Historia inconclusa

crime scene

“Cerrar los ojos y pretender volar, olvidar que estoy a ti encadenado.

Tu enfermedad me pesa, disminuye, harta. No tengo nada más que dar, estoy vacio.

No, espera, no es falta de amor, te amo demasiado; pero ya no puedo levantarte del piso ni limpiar el vomito de tu cara. Ya no quiero llevarte al hospital con la jeringuilla aún clavada en tu brazo.”

“Ya no creo en tus mentiras.

Quiero que llegue el día en que por fin lo consigas. Pero no temas, no me voy, solo estoy ventilando mi frustración, mi coraje en estas líneas que sé que no vas a leer.”

“Otra vez llegaste mal.

Me juras que fueron un par de copas, pero tu mirada dice la verdad. Estás consumiendo otra vez, las dos semanas en rehabilitación no fueron suficientes. ¿Sabes que estás acabando conmigo verdad? Si tan solo quisieras escuchar, entender razones.”

“Hoy me llegó el cheque de seguridad social, viene con una carta dónde me avisan que es el final,  que fallaste los últimos dos controles antidrogas.

¡Dependemos de ese dinero carajo! ¿Qué hago dime, regreso a trabajar?

Y… ¿Si te dejo sola?

¿Serás capaz de sobrevivir sin mí?”

“Estoy viendo la foto de nuestro primer aniversario. Eras la chica más bella en la universidad; al menos a mi me lo parecías. Flotabas en vez de caminar.

No podía creer mi suerte, de que entre todos, te hubieras fijado en mí; con lentes y mis correctores dentales.

Si pudieras verte como te veo yo ahora.”

“El dinero escasea, ya no se que vender. Me juras que ahora si va en serio, que terminarás el tratamiento y que te alejarás de las drogas.

Como un estúpido te creo.”

“Anoche no llegaste a casa, te localicé por celular y apenas podías hablar.

¡Hasta aquí llegamos! Te dejé una sorpresa en tu bebida energética. Te amé, eso no lo dudes.”

*****

–Aquí termina el diario inspector Ramírez. Tiene fecha de ayer —comentó el policía mientras revisaba un calendario en la pared—. Sin duda un crimen pasional.

—Escuche, López —interrumpió Ramírez—.  La posición de los cuerpos me molesta, algo no funciona. El cuerpo de él… parece como si hubiera estado alejándose de ella, huyendo…

—El diario es prácticamente una confesión, y están atados por las muñecas…

—No nos adelantemos, esperemos el reporte toxicológico…

Los gritos  y forcejeos de un hombre intentando acercarse los interrumpe.

—¿¡Está muerta!? —era más una afirmación que una pregunta.

—¿Quién es usted? —pregunto Ramírez mientras le impedía el paso.

—Mi nombre es Alan Contreras, tengo un mensaje en mi celular, de María. Se escuchaba contrariada…

—¿Guardó usted el mensaje? —le tomó el teléfono que con mano temblorosa ofrecía.

“¡Alan, ven rápido! Samuel está peor, me acusa de drogadicta y no sé qué otras cosas más. Ha vendido los muebles. Creo que tiene tiempo sin tomar su medicamento.

Necesito me ayudes.

No tardes por favor.

Rápido, lo escucho llegar…”

El mensaje terminaba abruptamente.

—López, creo que el caso se nos acaba de complicar…

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