El gato

gato negro

—Nicolás, no lo hagas —suplicó Andrea—, sabes que me da miedo estar aquí.

Él le sonrío, mientras brincaba la barda y se dirigía a la reja para dejarla entrar.

—Vamos tonta, es sólo una casa abandonada —le aseguró mientras le tomaba la mano—. ¿Qué no vienes con el más valiente de todos?

La mansión Catalán se erguía majestuosa al final de la calle, sus grandes y descuidados jardines, le conferían una atmosfera de misterio. La gente hablaba de leyendas y maldiciones que ahí habían ocurrido.

“La muerte misteriosa de Isabel, la hija menor de los Catalán, los hizo apresurar el regreso a España y desde entonces, la casa permanece vacía. No se habían llevado nada. El inmueble fue resguardado por un fideicomiso y jamás reabrió sus puertas.”

—¿Quién te contó la historia? —preguntó Andrea

Nicholas puso la linterna bajo la barbilla y en  su mejor interpretación de Vincent Price, continuó el relato:

“Cuenta la leyenda, que Isabel, la hija menor de los Catalán, era una niña frágil y de delicadas facciones. Su precaria salud la mantenía recluida en sus aposentos. Contaba con tutores para que estudiara, pero Isabel solo soñaba con salir al patio. Sus padres, buscando aligerar su tristeza, le compraron un gato, ante la oposición de la servidumbre:

—¡Esos animales son del diablo! —vociferaban a todo pulmón—. La maldición cayó en esta casa.

—¡Pamplinas! —contestaba Don Ignacio—. Supersticiones de esclavo.

La primera en morir fue el ama de llaves, su cadáver fue encontrado al pie de las escaleras, mientras “Roque”, que era el nombre del gato, dormitaba sobre su pecho sangriento. La cantidad de accidentes que sucedieron a raíz de este evento, ponían de manifiesto la verdad en las palabras de los esclavos.

Corría el mes de abril, y los accidentes tenían con pendiente a la familia, pero ninguno se atrevía a culpar al gato; Isabel estaba demasiado encariñada con él.

La tragedia sucedió un domingo, cuando al regresar de los oficios religiosos, no encontraron a Isabel en la casa. Interrogaron a los sirvientes, pero ninguno tenía idea de haberla visto salir de su habitación.

Cuando empezaba a atardecer, escucharon maullar a Roque en el jardín, estaba sentado sobre un gran montículo de tierra recién excavada. Don Ignacio llamó al jardinero para que la removiera, pero el gato no les permitía acercarse. Fueron varios los intentos, pero parecía transformado en una bestia demoniaca, mostrando los dientes y bufando.

Perdiendo la paciencia, el jardinero lo golpeo con la pala. Al moverse se observó la pequeña mano de Isabel sobresalir de la tierra. Doña Cayetana cayó de rodillas mientras gritaba de dolor. El resto de la servidumbre se santiguaba y lanzaban miradas temerosas al gato. Se arrastró hacia el montículo de tierra, intentando poner su mano sobre la de la niña, pero el gato se lanzó sobre ella, hundiéndole las uñas. Gruesas lágrimas anegaron sus ojos e inundaron la tierra. Al caer sobre la mano de la niña, el gato salió huyendo. Con asombro, vieron como de cada lágrima derramada, iba floreciendo una flor de gardenia. El aire pronto se llenó de su olor.

Ahora dicen que el gato sigue rondando por aquí y que si lloras sobre la tierra, se escucha la risa de Isabel y las flores vuelven a salir.”

—¡Estas de broma! ¿Qué hacemos aquí entonces? —preguntó Andrea—. Mejor vámonos antes de que se meta el sol, o se nos aparezca el gato.

Pero Nicolás no la escuchaba, una sombra había atraído su atención y la seguía.

—Espera tonto.

Llegaron al frente de la casa y ahí, en medio de la hierba crecida y mal cuidada, estaba un montículo de tierra fresca.

—Andrea, ¿ves eso?

—Vámonos ya, no estoy de broma…

Un ruido la hizo guardar silencio, volteó a tiempo para ver a un gran gato negro brincar sobre el rostro de Nicolás. Con inusual fuerza hundía las uñas en su rostro mientras hendía sus colmillos en su cuello. Sus gritos llenaron la tarde de una triste melodía. Todo paso en menos de un minuto y al terminar, el cuerpo de su novio estaba sangrando sobre el montículo de tierra. Sus lágrimas cayeron mientras el gato se relamía las patas. Con incredulidad vio como de entre la tierra empezaban a surgir gardenias, mientras en la brisa se escuchaba una risa infantil. El gato, cumplido su propósito, desapareció en las sombras.

************************

Nota:

En uno de los talleres de Literautas, se nos pidió escribir un relato que se llamara simplemente “La maldición”. El gato fue uno de los relatos que se me quedó en el tintero y que no llegó a ser presentado. Al final, el tema de los niños llorones fue el que presente en el taller, y aquí en el blog en sus dos versiones, una con T y la otra sin la bendita letra.

José Torma

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s