Todo cambió en diciembre.

isla mall

“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”…

Lee por cuarta vez, cierra el libro y suspira. Mira su reloj, actividad inútil; «llegará cuando llegue», ni un segundo antes ni un segundo después.

Sin soltarlo, pasea su mirada por la pequeña isla infantil del centro comercial donde esta varado. Al igual que él, varios hombres comparten su dolor y sufrimiento. Se adivina el fastidio y el cansancio en sus miradas, de tanto esperar a sus parejas; cuidando niños y sirviendo de almacén para que sus amadas puedan deambular libremente por las tiendas, como zombis buscando ofertas «¡Brains, brains!». Una risa involuntaria sale de su boca al imaginar a San Juana en harapos y deambulando con la mirada perdida, buscando víctimas, o zapatos.

¿En qué momento aceptó venir al centro comercial con ella? En realidad sabe que no tiene opción, pero en su mente imagina varios escenarios que le llenarían más de alegría en estos momentos, que su situación actual.

Se escuchan gritos del Irish Pub, seguramente anotó el equipo local. Su lengua le juega una mala pasada y saliva ante la idea de tomarse un trago, comer una hamburguesa. Esta tan cansado, tan harto de todo. Sabe que tiene que tomar una decisión. «Un milagro es lo que ocupo ahora», piensa y vuelve a reír. Se sabe dramático, en más de una ocasión San Juana se lo ha hecho notar.

El llanto de un niño lo saca de sus pensamientos y regresa a la realidad. Uno de sus compañeros de sufrimiento auxilia al crio que se ha raspado la rodilla y llora como si los intestinos se le estuvieran saliendo por la herida. «Al menos no tenemos hijos» piensa. No por falta de insistencia de ella, pero él se sabe inadecuado para criar y menos educar a un niño.

Llevan diez meses juntos y están en una posición en la que se vienen cambios, de los cuales no está muy convencido y que ha venido evitando como la malaria. Se siente atrapado, la sensación de claustrofobia regresa a su pecho y tiene que inhalar varias veces para alejar el imaginario sufrimiento.

Lo que comenzó con un inocente cepillo de dientes y una pequeña maleta, sin él darse cuenta; escaló a un cajón en el baño y luego a medio closet. Tenía que admitirlo, «¡Estaban viviendo juntos!»

La ve acercarse con varias bolsas más, cuanta resistencia tiene el plástico que soporta semejantes embates… «Gordo, ¿me ayudarías con el pago de la tarjeta? Te juro que te lo repongo», su cantaleta a final de mes, promesas incumplidas.

«¿Cuándo pasó esto?, ¿Cómo?». Siente sus estomago gruñir de hambre, lleva casi dos horas esperando. Escucha su risa y la ve detenerse a mirar un aparador. El mismo que examinó en su anterior visita a la isla. Voltea, le dedica una sonrisa y entra en la tienda… ¡por enésima vez!.

¡La odia, la quiere, la tolera!. Hay días que quiere ahorcarla y otros en los que extraña sus pies fríos en sus piernas. Deja el libro que sabe no va a leer. Se pone de pie para darle circulación a sus piernas, la derecha esta entumida. Mete la mano en el bolsillo y saca la carta que con tanto cuidado redactó. La escena que se avecina lo aterroriza, pero no tanto como la opción b en su otro bolsillo. «¿Cómo puede ser tan inconsciente? —se pregunta—, ni por un instante se ha detenido a pensar que él pueda tener hambre, o ganas de ir al baño». Definitivamente terminarán hoy. Siente el bulto en su bolsillo y le parece que pesa una tonelada. ¡Está harto!. Brinca por encima de las bolsas, dispuesto a dejarla ahí, de correr sin volver la vista atrás, de olvidarse para siempre de su risa, de su voz, de su rubio cabello, de la forma que lo abraza… Da tres pasos y la ve acercarse, ¡no podrá huir, seguirá atrapado!.

San Juana se acerca y con una gran sonrisa, le muestra una bolsa con una hamburguesa… en ese momento entiende el milagro al que se refería el libro que tanto intentó leer. Su risa ahora es verdadera y mientras ella se acerca, se da cuenta de que la ama, de que no le importaría dejarle todo el closet, sacar sus cosas del baño. Que está dispuesto a venir con ella al centro comercial tantas veces como quiera. Arruga y tira la carta al piso, saca de su bolsillo la caja y poniendo una rodilla en el suelo le tiende la mano.

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4 thoughts on “Todo cambió en diciembre.

  1. Me imaginé a mi esposo, él es quien da vueltas y gasta sin medir. Yo voy a lo que voy y ya.
    Tan chueca que empezó la cosa y tan romántica como término. Muy bonito ese final, son esos pequeños gestos los que te hacen valorar a la persona que tienes al lado.

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