Domingo

Agarro las llaves del auto y salgo presuroso de la casa, mi mujer me desea suerte y como siempre, me despide con un beso en la puerta.

—Sabes que te llevaría si pudiera, ¿lo entiendes, verdad? —le digo mientras la abrazo fuerte, ella me obsequia una de sus mejores sonrisas.
—Claro, tonto, te estaremos esperando, le prometiste a Fernandito llevarlo al cine —me toma de la mano y me acompaña al auto.
—Nos vemos en la tarde —levanto la mano en señal de despedida. Alcanzo a ver a Fernandito en la puerta de la casa.
—¡Nos vemos más tarde, campeón! —le grito mientras me salgo en reversa de la cochera. Él me regala una sonrisa chimuela que me derrite el corazón,

Todos los domingos la misma rutina, en el día, tradicionalmente dedicado a la familia, a mí me es imposible pasarlo con la mía. Mi mujer y mi hijo son muy comprensivos, hubo un tiempo en que me acompañaban, pero últimamente es motivo de incomodidad.

Llego sin prisa a la esquina del parque central, a la primera banca del lado de la florería. Y ahí está, como todos los domingos, luciendo sus mejores ropas, su pelo relamido y un ramo de flores en sus manos.

—Nos vamos, don Julio —me obsequia su mejor sonrisa mientras trabajosamente se pone de pie. Como todas las veces, saca su pequeña libreta y me pregunta…
—¿Eres Rodrigo?


No tengo el corazón para corregirlo, así que solo lo tomo del brazo y lo llevo al auto. Durante el trayecto, se empieza a animar, de repente parece ser el mismo don Julio de siempre; mi padre.

—Sabes, muchacho, tú me recuerdas un poco a mi hijo.
—Seguro es un buen tipo —le sigo el juego.
—No sabes con qué ilusión esperábamos su nacimiento. Su madre estaba tan contenta del embarazo, que me ocultó su enfermedad; si lo hubiera sabido, tal vez habría tomado otras decisiones, pero ella me conocía muy bien, así que me lo ocultó todo el tiempo. Visitas al cardiólogo cuando me decía que era con el ginecólogo…
—Cuénteme más de ella, don Julio, ¿recuerda dónde nos quedamos el domingo pasado?
—El quinto mes fue el mejor de todos hasta ese momento, el bebé empezó a dar patadas y a moverse dentro de su madre. No había nada que nos diera más emoción que estar poniendo nuestras manos sobre su vientre y sentir sus pataditas. Yo bromeaba que seguro sería hombre, y futbolista. Ella secretamente deseaba que fuera una niña, pero de forma deliberada, decidimos no enterarnos del sexo del bebé hasta que naciera, a la antigua pues…

Guarda silencio y su mirada se pierde en el horizonte, sé que su mente está reviviendo los momentos que me cuenta, compartiendo con mi madre todas las emociones de mi próxima llegada.

Disminuyo la velocidad al llegar a la entrada del cementerio. Pongo mi mano sobre su hombro, él levanta los ojos y me mira agradecido. Un gran nudo me cierra la garganta. Esta es la parte más difícil, ver cómo su seguridad se desmorona y lentamente camina por los pasillos hasta llegar a la tumba de mi madre. Con gran parsimonia retira las flores que puso la semana anterior, y con sumo cuidado arregla las nuevas en la base. Luego se retira como para comprobar que todo está en su lugar, y soltando un suspiro, lucha por contener las lágrimas. Cuidando de no sorprenderlo, me acerco a él y pongo mi brazo sobre su hombro…

—Llore, don Julio —sus brazos rodean mi cuello y apoya su cabeza sombre mi pecho, siento la humedad de sus lágrimas traspasando mi camisa y llegando a mi corazón…
—Ay, Fernando, si supieras lo que la extraño, lo que quisiera estar con ella.
Y en ese instante vuelve a ser mi padre, su mente está clara y alerta, me da un fuerte abrazo y me dice…
—¿Qué tan mal estoy hoy?
—Mejor que otras veces, papá.

La misma rutina, y en ese instante en que el Alzheimer me permite platicar con él, aprovecha para preguntarme por María, y por Fernandito…

—Creciendo, papá, cada vez está más grande y cada vez se parece más a usted.
—Me gustaría verlo, abrazarlo, pero, de seguro que me tiene miedo.
—Tal vez la próxima, papá, la última vez fue un poco traumática para él, pero desea verle, anda todo el tiempo con su viejo sombrero, y tomando la pipa le imita. Le ama, ¿lo sabe, verdad?
—Odio ser así, no sé qué pasa en mi cabeza, es como si hubiera una pared que cada vez es más alta y me impide ver hacia afuera —inclina la cabeza como con vergüenza—. ¿No siempre fui así, verdad, hubo un tiempo en que estaba bien?, solo que ahora no lo recuerdo…

Se golpea las piernas en señal de frustración.

—No pasa nada, papá, tranquilo —pero puedo ver en su mirada que la situación le duele.

Mi madre murió al nacer yo, me cuenta mi padre que su corazón falló durante el parto y que al verse en la encrucijada de salvarse ella o salvarme a mí, ella había sido firme. Los doctores hicieron su mejor esfuerzo, pero al final, solo pidió que me pusieran en sus brazos para darme un beso en la frente…

—¿Sabes que esa mancha que tienes en la frente es del beso de tu madre? —me dice adivinando mi pensamiento—, te amó más que a nadie en el mundo, los meses previos a tu llegada tienen que haber sido los más felices de su vida, y estoy seguro que en ese beso, depositó todo el amor que requerirías a futuro.

Cierra los ojos mientras intenta contener una vez más las lágrimas. Sé lo difícil que es hablar del tema cuando esta lúcido, pero lo dejo estar, es parte de nuestro domingo.

—No fue tu culpa —me dice tomándome del brazo— ni por un momento te consideré responsable de su muerte.

Me abraza fuertemente como para enfatizar sus palabras. Siento en ese abrazo todo el sentimiento contenido que su condición le hace olvidar.

Su enfermedad se empezó a manifestar poco después de nacido Fernandito, rápido fue evidente que no podía seguir estando solo. Lo llevamos a casa, pero nuestro trabajo nos hacía imposible darle el cuidado que requería. En varias ocasiones se salió de la casa y la relación con Fernandito se hacía tensa, así que después de discutirlo, concluimos que la casa hogar era la mejor opción para su bienestar, y ahora, cada domingo, su lucidez vuelve por unos instantes, en los cuales aprovecho para reconectar con él.

Le tomo de la mano y caminamos hacia el auto, se detiene unos instantes como tratando de descifrar algún enigma, voltea la mirada a la tumba, saca un viejo pañuelo de su bolsillo y enjuga sus ojos; luego guarda silencio unos instantes y sé que lo he perdido.

—Muchacho, ¿te platiqué cuando a mi Rosario se le empezaron a hinchar los pies en el séptimo mes del embarazo? —sonríe sin esperar mi respuesta, continua—, no había zapato que le sirviera, así que decidió andar descalza todo el tiempo, ya te imaginarás los pleitos a la hora de salir a consulta. Al final encontramos unas sandalias que le acomodaron. Te puedo decir, sin temor a equivocarme, que nunca se las sacó por miedo a que le fueran a quedar chicas…

El resto del camino sigue animado, contándome una serie de anécdotas de su vida que aun sabiéndolas, me causaban risa. Nunca entendí porqué me tenía confianza si no sabía quién soy. Dentro de mi corazón albergo la esperanza de que sea que en algún rincón de su mente enferma, me reconoce, sabe quién soy.

Y así, como cada domingo, revivo los nueve meses más felices de su vida, la tierna espera al lado de su mujer. Llegando a la casa hogar no sabrá quién soy una vez más, pero me apunta en su libreta y me pone algún otro nombre, el de mi abuelo o algún tío segundo; es orgulloso para preguntar mi nombre.

Sé que el próximo domingo estará esperando en la banca sin saber que es a mí a quien espera, tal vez la próxima vez seré Antonio o Gerardo, su hermano. Pero a mí no me importa, sé que esos pequeños momentos que le brindo le llenan de felicidad, aun si no sabe mi nombre.

Llego a la casa hogar y nos está esperando Raymundo, su enfermero particular. Un tipo alto moreno con cara de niño que hace que mi padre se sienta tranquilo.

—¿Qué tal ha ido todo esta vez, Fernando, notó algún progreso? —me pregunta.
—Igual, no; mejor que otras veces, esta vez aguantó más y estuvo conmigo casi hasta llegar al auto, hubo un momento en que estaba totalmente ahí, pero luego la luz se fue de sus ojos y volvimos a nuestra rutina.
—Esta enfermedad es una perra —dice con enojo—. Todos los días le muestro las fotos que me dejó, siempre me pregunta quiénes son; yo le platico que son su hijo y su nieto. Las fotos de sus hermanos sí las reconoce, pero se pone triste porque sabe que están muertos. Toma las fotos y llora, sé que se esfuerza, pero también sé que estos paseos en domingo son su mejor medicina, no sabe porqué, pero está contento el resto de la tarde.
—Hoy me ha dicho que siente como si tuviera una pared de ladrillos en la mente, que lo está aislando del mundo.
—Me impresiona el grado de lucidez que pueden mostrar a momentos. Lo que le vengo queriendo preguntar y que no termino de entender, ¿por qué en domingo?

Conteniendo el llanto, por una mujer que no conocí, pero que amo en los recuerdos de mi padre, le contesto…

—Fue en un domingo que falleció mi madre.

 

p.d. Este relato me fue rechazado por la revista Argonautas. Ojalá sea de su agrado y como siempre espero sus comentarios y criticas.

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8 thoughts on “Domingo

  1. Que no cumpla los requisitos de publicación no significa que no sea un texto que merezca la pena ser leído.
    Te recuerdo que un día me decías que la poesía se te daba mal, y ¿esto que es?
    Sólo te hago un pequeño apunte; me despistó un poco el cambio a pasado en el párrafo justo después de la anécdota de los pies hinchados. Todo el texto en presentes y ese cambio de tiempo verbal me pareció brusco, puede que usando un compuesto “El resto del camino ha seguido animado…”
    Como siempre es una sugerencia, y en todo caso el texto es profundo, tierno y tiene ese deje de conciencia que te gusta imprimir a tus relatos de vez en cuando.

    Con respecto a lo de la publicación: más suerte la próxima vez y un pequeño consejillo, si crees que el texto merece la pena para ser publicado, no lo rechaces tú porque no te lo admitan en la primera puerta, hay millones a las que llamar para que te abran.
    Besos.

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  2. Es un relato muy redondo. Ese aroma de misterio del principio, esa transición muy natural para descubrirnos la historia real. Consigues interesar al lector y transmitir. Eso es lo importante. Quizás, siempre recortando, eliminaría la parte final, cuando vuelve a casa. La misión del relato ya se ha cumplido al llegar ahí, no necesitas explicar nada más. Un abrazo

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    • Gracias por tus generosas palabras David. Este relato tuvo un principio y fin en mi mente, aun antes de desarrollar lo de enmedio. Queria terminar con la revelacion de que en un domingo fue cuando el mundo de Julio se derrumbo. Batalle un poco con lo del enfermero, pero necesitaba un medio para dar la frase final. Estamos caminando y aprendiendo. Tomo muy en cuenta todos los consejos y con temor de sonar a disco rayado… muchas gracias otra vez de nuevo jeje.

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  3. José me hizó llorar este relato. Me envolvió la historia. Me metí en los personajes. Felicitaciones. Excelente… No soy escritora pero sí buena lectora. Bendiciones y éxito.

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