Amor Fraterno

amor fraterno

 

—Vamos a ver cómo lo resuelves —comentó Antonio—, te reto a que lo hagas a la primera.
—Para ti todo es fácil —retobó Carlo—, ¿sabes que nadie te traga por sabelotodo, verdad?

Antonio le mostró esa sonrisa que hacía que deseara partirle la cara, pero como siempre, guardó la compostura; «ya vendrá mi tiempo», se decía a sí mismo. Con gran parsimonia botó la pelota un par de veces más, buscando desesperarlo.

—¡Podrías tirar ya! —le gritó Antonio desesperado.

Levantó la bola por arriba de su cabeza y con un movimiento fluido la lanzó. El tiempo se detuvo y los segundos se hicieron minutos. La bola pegó en el tablero, en el aro y salió despedida a la izquierda, justo a las manos de Antonio. «Lo peor de todo es que lo sabía», se dijo con rabia.

—¡Mierda!
—Vamos, no es para tanto, hermanito, si quieres te doy otra oportunidad… —se burló mientras se le acercaba jadeando. Poco le importó verlo débil, su mano tomó vida propia y sin apenas sentirlo apretó el puño. Vio como en un arco perfecto, sus nudillos conectaban con la barbilla de su hermano.

—Eso es faul —se quejó Antonio—, ¿por qué lo hiciste?
—¡Me tienes hasta la madre! —Le escupió mientras lo empujaba y se alejaba rumbo a la casa.

Entró a la cocina y dando un portazo subió las escaleras. No quería hacerlo, pero las lágrimas empezaron a empañar su visión, no podía evitarlo, su hermano siempre lo vencía, aun ahora que lo había golpeado, el sentimiento de culpabilidad le estaba comiendo el seso y más que Antonio no le hubiera reclamado, ni siquiera amenazado con acusarlo con sus padres.

Limpiándose la cara con la manga de la camisa, se asomó a la ventana para ver si Antonio seguía en el porche. Lo vio sentado en el suelo, su respiración era agitada y se llevaba la mano al pecho como si le doliera. Su palidez acentuaba sus ojeras, tanto que las percibía desde su cuarto.

—¡Mamá!, ¡es Antonio! —gritó mientras corría y bajaba los escalones de dos en dos.
—¿Qué pasa Carlo, por qué el alboroto? —preguntó su madre.
—Es Antonio, creo que está mal, está en el porche…

Sin esperar más explicaciones, su madre salió a revisar a su hijo mayor. Carlo se quedó en la cocina, no quería darle oportunidad a su hermano de que lo acusara.

—¡Carlo, llama a tu padre, el celular está en mi bolsa! —escuchó gritar a su madre.

Aquella orden lo despertó de su parálisis, sacó el teléfono de su madre y marcó.

—Papá, soy Carlo; Antonio tiene una crisis, se ve mal… —cerró el teléfono al escuchar que se desconectaba la llamada.

Desde la seguridad de su habitación, vio como los paramédicos subían a Antonio a la camilla, la mascarilla de oxígeno le daba un aspecto tétrico a su rostro. Quería sentir remordimiento, pero solo sentía coraje. Aun ahora, mientras veía la ambulancia alejarse, lo odiaba por seguir monopolizando la atención de sus padres. ¿Qué culpa tenía él de que Antonio estuviera enfermo siempre? Limpió su nariz con la manga de su camisa y sacó sus cómics tirándose en la cama a leerlos. Cómo deseaba ser como los superhéroes, sin embargo se sabía más como el villano.

No supo cuánto tiempo durmió, lo despertó el ruido de su estomago exigiendo alimento. Se asomó a la ventana y vio que era de noche. Volteó a ver el reloj del buró y éste marcaba las nueve de la noche. «¿Dónde estaban todos?». Sintió dolor en su mano derecha y vio que tenía los nudillos enrojecidos, poco a poco la memoria de lo que había pasado regresó a su conciencia. Bajó las escaleras y en la cocina se preparó un emparedado de salchicha, su favorito. Tomó una lata de refresco “prohibido” y se sentó en la sala. Prendió la televisión y con ansiedad devoró su bocadillo. Al terminar sacudió las migajas del sillón; llevó la lata vacía al bote de basura de la calle para no ser descubierto. Lo sobresaltó el sonido de las campanas del viejo reloj su cucú Eran las once de la noche, sí que se metería en problemas si sus padres lo encontraban despierto. Sin ánimo subió las escaleras y se dejó caer en su cama.

—Pobrecillo, déjalo dormir —escuchó la voz de su padre—, ya mañana le daremos la noticia. Tenemos que avisar a mis padres.

Se quedó quieto, no quería que se dieran cuenta de que estaba despierto, pero, ¿qué había pasado?, ¿dónde estaba Antonio? Un escalofrió recorrió su espalda al escuchar llorar a su madre…

—No lo sé, tal vez debamos esperar a la mañana, ahora no podrán hacer nada… —pero los sollozos le impidieron continuar— Antonio ya descansa, lo mejor será prepararnos para mañana…

«¿Antonio ya descansa?» Las palabras le daban vuelta y vuelta en su cabeza, trataba de encontrarle un significado diferente al que su estómago le sugería…

—Mamá… Papá… ¿Antonio está muerto? —preguntó a sus padres—. ¿Es eso verdad?, ¿se murió en el hospital?

Su madre se acercó a la cama y al abrazarla, Carlo comprendió que era verdad lo que suponía, sus padres habrían muerto si se hubieran percatado de la sonrisa que acudió a sus labios…

—¿Eso quiere decir que ahora sí podrán ir a verme jugar mañana, verdad?

En efecto, si había un papel en este cómic expreso para él, era el de villano.

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4 thoughts on “Amor Fraterno

  1. ¡Buenísimo, José! No hay nada que me guste más que un niño villano jaja. Esto podría ser un buen comienzo para un sociópata asesino. Esa falta de afecto y compasión es digna de desarrollo.
    Te felicito.

    Por cierto, la bebida prohíbida, ¿es por el azúcar o porque era cerveza? jaja

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