Los tarranes

tarranes

 

—Cuénteme una historia, papá —dice Simón con respiración entrecortada. Su padre le acomoda la mascarilla de oxígeno que él insiste en quitarse.

—Ay, muchacho loco, tienes que descansar para la cirugía, el doctor va a venir y seguro me echa la bronca por tenerte despierto…

—¡Una vez y ya! —finge la voz aniñada, sabiendo que siempre le funciona—. La de los tarranes.

Le suelta la mano y arregla sus almohadas, es en momentos como este cuando más extraña a su esposa. Disimulando un suspiro y limpiando una lágrima traicionera, comienza:

“Hace ya casi diez años, cuando estabas por cumplir los ocho, fuimos al pueblo a visitar a tu abuela. Tu tío Carlos fue a recogernos a la central de autobuses. No le había dado tiempo de cambiarse, así que ahí estaba, con el uniforme de gala de la banda de guerra de su escuela, luciendo la levita con el porte que solo la juventud te puede otorgar.

—¡Tío! —corriste a abrazarlo—. ¿De qué estás disfrazado?

—Anda, muchacho grosero, me tuve que salir de la práctica y así me pagas. ¿Quieres venir conmigo?

—¿Puedo, papá? —me preguntaste abriendo tanto los ojos que pensé se te iban a salir.

—Hermano, si nos lleva a la escuela, se puede llevar el auto y volver por nosotros en la tarde —intervino tu tío—. Ya está grande el Simón, seguro se porta bien.

 

 

Sonriendo acepté, no tenías muchos motivos para estar contento; en especial desde la muerte de tu madre, así que los llevé al campus.

Bajaste corriendo como loco mientras Carlos te seguía, tratando de no ensuciar mucho su uniforme. Fue maravilloso ver tu cara de asombro al ver a los dos pelotones realizando su rutina. Gallardos portaban sus uniformes a la vez que redoblaban sus tambores y tocaban sus cornetas…”

—Los tambores siempre me han impresionado —le interrumpe.

—Sí, desde muy niño, aunque siempre los llamaste “tarranes”, tu madre y yo nunca supimos por qué.

Guarda silencio al ver que parece quedarse dormido y, con cuidado, se levanta de la cama, pero Simón lo detiene.

—No ha terminado, padre. Siga, por favor.

Rodrigo suelta un suspiro y continúa con su relato:

“Poco te importó que fuera un ensayo formal, te pusiste a desfilar imitando lo mejor que podías los movimientos marciales. Los muchachos hacían un esfuerzo por no reír, eras muy gracioso.

Llegando a la casa, tu tío se puso a enseñarte a tocar el tambor. Eras pequeño para tocar la corneta. Aún no puedo creer que tu tío haya lidiado contigo sin chistar; mucha paciencia tenía. No puedo decir lo mismo de tu abuela, más de una vez quiso reventarte el tambor en la cabeza, pero en realidad a mí no me importaba. Estaba contento de verte tan feliz.”

—Aún conservo las baquetas, las uso todavía.

Un acceso de tos le impide continuar, se retira la mascarilla e intenta levantarse de la cama. Rodrigo, al ver lo severo del ataque, llama a la enfermera.

—Señor González, necesito que salga; vamos a estabilizarlo y prepararlo, el doctor ya viene en camino —le informa la enfermera mientras, con mano firme, lo retira de la cama.

—Le prometo que no estorbo —le dice en voz baja.

Simón nació con un soplo “funcional”, había dicho el cardiólogo. Normal en muchos niños, la situación se corregía al llegar a la edad adulta en la mayoría de los casos; solo que en el suyo no había sido así. Hacía una semana se había sentido mal y había sufrido un desmayo en el patio de la escuela practicando con la banda.

Rodrigo sintió que moría cuando recibió la noticia, a pesar de que el doctor estaba muy seguro ante el resultado de la operación, él enloquecía al imaginar que iban a abrir a su hijo para repararle el corazón.

Cuatro horas debía durar la operación. Le emocionaba ver el compañerismo de la banda, que estaban ahí, pendientes de lo que pudiera pasar.

Pasadas cinco horas, el doctor se acercó a Rodrigo y, éste, con una seguridad que estaba lejos de sentir, le preguntó por el resultado.

—Todo salió bien. Lo estamos pasando a terapia intensiva. En unas horas podrá verlo.

Rodrigo rompió en llanto mientras lo abrazaba.

—Muchas gracias.

Una semana después, en franca recuperación, su padre abrió la ventana mientras su amigo Francisco daba la voz de orden a sus compañeros, que formados en el patio, esperaban la señal.

En ese momento, y ante la sorpresa de Simón, los tambores comenzaron a sonar.

 

******

Taller de escritura No. 26

Literautas

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