Primeros concursos literarios.

Hola, ¿qué tal?

Tratando de conquistar otras fronteras, me anime a participar en dos concursos de revista de relatos cortos. La primera pedía una historia basada en el detonante “Ella dijo no”. La historia “Hasta que la muerte nos separe” fue mi intentona.

El segundo ocupaba un tema erótico. “Los zapatos rojos” fueron mi burdo intento de ser sensual.

Aquí les dejo las dos historias y como siempre, agradeceré sus comentarios, buenos o malos.

José Torma

*****************

Hasta que la muerte nos separe.

El sol a mis espaldas, las primeras personas haciendo su rutina de ejercicios y otras corriendo en la arena. Todos felices, todos inconscientes, insensibles a mi desgracia. El ir y venir de las olas me hipnotizan. Reviso la hora y me sorprende ver que tengo poco más de ocho horas sentado aquí en la playa.
La botella de champagne sin abrir y la canasta de picnic; el mantel sobre la arena y sus zapatos. «Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». Cuántas veces había escuchado la frase sin, en realidad, apreciar su significado. Veo mis manos y un escalofrío recorre mi espalda. Escucho unas voces a mis espaldas, ya no me importa nada.
El viaje había transcurrido sin ningún contratiempo, estábamos felices de poder escapar unos días de la ciudad y estarnos tirados todo el día en la playa, tomando el sol y bebiendo cerveza. Bromeábamos de los turistas y sus modas estrambóticas; reíamos y bailábamos. Todo perfecto para mi siguiente movimiento, mi sorpresa final.
Le pagué al conserje del hotel para que preparara todo. La hora estaba establecida, solo me faltaba convencer a Astrid de ir a la playa.
—Amor, tú sabes que no me gusta estar en la arena —me dijo haciendo ese puchero que sabe me desarma.

—No seas hostil, dale una oportunidad al mar, seguro te encantará —le dije tratando de convencerla.

—Será tu fin si se me estropea el cabello —me sonrió mientras entraba al tocador—. ¿Vamos en traje de baño o con ropa ligera?

—Ponte ligera, por si se antoja ir al bar más noche.

Haciendo un guiño desapareció tras la puerta. Me hace reír que, a pesar del tiempo que tenemos juntos, aún cierra la puerta del baño en mi presencia. La amo con locura, al grado que no puedo imaginar mi vida sin ella. Saco el anillo de mi bolsillo y lo froto en mi camisa; un diamante de Tiffany´s, mis ahorros de un año; pero vale la pena, ella vale la pena todo.

Salimos tomados de la mano, como novios enamorados. Como siempre ella lleva la voz cantante y pronto me veo envuelto en una vorágine de pareos, sandalias, sombreros y gafas para sol. Me encanta mi niña cuando está feliz. Sopeso el anillo en mi bolsillo como queriendo asegurarme de que ahí está.

Tomamos un par de cervezas y volvimos al hotel. Al pasar por recepción le hice la seña convenida al conserje que inclinó la cabeza en complicidad.

El corazón se me quiere salir del pecho, las manos me sudan. Jamás pensé estar tan nervioso. Abre los ojos en señal de sorpresa al ver el escenario que le tengo preparado; se sienta con calma y voltea a verme con ojos de asombro.

—¿De qué va esto Rodrigo?

La tomo de la mano y le hago la pregunta…

 

—¿Qué paso después? —me pregunta el oficial—. ¿Por qué la mató?

Levanto los ojos y lo veo con incredulidad.

—¡Ella dijo no!

 

 

*****************

Los Zapatos Rojos

Abrió lentamente los ojos, se pasó la mano por el cabello y se dio cuenta de que necesitaba un baño. Intentó incorporarse pero un fuerte dolor de cabeza le hizo reconsiderar, ¿qué había pasado? Se incorporó lento, tratando de ignorar la fuerza del dolor que amenazaba con hacer estallar su cabeza. No reconocía el cuarto en el que se encontraba, se encaminó hacia lo que suponía era el baño. Prendió la luz y se examinó en el espejo. ¿Quién era el extraño que le regresaba la mirada?, se pasó una mano por la barba crecida e intentó pensar en algo simple. ¡Su nombre!, tendría que saber algo tan elemental como su nombre y, ¿por qué estaba desnudo?

Salió del baño y empezó a explorar el cuarto en el que se encontraba. No había ninguna fotografía ni nada que le diera personalidad al cuarto. Sus paredes, pintadas de un amarillo descolorido, no daban indicación alguna de quién pudiera ser el habitante.
Se fijó que en realidad era un pequeño departamento ya que tenía una cocineta, la cama, una mesa con dos sillas y prácticamente era todo. Solo un póster de una mujer en un bañador rojo le indicaba que tal vez fuera un hombre el que lo habitara. ¿Sería acaso su departamento?, no lo podía recordar.

Apartó la mirada de esa sonrisa seductora y siguió su exploración. Caminó al lado contrario de la cama y se sorprendió de ver unos zapatos de mujer rojos, bastante altos. Los tomó con mano resuelta y se preguntó si habría en ese lugar un par de analgésicos.
No tenía un recuerdo claro de cuánto había bebido. ¡Demonios! Ni siquiera recordaba haber bebido, pero la fuerza de la resaca no le dejaba ninguna duda de que lo que quiera que fuese lo que tomó, fue en cantidad considerable.
Tal vez había tenido suerte en algún bar. Vio su ropa aventada en una esquina, la recogió con curiosidad ya que era ropa formal. ¡Un Tuxedo! Con cuidado lo puso sobre la silla y volvió a los zapatos. Estos eran de un rojo intenso. Por un momento tuvo una idea loca, ¿serían de la chica del póster? En ese instante se percató de que no había ninguna ventana, volvió al baño a cerciorarse y ahí confirmó su sospecha. ¿Dónde diablos estaba?

Regresó a su ropa y empezó a vestirse, todo estaba ahí menos sus zapatos, y los zapatos rojos eran la única prenda femenina en todo el departamento. Si era un sueño, estaba cerca de ser una pesadilla, pero, ¿si era verdad?, tenía que salir de ahí de inmediato. Avanzó a la puerta y, al abrirla, una luz cegadora le hizo taparse los ojos; dentro de esa luminosidad la vio, una mujer hermosa, rubia, que le sonreía.

¡Era la chica del póster!

Como flotando en el aire entró en la pequeña habitación, lo tomó de la mano y lo llevó hacia la cama. Con suave parsimonia lo fue despojando de sus ropas y con una mirada sensual y llena de promesas le preguntó.

—¿Has visto mis zapatos?, los tenía anoche y ahora no los encuentro.

Cerró los ojos embriagado por el sonido de su voz, como marinero irremediablemente atraído por el celestial canto de una sirena. Sintió sus manos recorrer su pecho mientras se acercaba más a él. Trató a pronunciar palabra pero su garganta estaba cerrada, solo podía seguir el ritmo de su voz. Su cuerpo empezó a reaccionar, el olor de su perfume era embriagador. Nunca había sentido lo que estaba sintiendo en ese momento.

La chica le deslizó la lengua por su oído y él empezó a gemir.

Temía abrir los ojos y descubrir que todo era una fantasía, verse una vez más encerrado en aquel departamento sin ventanas.

Sus manos jugaban con su pecho y trazaban una línea de su cuello a su ombligo para luego seguirlo con sus labios, dándole pequeños besos que lo hacían gemir sin control. Quiso hablar, pero la chica empezó a tararear mientras sus manos recorrían su espalda. Intentó levantar sus manos para acariciarla pero su bella sirena se lo impidió. Le fue besando el cuello y con una lentitud que rayaba en la tortura se fue acercando a sus labios.

Tembló de la anticipación de lo que se aproximaba; su cuerpo y el de ella empezaron a tomar ritmo. Ella posó los labios sobre los suyos, con ligera presión al principio y luego con frenética ansiedad, aún sin permitirle usar sus manos lo agarró del cabello mientras su lengua exploraba su boca.

Sus besos eran como licor exótico que embotaban sus sentidos y le hacían perder la razón. Con delicadeza la desvistió, dejando al aire sus pechos turgentes; llevó sus manos a ellos y ella se lo permitió. Su excitación crecía a medida que acariciaba sus erguidos pezones. Con brutal fuerza lo sentó en la cama y subió sobre su miembro a la vez que dejaba escapar leves gemidos a su oído. Un mar de manos recorrían sus cuerpos dándose placer más allá de lo que nunca había imaginado. Una explosión de sensaciones invadió su cuerpo y estaba cierto que iba a terminar, pero, justo un segundo antes, ella se levantó y, poniéndose de espaldas, le llevó sus manos a sus pechos.

Con delicadeza en un principio y luego con furia le hacía pellizcar sus pezones, mientras seguía frotándose contra su sexo, sabedora de que lo llevaba a la locura.

«Contra la pared» le ordenó su diosa. El sudor resbalaba por sus cuerpos.

Por fin la penetró haciéndola gemir. Ella llevó sus manos a su espalda creando surcos con sus uñas. El ritmo se volvió locura, una mano sostenía su pierna mientras con la otra llevaba su pezón a la boca. Los gritos de placer invadieron aquel extraño espacio, la respiración entrecortada dio paso a gemidos y sabía que llegarían juntos a la gloria. Una explosión de placer le hizo gritar a la vez que caían abrazados en la cama. Luego un silencio aplastante se cernió sobre sus sentidos. Luego nada…

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7 thoughts on “Primeros concursos literarios.

  1. Buenos relatos, Jose. En el primero, consigues un final impactante, si bien un tanto separado del tono del relato, que en general es un tono simpático. Creo que deberías darle unas pinceladas oscuras a la parte bonita para que el final, además de impactante, gane en verosimilitud.
    El segundo, usas muy bien la erótica, una escena que sube las pulsaciones. Por eso, la primera parte, cuando el no se reconoce, despista. El lector comienza a imaginarse un relato de suspense, de misterio, y luego le cambias el chip. Un abrazo

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