La maldición

crying boy la maldicion   El edificio muestra las heridas de guerra que el tiempo y el paso de cientos de niños le han infligido. “Orfanato San José”, reza el letrero en la entrada.

Entro con paso lento, reviviendo memorias de mi paso por este lugar. Camino por los largos pasillos; el olor a aceite me hace sentir en casa.

Los viejos pisos de madera de color negro oscuro crujen un poco bajo mi peso, nada ha cambiado. Niños se cruzan en mi camino, con el uniforme oficial: una túnica azul, zapatillas de charol y calcetines negros. Es entonces cuando escucho el llanto. Llego a uno de los salones y ahí lo encuentro. Es un niño pequeño, de entre 4 y 6 años de edad, su cabello castaño cae revuelto sobre su frente. Le dedico una sonrisa que poco hace para aminorar su tristeza. Me acerco un poco, pero sale corriendo, se esconde detrás de las cortinas.

—Señor Pérez, lo estaba buscando —escucho la voz del director—. ¿Se ha perdido?

—Director Ramírez, llámeme Antonio —le saludo—, iba camino a su oficina cuando escuché el llanto de un niño, vine a buscarlo y ahora el diablillo se me ha escabullido entre el cortinaje. Dejo de hablar al notar su cara de sorpresa.

—¿Pasa algo? —pregunto intrigado—, parece asustado.

—¿Está seguro de lo que vio? —su voz tiembla un poco. —Claro que sí, un niño de cabello castaño…

Se acerca un poco a mí y me toma del brazo.

—¿Me acompañaría? Sin esperar respuesta me dirige hacia la biblioteca. Prende una linterna y la oscuridad se disipa un poco.

El lugar está destruido, hay restos de libros quemados y el hollín en las paredes me indica que hubo un incendio en el lugar.

—¿Qué pasó aquí? —pregunto, no me contesta.

Con cuidado y evitando tropezar con restos de muebles, me guía hacia una de las paredes que está increíblemente limpia, sin rastros del fuego que se aprecia en el resto de la habitación y ahí está, al centro y con un marco de madera común, el retrato de mi amigo llorón.

—¿Es… es este el niño? —señala la pintura.

—El mismo. ¿Quién es, cómo se llama?

—Lo que dice es imposible, señor Pérez…, Antonio. Este niño se llamaba Gabriel. Fue adoptado por una pareja; él era un pintor y ella un ama de casa. Fue amor a primera vista.

—¿Se llamaba, dice?

No me presta atención y continúa su relato.

“Según el protocolo del orfanato, había un periodo de ajuste en el que los futuros padres visitaban al niño, antes de poder llevárselo un fin de semana. En una de las últimas visitas encontraron a Gabriel llorando con un grupo de niños. La imagen quedó grabada en la mente del pintor.

Todo funcionó, el niño se adaptó a sus padres de manera natural y pronto se convirtió en el principal modelo de los cuadros de su padre.

Pero no todo era tan perfecto como parecía. Bruno quería repetir la escena de los niños llorando y no lograba convencer a Gabriel de que lo hiciera, por lo que empezó a golpearlo.

Una tarde Bruno llegó malhumorado al hogar. Su distribuidor le estaba presionando para terminar el cuadro, pero Gabriel no cooperaba. Con frustración lo llamó al estudio donde, una vez más, le pidió que llorara y, ante la usual negativa, tomó un cigarrillo y le quemó una pierna. El niño no pudo evitar las lágrimas y lloró hasta que su padre terminó la pintura.

Olvidándose por completo de su hijo, Bruno montó la obra y fue a mostrársela a su esposa.

—Es muy bella —comentó—, podríamos colgarla en la sala mientras llega el tiempo en que te la tengas que llevar.

No echaron de menos a su hijo, hasta que las llamas empezaron a salir del estudio. Gabriel se había prendido fuego. Su madre llegó primero a auxiliarlo, pero una viga ardiente le cayó en la cabeza. Bruno, al ver la magnitud del fuego y comprobar que nada podía hacer por ellos, huyó, llevándose solamente la pintura.

La casa fue destruida por el incendio. Agobiado por la culpa, Bruno se entregó a la policía, no sin antes hacernos llegar el cuadro.”

—Es horrible lo que me cuenta.

—Lo colgamos en la biblioteca en su honor. El fuego ocurrió 3 días después. Al ver el destrozo y la manera como la pintura sobrevivió, decidimos dejarla encerrada y sellar el cuarto.

—Me gustaría adquirirla.

Poco sabía yo de la maldición que me estaba llevando a casa.

******

Ejercicio para taller Literautas. Éste mes, la consigna era hacer un relato con el título de “La maldición”. Como reto agregado, se trataba de evitar la letra “T” en el relato. Aquí les presente la versión original.

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