El baile de las letras

Desanimado, tomo asiento ante el papel en blanco. El afilado lápiz me mira expectante, viendo si mi mano lo toma o lo ignora. La mente me divaga con mil y ni una idea. La culpa es del café seguramente; sé que no debo tomar más de dos tazas, pero aquí estamos.

El papel en blanco me deslumbra como faro de niebla a media noche. Nervioso tomo el lápiz, lo examino y me detengo en el 2 grande y el HB más pequeño. Sin siquiera pensarlo, lo llevo a la pagina y escribo la letra H.

Tengo un buen amigo cibernético que dice que escribir es el arte de juntar letras en palabras. Mira pues que ya tengo la primera letra. Cierro los ojos y veo las letras bailar una danza exótica, ¡con juegos pirotécnicos! Como una explosión multicolor en mi cerebro resultado de un viaje ácido (me han dicho).

Extiendo mi mano e intento que se unan, pero cual chiquillos jugando me eluden, se mofan.

¡Puta madre! Soy todo un cliché, bloqueo de escritor en ciernes ¡jah!

De reojo veo el papel y noto que algunas letras están coqueteando entre si, como buscando unirse sin saber muy bien el orden. Una tercia de As, una coqueta Z y una sonriente U. Juntas danzan en el papel buscando el acomodo que mi mente se niega a proporcionar o sugerir.

Imagino un lago, dos niños nadando y uno se ahoga… ¡No, no y no! No más tragedias. ¿Por qué no puedo ser menos dramático?

Abro los ojos y veo que un par de letras más se han unido al baile, una B embarazada le da la mano a una E que sencillita se deja llevar.

Mi mente vuela a aquel primer libro que leí por mis propios medios, “Corazón diario de un niño” de Edmondo De Amicis. La manera magistral en que las letras se unían en esas historias entrelazadas con el desarrollo del pequeño Enrique; de la manera tan formal de ver la vida y cómo en cada cosa había una enseñanza… Y ahora heme aquí, ciento y veintitantos años después, queriendo escribir una historia de niños y voy y ahogo uno. ¿Qué me pasa?

¡Anda, que una V se ha unido a la fiesta!, las miro y no logro ver nada.

¿Qué es lo que dicen?¿Qué pasa, acaso esa es una N en la parte baja de la hoja?

Conozco un refrán que más o menos reza. “Escribe sin parar hasta que tus palabras tengan sentido”. Me lo inventé o en realidad algún escritor famoso lo ha dicho… ¡Yo que sé!, no paro de ver el lago y el cuerpo del niño flotando, tal vez esa sea la historia…

“Dos niños fueron al lago sin permiso y uno se ahogo”…

Fin.

¡Carajo! Agarro la hoja con intención de detener la tortura, de quitarle a las benditas letras su pista de baile, que se pudran junto con mi inspiración perdida. Pero espera, una última letra se ha unido, una I me mira desafiante, grosera. ¿No entiende que estoy bloqueado?

El número 2 está listo, solo que ahora con la punta chata asi que la afilo al tiempo que una leve brisa entra por mi ventana. Inhalo con fuerza, forzando a mis pulmones a extenderse, a purificar mi sangre y mi cerebro. Una idea quiere tomar forma en mi cabeza. Mi mano adquiere voluntad y dejándose llevar, pone orden al baile, como si fuera director de orquesta.

Mira que al fin tengo el inicio…

Había una vez…

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