que cuando baje la hinchazón, te acuerdes de todo.

—Estaba en la impresora, lo terminé; de eso estoy seguro.

Susana guardó silencio, no sabía qué tan conveniente era mortificarlo con estas cosas, pero al notar su molestia, decidió contarle.

—La ventana de tu despacho estaba abierta cuando llegamos, sé que nunca la abres y eso fue lo que más nos llamó la atención. Había huellas de humedad en el parquet. No había hojas en la impresora y tu “laptop” estaba abierta, muy mojada, como si le hubieras echado un vaso de agua encima.

—Mandé a imprimir la novela completa, se quedó imprimiendo mientras me bañaba. ¡Esto no puede estar pasando! —Se llevó las manos a la cabeza en señal de desesperación. Su esposa se las tomó con cuidado, para evitar que se lastimara.

—Lo más extraño, es que Klunky desapareció.

—¿Desapareció? ¿Qué estás diciendo?

—Llamamos a la policía. No encontraron huellas afuera de tu ventana, no hay pisadas. El oficial tiene sus dudas, ya que por la altura, tendría que haber impresiones de pasos en el césped si alguien hubiera saltado por la ventana, pero no las hay.

Santiago cerró los ojos intentando recordar, como una nube recordó el espejo y la imagen reflejada en él, ¿sería posible?

—¿Cómo está mi escritor estrella? —Preguntó Stephan dando un pequeño toque en la puerta—. Vaya susto que nos pusiste hermano.

—Steph, dime que tienes el manuscrito final.

—¿Lo mandaste electrónico?

—Hice los últimos cambios y te mandé todo el maldito archivo.

—Tranquilízate, revisaré el correo basura, tal vez se desvió ahí —Comentó mientras sacaba su celular.

Guardaron silencio al entrar la enfermera, que revisando los monitores, a señas los invitó a salir del cuarto.

—Es necesario que lo dejen descansar —dijo contrariada—, ya vendrá el doctor para darles más información.

Santiago sintió el efecto del calmante, pero no quería dormirse, no sin saber si Stephan tenía el correo. Intentó hablar, pero no pudo, un suave sopor lo fue inundando. —No tengo nada—. Lo escuchó decir, antes de perder la conciencia.


 

III

“—Jamás te saldrás con la tuya Nevares, no esta vez —dijo Klunky mientras le apuntaba con un dedo de espuma gigante—. Estas perdido y lo sabes.

Nevares, abrió la puerta del convertible y lanzándole el paquete se subió y huyó de la escena del crimen.

Klunky atrapó la bolsa, que desprendía un fuerte olor a fresas. Sin poder contener su curiosidad la abrió, al tiempo que una pequeña explosión rociaba su cara de betún, arruinando su maquillaje.

Una vez más había caído en la trampa de Nevares, pero sería la última.”

Santiago despertó sobresaltado. No era el primer sueño que tenía, en que su personaje se comportaba de manera irracional. Él no había escrito esa escena, jamás caería en la risa fácil ni en la vulgaridad.

El conocido sonido de la impresora llamó su atención.

—¡Antonio! —Gritó impaciente—. ¿Acaso estás trabajando en mi despacho?

Con dificultad se levantó de la cama en la que se había refugiado las últimas dos semanas. Vanos habían sido los intentos de su esposa y sus hijos de hacer que saliera de la depresión, pero, ¿cómo explicarles que no tenía copia del escrito final, que la historia quedaría inconclusa? Se preguntaba si estos sueños ridículos que lo agobiaban era su mente intentando hacer que volviera a escribir.

Agarró la botella de agua y se dirigió a su despacho. Se detuvo en seco en el rellano, seguro su vista le estaba jugando una mala pasada. La puerta de su oficina estaba entreabierta y se alcanzaba a ver claramente el teclado de su computadora. Unas largas manos con guantes blancos, aporreaban furiosas el teclado; mientras la impresora escupía hoja tras hoja sin parar. Contuvo la respiración mientras con paso lento e inseguro se aproximaba a la puerta. De repente los dedos se detuvieron y se escuchó una sonora carcajada.

—Te estaba esperando, coleguita. Tenemos que continuar la historia.

Su curiosidad fue más que su temor y abrió la puerta. «¡Imposible!» pensó, tratando de negar la evidencia.

—No eres real —dijo casi en un murmullo, mientras cerraba los ojos—. No estás aquí.

Sin embargo la odiada imagen televisiva de su personaje estaba parada frente a él.

—Tenemos que continuar, mi historia no puede terminar aquí, tengo muchas ideas, historias que contar.

—No eres real, no eres real —Se repetía golpeándose la sien—. No estás aquí, eres producto de mi imaginación.

Abrió los ojos a tiempo de verlo abalanzarse sobre él, la sonrisa en su rostro transformada en una mueca aterrorizante.

—Nunca te escaparás de mí —lo escuchó decir mientras caían al suelo—. Soy más fuerte que tú, al final, solo uno de los dos prevalecerá.

Sintió como su cabeza golpeaba el marco de la puerta mientras sus manos intentaban liberarse de aquel payaso infernal.

Sueño profundo.

IV

Los siguientes días no tuvieron mayor cambio, despertaba sobresaltado después de soñar con alguna ridícula aventura de Klunky. Su primera acción era dirigirse a la impresora y destruir las páginas que en ella aparecían todas las mañanas.

—Papá, ¿está bien? —Escuchó a su hijo Antonio preguntar—. Vamos a salir, pero se me ocurrió una idea.

—¿Qué dices muchacho?

—Sé que no quiere volver a escribir sobre el payaso, pero eso no quiere decir que no tenga más ideas en su cerebro —le extendió un cuaderno de composición y un lapicero—. Seguro que puede empezar de cero con un personaje diferente.

Santiago los tomó con recelo, pero no era una locura, volver a las bases, escribir a mano sería terapéutico.

—Gracias hijo, ahora ve, no hagas esperar a tu madre. Asegúrate de llevar la gabardina a tu hermano por si llueve.

Antonio le dio un beso en la frente y salió corriendo. Santiago se sentó en la mesa del comedor; abrió el cuaderno y empezó a escribir.

No supo cuánto tiempo estuvo haciéndolo. Un fuerte calambre en su mano le indicó que tal vez fuera buena idea tomar un descanso. Se sorprendió al ver la hora. Ya era tiempo de que su familia hubiera regresado. El silencio le abrumaba y se levantó a prender el televisor. Seguramente no tardarían mucho en regresar.

La voz del locutor le informaba de la inminente devaluación de la moneda y lo poco halagador de la situación mundial. El comentarista era un tipo alto y rubio, de profundos ojos azules, hipnóticos…

“En otras noticias. Santiago Blanco, el famoso escritor de la saga Klunky el payaso, fue encontrado muerto en su casa. El peritaje inicial indica un suicidio. Aparentemente el escritor no pudo sobreponerse a un bloqueo que le ocasionó un accidente casero. Su última novela, “Klunky, odisea especial”, se espera esté lista para finales del mes de septiembre. Este, su último trabajo, seguro llegará a la lista de “best sellers”, aunque no faltan los escépticos que cuestionan su repentina “desaparición” y la salida de la tan esperada continuación de las aventuras del payaso detective…”

¿Qué estaba pasando?, intentó buscar en los otros canales, pero en todos estaba el mismo comentarista, con esos odiosos ojos azules…

—Aguanta un poco coleguita, ya casi llegamos al final —dijo el locutor a la vez que soltaba una carcajada.

Ante sus azorados ojos, el hombre se fue transformando, la piel se fue tornando blanca, una gran nariz roja llenaba la pantalla, mientras con unas manos enguantadas, seguía pasando hojas, simulando leer más noticias. En unos segundos el cambio fue total, del hombre rubio no quedaba más que la azul mirada. En su lugar, Klunky lo miraba desafiante.

—¿Listo para la escena final, coleguita? —preguntó seriamente.

Santiago apagó el televisor. El sonido de las teclas del computador llenó sus oídos mientras la impresora seguía su marcha desbocada. Tomó libreta y lapicera y subió corriendo las escaleras. La puerta de su oficina estaba cerrada y dentro alcanzaba a escuchar la risa…

El sonido del claxon lo despertó. Intentó recuperarse, recomponerse para no preocupar a su familia. Seguro ya habían escuchado la falsa noticia. Se levantó de la mesa y al cerrar el cuaderno, leyó lo que su febril imaginación había plasmado.

“Está vivo”, “Nevares no ganara”, “Klunky necesita zapatos nuevos”, “TODOS TIENEN QUE MORIR”

Esta última frase estaba tan subrayada que la mina había perforado un par de hojas.

—Santiago, ¿estás bien?, parece que hubieras visto un fantasma.

—Estoy bien, ¿por qué demoraron tanto?

—Antonio no encontraba sus pinturas, ya sabes el temperamento de artista. Julián tuvo doble práctica, pero ya estamos aquí. Trajimos hamburguesas para cenar.

«Habría sido un sueño?», parecía todo tan real.

—Nos encontramos a Stephan en el centro comercial. Dice que no hay apuro, pero que le gustaría reunirse contigo pronto. Algo de un “deadline” para entregar el final de tu novela.

—¡No pienso terminar! —Gritó—. Eso se acabó.

—Vale hombre, no te pongas así. El entiende que estás pasando por un mal momento.

Guardó silencio al ver entrar a sus hijos.

—Lávense y preparen la mesa —Dijo.

—En un momento regreso, voy a lavarme un poco —dijo Santiago mientras se levantaba de la silla.

Al llegar al rellano, se encaminó a su oficina, temeroso de lo que fuera a encontrar, pero todo estaba en su lugar. Revisó la ventana para asegurarse de que estuviera cerrada. Al darse la vuelta, escucho la risa. Se detuvo de golpe sin querer voltear.

—¿Estás listo, coleguita? —Preguntó el sonriente payaso.

—¡Déjame en paz!, no eres real, no eres real, no existes…

—Y sin embargo aquí estoy, listo para terminar lo que tú no has querido. Nevares tiene que morir y tú no estás dispuesto a hacerlo.

—¡Vete, vete! —Empezó a gritar sin cesar—. ¡Vete!

Antonio llegó presuroso al escuchar sus gritos. Encontró a su padre tirado en el suelo, la libreta y lapicero fuertemente apretados contra su pecho.

—No eres real, no eres real… —balbuceaba—, no eres real.


 

V

Seis meses después, Antonio visitaba a su padre en el centro psiquiátrico. Su corazón se quebró un poco al ver el estado en que se encontraba.

—Padre, ¿cómo se encuentra?

—Si preguntas si sigo viendo al payaso, pues pregunta eso, no te andes con rodeos.

—Vale papá, no se altere.

—Quiero irme a casa, estoy bien.

—Mamá está hablando con los doctores, yo pienso que si le darán el alta.

—Perdóname hijo, no sé qué me pasa, pero te aseguro que estoy bien. No he vuelto a tener un episodio. Klunky es cosa del pasado, ya no puede hacerme daño. ¿Has sabido de Stephan? Se me hace extraño que no haya venido.

—Quiere darle su espacio, pero seguido habla preguntando por usted. El libro ya fue cancelado, parece ser que la editorial se cansó de esperar.

—Es lo mejor hijo, un payaso detective, por eso me deberían de haber encerrado desde que se me ocurrió.

—Es bueno que pueda bromear al respecto papa.

Guardó silencio al ver que se acercaba su madre.

—Listo Santiago —le saludo con un beso—. El doctor te da el alta; nos podemos ir a casa.

Todo fue miel sobre hojuelas por un par de semanas. La nueva novela de Santiago empezaba a tomar forma. Un “thriller” sobrenatural. Sin payasos, sin policías. En un esfuerzo por evitar cualquier cosa que pudiera ocasionar una recaída, tanto la computadora como la impresora habían sido cambiadas. El estudio transformado en un pequeña biblioteca y él optó por escribir en la mesa de la cocina.

Primero fueron los guantes.

La sirvienta los encontró al sacar la ropa de la lavadora, entre tantos colores, sobresalen por su inmaculada blancura. Ajena a los problemas de sus nuevos patrones, los guardó en el cajón de la ropa interior de su patrón.

Segundo fue la nariz roja.

Julián la encontró en la sala de estar, Se asomaba por la parte trasera del librero. Curioso se acercó y cuando la jalo, encontró también el afiche perdido. Sabedor de la posible recaída que estos objetos le podrían traer a su padre, los guardó en su armario.

Tercero fue el celular.

Antonio recibió la llamada un sábado por la tarde, editorial GTDP buscaba a su padre para hacer una cita para discutir las modificaciones a los últimos capítulos. Tomó nota en una libreta.

—Yo paso su recado, no tenga pendiente.

—Sé que puedo contar contigo. Es importante que nos veamos a la brevedad. Los redactores y correctores están encontrando algunas inconsistencias que quieren discutir con tu padre.

—En cuanto llegue le aviso.

Se hizo un pequeño silencio en la bocina, Antonio estaba seguro de estar escuchando una respiración entrecortada, que parecía querer evitar reír.

—¿Sigue ahí?

—¡Nunca se escapará de mí, coleguita!

Antonio soltó el teléfono que se estrelló en el piso de la cocina. Inconsciente de lo que hacía, lo piso hasta destruirlo por completo.

—¡No esta vez hijo de puta, nunca más! —le gritó al inservible aparato mientras tomaba su chaqueta y salía por la puerta de atrás.

Esa noche Santiago regresó a casa, solo para encontrar a su familia reunida en la sala. El semblante de preocupación en sus rostros no vaticinaba nada bueno.

—¿Qué pasa chicos, todo bien?

—Siéntate por favor —le dijo Susana mientras le quitaba el portafolio—. Hay algo que tenemos que platicar contigo.

—Debo admitir que estoy intrigado, y un poco nervioso —Se sentó mientras tomaba el vaso de agua que le ofrecía Antonio—. ¿Qué sucede?

Sin mayor explicación, le mostraron los guantes y la nariz roja. En una bolsa de plástico se alcanzaba a ver la figura del afiche de Klunky.

—¿De qué va esto? ¡No tiene ni puta gracia!

—Algo no está bien papá —Dijo Antonio conciliador—. Mamá encontró los guantes en el cajón de la ropa blanca. Julián la nariz y el póster en la nueva biblioteca.

—¡Eso es imposible!, nos deshicimos de todo —Interrumpió, sus manos empezaban a temblar mientras un perceptible sudor perlaba su frente—. No puede estar sucediendo de nuevo.

Antonio intentó comentarle lo de la llamada telefónica, cuando una sonora carcajada se escuchó en el viejo despacho. Santiago se puso lívido. Todo su cuerpo comenzó a temblar.

—Díganme que escucharon eso —dijo sin convicción. La mirada de sorpresa en su familia era confirmación suficiente.

Julián corrió el primero. Subiendo los escalones de dos en dos se abalanzó contra la puerta del antiguo despacho de su padre. Antonio lo seguía de cerca. Alcanzó a ver el traje multicolor antes de que la puerta se cerrara violentamente.

—¡Abran! —gritaba desesperado, mientras golpeaba con sus puños la puerta. La risa iba escalando, rivalizando con los gritos de dolor de su hermano.

Abajo, Santiago salió de su parálisis, abrió el portafolio y sacó su cuaderno, ante la mirada inquisitoria de su esposa.

—Si quiere que escriba, le escribiré a ese hijo de puta. Será una historia sin precedente.

Arrancó varias hojas que Susana se apresuró a recoger.

“La tranquilidad de la familia se vio violentada por la aparición de la brigada escarlata. Johan agarró la espada que descansaba sobre el dintel.

Afuera se escuchaban los gritos de las brujas mimetistas que lanzaban conjuros a diestra y siniestra.

El líder, Akmud, se coló por la ventana de la habitación superior y con autoridad gritó el nombre del jefe de la mansión.

—Santkloud, acepta mi reto, esto no tiene por qué escalar.

La puerta del cuarto se abrió violentamente para dar paso a Johan que con espada en mano intentó detener la afrenta. Pero Akmud estaba preparado, un hechizo cerró la puerta mientras Johan era derribado por un golpe violento del hechicero.”

—¿Qué es esto Santiago? —Preguntó a su marido con incredulidad.

Pero él, no la escuchaba, escribía de modo frenético en el cuaderno, las letras parecían salir como por arte de magia de la mina que se deslizaba con hipnotízante vaivén sobre los renglones.

La risa iba en crescendo. Susana tapó sus oídos intentando mitigar el sonido.

—Venga coleguita, no tiene por qué salir nadie más lastimado, esto es entre tú y yo. Deja a tus hijos fuera de esto.

Se escuchó un golpe seco, y la voz de Julián se fue extinguiendo, solo los golpes de Antonio sobre la puerta lograron opacar las carcajadas.

Luego hubo un silencio. Santiago dejó de escribir. El crujir del piso inundó sonoro el espacio. Lento, paso a paso sintieron la presencia aproximarse. Un par de metros más y lo verían en la escalera. Susana lo vio primero y su grito lo puso sobre aviso.

Klunky bajaba despacio los escalones, sostenía un gran dedo de espuma en una de sus manos, mientras con el otro brazo sujetaba a Antonio del cuello. Este parecía al borde del colapso.

—¿Por qué tenías que hacerlo tan difícil? —Preguntó levantando los brazos.

Antonio aprovechó para liberarse del abrazo.

—¡Corran!, yo me encargo —tomó un gran jarrón y lo estrelló en la humanidad del payaso que involuntariamente soltó un grito de dolor, seguido por una estridente carcajada.

—¿Por qué se afanan, coleguitas? —Preguntó con hielo en la voz—. Nada puede detenerme.

De un fuerte empujón mando a Antonio rodando por las escaleras. Susana tomó del brazo a Santiago y salieron corriendo por la puerta de la cocina. El intentó oponer resistencia, pero su instinto le decía que tenía que ganar tiempo, tenía que terminar de escribir el capítulo.

Con una última mirada a su hijo derribado, abandonaron la casa.

Susana tomó el cuaderno que con mano temblorosa le ofrecía Santiago y, con voz trémula leyó.

“Johan había fracasado en su intento, la magia de Akmud era muy superior. Santkloud sabía que tenía que proteger a su hijo Antonio. Juntando varias pociones lanzó el conjuro, solo para verlo caer bajo el golpe certero del hechicero.

«Surge dracone pugna fuit. Ancestral animarum curam vestri halitum.»

Todo estaba hecho. Tomó la mano de su esposa y huyeron al bosque.

Antonio se levantó movido por una fuerza sobrehumana y juntando sus manos invocó al dragón, cresta de su familia. La lucha sería a muerte. Akmud sonrió en anticipación de su fácil victoria…”

Susana dejó de leer, no había más texto.

-Tienes que terminar Santiago, tienes que ayudarlo.

-No hay más que pueda hacer.

Poco a poco la risa fue disminuyendo. El silencio absoluto. Levantó la vista hacia la ventana de su despacho y se sorprendió al verla abierta y ahí, encuadrado por la luz de las lámparas, estaba el.

-Tú y yo somos para siempre, coleguita -Dijo mientras cerraba la ventana.

Entraron a la casa en silencio. Susana subió a auxiliar a Julián que de a poco recuperaba el sentido. Santiago busco a Antonio, pero no estaba por ningún lado. El afiche de Klunky estaba tirado en el piso.

-Tienes que seguir, Santiago. Solo tú lo puedes terminar y traer a Antonio de vuelta.

Santiago soltó un suspiro, tomó el cuaderno y subió a la biblioteca. Se encerró, disponiéndose a no salir, hasta que hubiera terminado. Fueron largas horas…

—Papá, tengo algo importante que decirle.

—Más tarde. ¿No ves que estoy ocupado?

—Es solo un segundo, se lo prometo.

Santiago abrazó a su hijo. Todo había terminado. Juntos salieron del cuarto, en el pasillo, yacía el cuerpo de Klunky. Sin poder contenerse, lo pateó.

-Sin mí, vales madre, hijo de puta -murmuró entre dientes.

Antonio tomo un pañuelo y sin pensarlo, limpió el maquillaje del rostro de Klunky… y ahí, confundido con las exclamaciones de sorpresa y el grito de dolor de Susana, Santiago comprendió la verdad. Bajo el maquillaje de payaso, su propio rostro le devolvió la mirada, mientras su ser se volvía incorpóreo. En realidad nunca le gustaron sus ojos azules.

«Tú y yo juntos hasta el final, coleguita»
La risa cubrió los gritos, ensalzando la locura.

***************

Afterword

La idea de este relato/reto surgió de una compañera Literauta, para suplir el hueco que las vacaciones del taller nos imponen en los ejercicios de escritura. El tema iba de horror y/o terror. Con pena debo de admitir que me sobrepasó, no lograba hilar una buena secuencia de frases, hasta que me vino a la mente lo absurdo que sería un payaso que fuera también policía, una especie de oxímoron que trataría de enfrentar a mi irracional miedo a los payasos, con una figura de autoridad. Ilusamente pensé que sería terapéutico.

Una vez puesta la idea en la mente, me dedique a desarrollarla. Me gustaría decirles que a pesar de que me esmeré como nunca en la ortografía, seguro estoy de que se me fueron varios errores que agradeceré me hagan saber para poder corregirlos, si así les place.

El siguiente reto es de ciencia ficción, así que empezará de nuevo la odisea de crear nuevos universos.

Saludos y gracias por su tiempo.

José Torma

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5 thoughts on “Klunky el payaso

  1. ¡Excelente!! Me has dejado sin palabras. Cuando comencé la lectura no podía entender la trama, pero a medida que avanzaba iba increscendo. Muy bueno!! Felicitaciones.

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  2. Klunky el payaso detective, jeje. Una historia muy buena, me ha gustado como has mantenido el suspense durante todo el relato y ese final muy trabajado. La verdad venía con unas expectativas bajas dados tus comentarios y los problemas que te surgieron durante su escritura, pero el resultado es más que satisfactorio. Felicidades.

    Liked by 2 people

  3. Hola José, ¡Qué buena historia! con esa creatividad hay escritor para mucho rato. Así que también podemos decir: “Aún no hemos terminado, coleguita”. Debes entonces continuar con el siguiente reto.
    Saludos.

    Liked by 1 person

  4. Genial! Este relato confirma mi sospecha de que hay algo en el subsconsciente del ser humano que nos hace temer a los payasos… y a mi me dan mucha grima. jajaja.
    Creo que has hecho gala de tu gran imaginación. ¡Sigue así, nos leemos!

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