La maldición (sin T)

crying boy la maldicion sin t

El edificio enseña las heridas de guerra que los años y el paso de miles de niños le han infringido. “Hospicio San José”, reza el anuncio en el umbral.

Accedo con paso sosegado, reviviendo memorias de mi paso por aquí. Camino por los largos pasillos; el olor a óleo me hace parecer en casa. Los viejos pisos de madera de color negro oscuro crujen un poco bajo mi peso, nada ha cambiado.

Niños se cruzan en mi camino, con el uniforme oficial: ropa en azul, calzado de charol y medias negras. Es allí cuándo escucho el lloriqueo. Llego a uno de los salones y ahí lo localizo. Es un niño pequeño, de 4 a 6 años de edad, su cabello cobrizo cae desordenado sobre su cara. Le dedico una sonrisa que poco hace para aminorar su pena. Me acerco un poco, pero sale corriendo, se esconde bajo unas frazadas.

—Señor Pérez, lo buscaba —escucho la voz del encargado—. ¿Se ha perdido?

—Profesor Ramírez, llámeme Andrés —le saludo—, iba camino a su oficina cuando escuché el sollozo de un niño, vine a buscarlo y ahora el diablillo se me ha escabullido.

Dejo de hablar al observar su cara de sorpresa.

—¿Pasa algo? —inquiero preocupado—, parece alarmado.

—¿Seguro de que lo vio? —su voz vibra un poco.

—Claro que sí, un niño de cabello cobrizo…

Se acerca un poco a mí y me agarra del brazo.

—¿Me acompañaría?

Sin esperar réplica, me dirige hacia la librería. Prende una lámpara y la oscuridad se disipa un poco. El lugar luce deshecho, hay residuos de libros quemados y el hollín en las paredes me indica que hubo un incendio en el lugar.

—¿Qué pasó aquí? —demando, pero no me responde.

Con cuidado y esquivando muebles quemados, me guía hacia una de las paredes que permanece limpia, sin el daño del fuego que se aprecia en lo demás del salón, y ahí, en medio y con un marco de madera común, permanece incólume el cuadro de mi amigo llorón.

—¿Es… es aquel el niño? —señala el óleo.

—El mismo. ¿Quién es, cómo se llama?

—Lo que dice es imposible, señor Pérez…, Andrés. El niño se llamaba Gabriel. Fue prohijado por una pareja; él dibujaba y ella una ama de casa. Fue amor correspondido.

—¿Se llamaba dice?

No me pone cuidado y reanuda su crónica.

“Según el formulismo del hospicio, había un periodo de compaginación en el que los nuevos padres veían al niño, previo a poder llevárselo un fin de semana. En una de las reuniones hallaron a Gabriel llorando con un grupo de niños. La imagen se le quedó grabada al padre, inspiración para un óleo.

Como se preveía, el niño se adecuó a sus padres de manera normal y rápido se afincó como el principal modelo de los cuadros de su padre. Pero había problemas. Bruno quería rehacer la escena de los niños llorando y no lograba convencer a Gabriel de que lo hiciera, por lo que empezó a golpearlo.

Un anochecer, Bruno llegó malhumorado al hogar. Su socio le presionaba a finalizar el cuadro, pero Gabriel no cooperaba.

Con enojo lo llamó al despacho donde, una vez más, le pidió que llorara pero el niño se negó de nuevo, por lo que con un cigarrillo le quemó una pierna. El niño no pudo librarse de las lágrimas y lloró, lo que le dio a su padre opción de acabar el óleo.

Olvidándose de su hijo, Bruno armó la obra y fue a enseñársela a su esposa.

—Es muy bella —aplaudió—, podríamos colgarla en la sala en lo que la cedes.

No echaron de menos a su hijo, solo cuando las llamas empezaron a salir del despacho. Gabriel se había prendido fuego. Su madre llegó primero a auxiliarlo, pero una viga incendiada le cayó en la cabeza. Bruno, al ver la dimensión del fuego y comprobar que nada podía hacer por ellos, huyó, llevándose solo el óleo.

La casa fue deshecha por el incendio. Agobiado por la culpa, Bruno se rindió a la policía, no sin hacernos llegar el cuadro primero.”

—Es horrible lo que me dice.

—Lo colgamos en la librería en su honor. El fuego ocurrió 3 días después. Al ver el daño y la manera como el cuadro sobrevivió, decidimos dejarlo encerrado y sellar el salón.

—Quiero adquirirla.

Poco sabía yo de la maldición que me llevaba a casa.

******

Éste mes, el taller de Literautas nos propuso hacer un relato que llevara por título “La maldición”. Como reto adicional, había que escribirlo sin la letra “T”. Al final yo hice el ejercicio pero decidí mandar el que no cumplía con el reto, que publicare más tarde, éste que presenté, fue el intento por cumplir el reto adicional.

 

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2 thoughts on “La maldición (sin T)

  1. Tengo la “mala” costumbre de escribir siempre los números. Y en tu caso, si lo hubieras hecho, habría aparecido un T, en cuatro. (yo la he pronunciado al leerlo) Por lo demás un buen relato. Extraño, pero interesante.

    PD: A mi se me pasó por la cabeza la idea de hacer un relato sobre un pintor, pero fui incapaz de encontrar algún sinónimo sin T, jejeje.

    ¡Un abrazo José!

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  2. Me parece ingenioso el recurso de escribir la edad del niño con números. Una historia también agradable de leer, que deja a la imaginación el fuego que a esta hora, debe tener en brasas la casa del señor Andrés Perez.
    Me agrada haber visitado tu Blog.
    Saludos.

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