El libro que me cambió la vida

 

papa leyendo
El olor a libros viejos me trae gratos recuerdos. Ellos han sido mis mejores amigos, mis mayores críticos y mis grandes motivadores. Mis libros, siempre conmigo. A pesar de que ahora mi Kindle hace más fácil la acumulación de textos para leer, nada suple ni se compara con la sensación de mantener un libro entre tus manos, sopesarlo, cambiar la hoja con amor, emocionarte con el desenlace y ver con tristeza que quedan pocas hojas. El olor a libro viejo, más embriagador que el más añejo licor.

—Para, José —me dice mi amigo Timo—, nomás empiezas con los libros y te pierdes.

—Es un vicio, pero creo que es uno bueno —comento entre risas.

—Vaya con el vicio. ¿Cuántos libros has leído?…

Su pregunta me toma por sorpresa. ¿Cuántos en realidad? No quiero exagerar, pero sé que debo de andar por los 300 o 400…

—No es la cantidad, sino la calidad, mi amigo —le respondo evitando contestar—. Pero te puedo decir cuál fue el libro que me cambió la vida y me hizo ser como soy ahora.

—La Biblia, seguro.

—No, la verdad no lo fue…

—Anda, ateo me vas a salir ahora —me dice mientras me golpea el hombro—, si bien que sé que eres ratón de iglesia.

—¿Vas a dejar que te cuente o seguirás interrumpiendo? —Finjo enojo—. Pareces comadreja de tanto que hablas.

—OK, tienes toda mi atención, al menos por tres minutos, pero te advierto, si en ese tiempo no captas mi atención, nos vamos por unas cervezas, tú invitas.

—De acuerdo —guardo silencio un momento, tratando de controlar mis emociones y poner en orden mis ideas. Es mi historia favorita y no me gusta contarla a la ligera…

 

Era casi un ritual ver a mi padre terminar de tomar su cerveza, hacer a un lado los platos sucios y encender un cigarrillo. Todo con una parsimonia que sabía que nos mataba. Mientras más tiempo tardara, más tendríamos que esperar a que tomara el libro. Sí que sabía cómo torturarnos. Lentamente se ponía de pie y con paso alegre a veces, o fingiendo cansancio en otras, se encaminaba al librero y sacaba el libro rojo. Ahora sé el título, pero en ese momento, para mí era solo eso, un libro rojo. Lo tomaba entres sus manazas y lo hacía aparecer más chico de lo que en realidad era.

—¿En qué me quedé, chaparros? —nos preguntó—. Ya recuerdo…

Toma el pedazo de estambre que separa la última página que nos leyó…

—Es hora de ver qué pasó con el pequeño patriota paduano. “El pobre chico iba vestido de harapos y enfermo…”
Recuerdo su voz sonora, dando intención y razón a las palabras en cada página. Cómo de manera mágica nos dibujaba la hazaña del pequeño niño que prefirió no tomar el dinero que le ofrecían aquellos que insultaban a su patria.

—Patriotismo—, nos dijo. ¿Saben qué quiere decir? —Sonrió al notar nuestra cara de asombro—. Es amor a la patria, no permitir que nadie hable mal de ella en nuestra presencia. Tu país, José, esa es tu patria. Pero bueno, por ahora terminamos, mañana seguimos con el mes de noviembre…

—No es justo —gimoteé—, queremos saber más. ¿Porqué solo un capítulo por día?

—¿Crees que soy injusto? —

El tono grave de su voz debía de haberme amedrentado, pero sacando valor de donde no sabía lo tenía, le contesté…

—Creo que sí, tú sabes que nos gusta mucho la historia y nos lees muy poco cada vez —Contuve la respiración esperando su respuesta. Mi hermano tenía los ojos como platos sin entender mi enojo—. No es justo.

—Tienes razón, Pepe, no es justo que yo sepa leer y tú no…

—Pero ya voy aprendiendo —le dije emocionado—, ayer leí dos renglones seguidos.

—Te propongo un trato —me dijo—, tú ponle mucho empeño a seguir leyendo cada vez más renglones, y yo te prometo leer dos capítulos diarios hasta que tú seas capaz de leer solo.

Sus palabras me llenaron de emoción y también de temor. El peso de mis 5 años me golpeó el entendimiento, pero aparentando una seguridad que no sentía, le contesté…

—¡Tenemos un trato!

Mi padre se levantó del sillón y salió a fumar al patio, mientras mi hermano y yo vaciábamos el cenicero y devolvíamos el libro al estante. Tenerlo en mis manos era mágico, lo abrí y pase mis dedos por sus páginas, por todas aquellas letras que no entendía pero que en voz de mi padre cobraban vida y nos llevaban a un mundo de fantasía…

—¡José! —Escuché el grito de mi madre—. Trae el libro unos momentos.

Feliz de poder tenerlo en mis manos un poco más, me dirigí a la cocina.

—Ven, siéntate aquí conmigo —me dijo mientras mesaba mi cabello—. Empecemos con la primera letra.

Esta es fácil, esa sí me la sé, así que orgulloso respondo…

—¡C! es la letra C…

Con paciencia infinita mueve mi dedo por cada letra haciendo que repita el sonido de cada una, luego un poco más rápido y al final, a mis oídos empiezan a formarse palabras…

—C… or… a, cora —titubeo un poco pero mi madre me anima—… zon. Dice corazón —digo triunfante… ¡Corazón diario de un niño…! —Me abraza y manda a guardar el libro…

 

—¿Todavía lo tienes? —Pregunta Timo—. Sí que me gustaría leerlo.

—Claro que lo tengo, está viejito y un poco apolillado, pero es el primer libro que leí y te puedo decir, sin temor a equivocarme, que me cambió la vida. Me puso en este camino de la lectura que tanta satisfacción me ha dado.

—Creo que te ganaste las cervezas, vamos yo invito —me dice mientras agarra las llaves del auto—, recuerda que tenemos que llegar por las muchachas.

Lo sigo aún perdido en mis recuerdos, donde el olor a cigarro impregna mis tardes de lectura con mi padre.

 

*******

Parece que se me está haciendo costumbre epiloguear (sic) mis relatos. Esta historia la presente en un concurso que se llama “El libro que me cambio la vida”(tULEctura) y ¡no gané!. Es el recuerdo novelizado de una memoria de mi niñez, el libro es diferente al igual que las circunstancias, pero el sentimiento es el mismo. Siempre queda el consuelo de que aquí en mi blog, siempre seré un ganador y si tú me lees… ¡Pues más!

Saludos y gracias por pasarte por aquí.

José

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