El Aquelarre

brujas

Caos.

El voraz fuego consumía el castillo cual depredador hambriento que con su lengua engullía todo lo que se ponía a su paso. Brujos, aprendices y esclavos cayeron atónitos, sin poder dar crédito a lo que estaba pasando. Los más jóvenes buscaban escapar, lanzando conjuros de agua que solo lograban embravecer más a los demonios ardientes. Los que corrieron con más suerte fueron atrapados por la fuerza inicial de la conflagración y de entre aquel desorden, de entre el caos, surgió una figura diminuta que sonreía mientras abrazaba un gran libro contra su pecho. Revisando una vez más la dantesca escena que se desarrollaba ante sus ojos, tocó la pared y con voz baja pronunció un conjuro. La gran pared se deslizó dando paso a un largo pasillo.

Sin volver la vista atrás, escapó.

Conforme a la tradición, el tercer ciclo lunar llamaba a realizar el aquelarre y hasta ese momento, todo había transcurrido sin ningún contratiempo. Brujos y brujas de todo el orbe desfilaban por el salón principal, presentando sus respetos y sus ofrendas a Unxit. La promesa del banquete y la oportunidad de elegir a un nuevo representante, eran motivos suficientes para aquella gran congregación.

El banquete estaba preparado, los esclavos habían logrado secuestrar una cantidad importante de infantes que seguro le darían un sabor especial al festín. Soraya, la bruja encargada del protocolo, revisaba en un gran pergamino los nombres de los asistentes. De a poco, el gran salón se iba llenando; el bullicio y los gritos saturaban el lugar. Los más ancianos mostraban su cara de fastidio, mientras los más jóvenes observaban todo con el entusiasmo de la novedad. Para muchos era el primer aquelarre de su existencia.

Unxit, logró imponerse a brujos del viejo continente en la edición anterior y por los últimos trescientos años, había mantenido una tensa calma entre las diferentes facciones de brujos en el mundo. Pero ahora era tiempo de un cambio y aunque no era capaz de aceptarlo públicamente, en secreto esperaba con ansia este momento. Estaba cansada y aunque nadie podía poner en entre dicho su labor, era tiempo de un cambio. Era ahora cuando podría afianzar a Timoteo en la silla, para a través de él seguir llevando las riendas, dejando el fastidio de las apariciones públicas a su hijo, era consciente de su poca experiencia, pero no permitiría que el control llegara al viejo continente. Nunca más.

—Soraya —llamó a su asistente—, el hedor de los viejos me está matando, manda a Dorothea que abra las ventanas superiores, la peste me está dando jaqueca.

—En seguida, Unxit —le contestó mientras exageraba una reverencia.

La vio alejarse mientras la sala seguía llenándose. Intentó disimular un bostezo, las ratas del viejo continente se habían agrupado en el centro del lugar. Solo un grupo había desairado su llamado. Aparentaba no sentir molestia por el agravio. No tenía idea del por qué de su inasistencia, pero lo averiguaría. Aun así, le molestaba no saber a quién pensaban respaldar en las votaciones. Con fastidio recibió el saludo de los brujos africanos, que siempre proporcionaban un colorido especial a los aquelarres.

En lo alto de las escaleras, una figura diminuta disfrutaba de la vista y tomaba nota de los accesos al gran salón. Llevaba en sus manos un libro antiguo que apretaba fuerte contra sus senos, como temiendo perderlo. Con sorpresa vio a Soraya acercarse por una de las escaleras. Con cuidado depositó el libro en el nicho de donde lo había tomado y alisándose la falda salió a su encuentro.

—¿Qué es lo que se requiere de mí? —preguntó sumisa.

—Unxit está sofocada, tenemos que abrir todas las ventanas, también manda colocar más flores en los accesos para ver si podemos hacer algo para mitigar el olor…

—Lo que mande su excelencia es prioritario para mí —le dijo con picardía. Bien sabía que no le era indiferente y con coquetería se alejó no sin antes obsequiarle una sonrisa conspiratoria.

Su plan estaba en marcha, era ahora o nunca. Con paso rápido caminó hacia el sótano, en dirección opuesta a la orden que se le había transmitido.

Timoteo la estaba esperando.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó mientras la tomaba entre sus brazos y con manos torpes apretaba sus pechos—. Sabes que me consumo de deseo, ¿por qué habríamos de esperar?

—Calla, tonto —le dijo mientras ponía un dedo sobre sus labios—, el tiempo se acerca. ¿Estás seguro de tu decisión?

—¿Cómo me puedes preguntar eso ahora, acaso dudas de mí?

—No, solo quiero estar segura de que no flaquearás, Unxit es tu madre… —Dejó sus palabras flotar en el aire entre ellos. Era tan fácil manipularlo —. A mi señal, ¿lanzarás el conjuro?

—Como lo ordenes, mi diosa —gimió en su oído, mientras su mano se deslizaba por su entrepierna. Dorothea lo dejó hacer. Era poco el precio por la acción que requería de él. Con pasión tomó su cara entre sus manos y lo besó, un instante después, con manos hábiles desataba su pantalón. El silencio del sótano fue mudo testigo de la copulación entre brujo virgen y bruja virtuosa. Solo cuando sintió su semilla afianzarse dentro de su vientre, se levantó y lo dejó.

—Estaremos siempre juntos, ¿verdad? —preguntó somnoliento—. Cuando madre esté muerta, serás mía para siempre —afirmó ante la sonrisa complaciente de su primera y última amante.

Dorothea regresó al salón principal, donde Soraya la buscaba frenética.

—Unxit está molesta, quiere iniciar el protocolo de inmediato. ¿Has visto a Timoteo?, lo necesitamos ya.

Sin esperar respuesta, subió al podio e hizo sonar un mazo para llamar la atención de los asistentes, que ruidosamente tomaron sus lugares.

—El aquelarre será oficialmente inaugurado por Unxit. Por favor, pongámonos de pie y recibámosla con un aplauso.

Se retiró para darle paso. Un leve olor a quemado le hizo sacudirse la nariz mientras un escalofrió recorría su espalda, pero ignoró ambos hechos y se dirigió a la parte posterior del estrado.

Dorothea examinó el libro, sus gruesas tapas cubiertas de piel marrón olían a historia. El lomo, de un color negro con letras del alfabeto perdido, del alfabeto prohibido, autenticaba la joya que ahora tenía en sus manos. Levantó con parsimonia la tapa, saboreando la experiencia por venir. Muchos años esperó en silencio, siempre a la sombra, buscando su oportunidad, encontrando su momento. Trescientos años se mantuvo fiel a Unxit, sin sobresalir, sin causar ningún problema, preparando su venganza. Sin permitir nunca que descubrieran la verdad.

Las páginas de un blanco imposible se empezaban a llenar de símbolos, de lenguaje. Pócimas y conjuros se mostraban impúdicos ante sus ojos. Por fin el poder era suyo, por fin la victoria estaba al alcance de sus manos.

Levantó la mirada y vio a Timoteo acercarse a las grandes cortinas. Lo miró segura y supo que su plan iba a funcionar.

Con paso firme se aproximó a la ventana y le susurró al viento…

—Draconem…

Timoteo escuchó el aleteo de los dragones y corrió a cumplir su parte. Los barriles que rodeaban el gran salón no contenían vino como los invitados pensaban. Con gran precisión fue cortando las amarras a la vez que un líquido negro y viscoso anegaba el piso a los pies de los invitados. El rugido del primer dragón heló la sangre de los asistentes que, intuyendo el peligro, empezaron a correr hacia la salida, solo para encontrar la puerta cerrada.

Los más antiguos intentaron abrirla con magia, pero estaba protegida con un conjuro prohibido, por mucho desconocido que repelía todos sus intentos. Un fuerte golpe hizo vibrar los aposentos a la vez que la bestia asomaba la cabeza y soltaba un torrente de fuego que rápidamente incendió la brea extendida por el piso. Un segundo dragón sobrevoló la estancia y posándose sobre el techo, lanzó su fuego sobre las pajas que protegían la cubierta.

Dorothea lanzó el conjuro desde el balcón y el techo se abrió dando paso a la criatura. El caos y la confusión reinaban en la sala. Soraya apuraba a Unxit a la parte posterior del templete, pero el dragón fue infalible y en un instante fueron consumidas por el fuego. Los gritos de los brujos rivalizaban con los rugidos de los dragones que, libres de moverse dentro del salón, lanzaban sus llamas y pisoteaban indistintamente a los invitados.

Timoteo subió presuroso las escaleras para tener una mejor visión del espectáculo. Uno de los dragones lo vio subir y movió su largo cuello para impedirle la huida. Timoteo vio con horror cómo Dorothea desaparecía a través de un muro sin prestarle ayuda. Decidido a defender su vida, encaró a la bestia y sin temor le lanzó los conjuros con los que habían sido convocados; seguro de que reconocerían en su persona a un aliado. El crujir de sus huesos al ser mordido por el dragón fue tan fuerte que se escuchó en todo el aposento. Su grito de dolor ante la traición murió ahogado entre el rugido del fuego y su incredulidad por lo que estaba sucediendo.

Dorothea paró de volar por unos instantes y volteó la mirada hacia la columna de humo que era su creación, una lágrima rodó por su mejilla en honor del que había dejado atrás. Se frotó el vientre sonriente, sabedora de que la semilla de Timoteo crecía dentro de ella.

Un nuevo orden saldría y aunque le eliminación de los brujos quedaba cerca de la extinción, tenía clara su misión: recorrer el mundo hasta ser Unxit, la Única. Tenía el respaldo y ahora los medios. Sacó el libro de entre sus vestidos y abriéndolo, lanzó el conjuro primarium, ese que le garantizaba la vida eterna. Fijó su mirada en el horizonte. Cuando los dragones surcaron el cielo por encima de ella, tomó su escoba y los siguió. Volaron con rumbo al viejo continente, en especial a Zugarramurdi.

Su labor apenas comenzaba.

Cuatrocientos años después, Ángela Dorothea gobierna la Unión Europea, mientras su hijo David lo hace en la Gran Bretaña.

********

Las brujas y los aquelarres, temas comunes pero totalmente ajenos a mi persona. Quise participar en un concurso con el tema “Brujas”. Pero de modo desafortunado, leí mal la convocatoria, o leí lo que quise leer ya que estaba muy claro el periodo de recepción de trabajos. Mea culpa. Agradezco a mis amigos Torbellinos, Ana, Miranda y Pato Menudencio por su ayuda. Mención especial para el Aquelarre de la vida real, conformado por Cecy, Ana y Yammel que también fueron parte de este proyecto. A todos gracias y una disculpa por mi metida de pata.

Espero les guste, ya que es algo totalmente opuesto a lo que suelo escribir.

Saludos.

José

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