Bésame, bésame mucho.

Going Home 1

Abro la puerta y la soledad me golpea, me deja sin aire. Dejo la bolsa del mandado en el piso y pongo los candados que me dan una falsa sensación de seguridad, que me aíslan del mundo.

Una manzana rueda hasta quedar debajo del sillón. Sé que, si no la recupero ahora, ahí permanecerá hasta que llegue la señora que me hace la limpieza…

La dejo.

Pongo la bolsa sobre la mesa, abro el refrigerador y agarro la última cerveza. Tengo que comprar.

De la nada empiezo a tararear y cuando menos lo pienso, estoy cantando a todo pulmón. ¿De dónde salió el recuerdo?

Tiene más de quince años que no hablo con mis padres. Las cosas no están bien y creo que pasamos el punto de no retorno hace tres, cuando me invitaron a los 70 del viejo y no fui.

“Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…” Canto la canción favorita de mi madre, la última memoria de estar juntos, mientras termino de acomodar los víveres en la alacena; guardo silencio, en realidad no sé cómo continuar la canción.

Volteo a ver arriba del refrigerador, y una vez más la nostalgia me clava su daga en el corazón. Siento, sin poder evitarlo, cómo se forma una lágrima que rápido corre por mi mejilla y se lanza al vacío hasta llegar al suelo. Ese brinco metafórico que hice cuando corté todo tipo de amarras y, al igual que ella, ahora me encuentro estrellado en éste piso frio, solo.

Me entrego al recuerdo mientras me deslizo por la pared hasta quedar sentado en el piso.

—Sebastián, ¿me ayudarías un poco hijo? —la voz de mi madre.

—Estoy ocupado mamá, ¿qué quieres ahora? —le contesto con fingido enojo—. ¿Sabes que tienes más hijos verdad? ¿Por qué ha de ser siempre “Sebastián”?

Sonríe ante mis desplantes adolescentes.

—Eres mi favorito, por eso —contesta, mientras me pasa las cajas que acomodo en la parte alta del refrigerador—. Ten cuidado con el radio, no lo vayas a tirar.

—¿Lo puedo prender? —le pregunto ilusionado. No lo quiero admitir y tal vez nunca lo haga, pero estos momentos a solas con ella son importantes para mí. Doy vuelta a la perilla y tras un poco de estática, se deja escuchar los compases de “Bésame mucho” de Consuelo Velázquez.

Su voz, aguda y pequeña, llena la cocina de un calor más intenso que el horno donde se calienta la cena.

—¿Me enseñarías a cantar como tú? —le pregunto.

Me toma del brazo y empezamos a bailar.

—Siente la canción en tus oídos, deja que atraviese tu alma y se instale en tu corazón. Una vez que sepas que está ahí, dale salida por tu boca.

El ruido de la puerta nos sorprende.

—¡¿Pero qué mierda es esto?! — pregunta mi padre mientras lanza el maletín sobre la mesa—. ¿Otra vez con sus estúpidas cancioncitas?

—Antonio —suplica mi madre

Retrocedo asustado al ver que se aproxima.

—¿Qué quieres, hacerlo mariquita como al otro?

—Espera…

No puede continuar, de un solo golpe la tira al suelo.

—¡¿Por qué le pega, imbécil?! —le increpo.

Debí haber previsto su reacción, pero su golpe me toma por sorpresa, siento un líquido tibio resbalar por mi mentón y caer sobre mi camisa.

No es la primera vez que nos maltrata, es solo la última que estoy dispuesto a aceptarlo, me levanto con dificultad y mirándolo a la cara le digo:

—Hoy me ha pegado por última vez. Hoy le abandonamos. Nunca nos volverá a ver, igual que a Pedro…

Se me aproxima con el puño cerrado, aprieto los dientes esperando el golpe, sin retroceder. El llanto de mi madre llena la cocina y la cena deja de ser importante.

—Sebastián, hijo… —escucho la voz sumisa de mi madre y sé que no lo abandonará, que seguirá ahí a pesar de todo.

Sin pensarlo dos veces, tomo el radio y salgo de la casa.

—Ya volverás ingrato —son las palabras que escucho decir a mi padre mientras me alejo—. Espera que oscurezca, que sientas hambre y volverás.

Me levanto del frío piso y voy al desván donde lo tengo guardado. Saco el viejo radio y lo conecto. La conocida estática me saluda mientras sintonizo una estación. Las notas de una vieja melodía inundan mi departamento y de momento no estoy solo; vuelvo a tener 17 años. Saco el celular y marco. Tal vez sea tiempo de regresar a casa.

******

Con el título original “Sometimes you can go home” ahora repensado y corregido, les presento el último ejercicio de Literautas. La indicación era que la historia girara o tuviera un radio encendido.
Espero les guste.

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