La Promesa

—Chatita, ¿me quiere?

Martha retiró un mechón de cabello que le cubría el ojo izquierdo.

—Bien sabe que sí, Moncho —le contestó con ternura.

—Entonces, ¿por qué está triste, amor? ¿Qué le pasó?

—Soy una tonta, no me haga caso —dijo aguantando un suspiro—. Apacígüese, que se va a lastimar el brazo

—Me siento cansado, el cuerpo pesado. ¿Me voy a morir verdad?

Ella esquivó la mirada para que no viera sus lágrimas.

—¡Cómo dice tarugadas! El doctor dice que va a estar bien.

Ramón la miró con amor.

—Vieja, ¿me ama?

—Viejo loco, eso del amor es para jovencitos. Usted y yo hace rato pintamos canas. Estese sosiego y déjeme rezar mi rosario.

—Perdóneme, viejita, pero creo que le voy a faltar a la promesa —le dijo mientras cerraba los ojos.

Martha no pudo contener más el llanto.

 

 

Recordaba cómo lo conoció. Eran las ferias del pueblo y su amiga Susana la había obligado a ir a la plaza.

—Seguro que agarramos marido —le decía mientras caminaban hacia el centro—. Si no, al menos una invitación al circo.

La fiesta del pueblo era muy concurrida por los solteros en edad de merecer. La costumbre indicaba que, en la Plaza Mayor, las damas caminaban en el sentido de las manecillas del reloj y los caballeros en sentido contrario. Si una pareja se gustaba, entonces el hombre la invitaba a tomar una raspa o un helado. Si el muchacho tenía suerte, eso podría ser el inicio de un noviazgo.

Al llegar a la plaza, Martha vio a Ramón; estaba montado en su caballo alazán, él tenía un gran bigote que le daba personalidad a su rostro moreno. Supo en ese momento que ese jinete sería el dueño de su corazón.

Lo vio desmontar con gallardía, amarrar el cuaco, levantar la mirada y lanzarle un guiño. Ella se ruborizó tanto que hasta empezó a sudar; más cuando él se acercó adonde Susana le pellizcaba el brazo para que se espabilara.

—Buenas tardes —le dijo mientras le tomaba la mano—. ¿Me aceptaría una invitación a un refresco?

—¡Acepta, taruga! —la empujó Susana al ver su reticencia—. Yo los veo al ratito— y dando un giro a su cabeza y con singular coquetería, se acercó a la plaza.

Sin soltarle la mano, Ramón la llevó al puesto de sodas. La química era innegable, la rota había encontrado a su descosido. Tres semanas después eran novios y a la quinta semana su sueño se convirtió en realidad cuando, yendo en la grupa del caballo, su hombre volteó la cabeza y, sin delicadeza, le plantó un beso en el cachete.

—Ay, Chatita ¿hasta cuándo dejará de ser tan chiviada? —sonrió mientras espueleaba al alazán. Luego, y a la vera del rio, le tomó sus pequeñas manos y mirándola con gran ternura le dijo:

—Chata, aquí solos usted y yo, en la presencia de Tata Dios, le hago la promesa de quererla para siempre, de no faltarle nunca y, si la hora llega, de morirnos juntos para llegar los dos al cielo. ¿Cómo la ve, mi alma? ¿Me acepta por marido?

Martha le sonrió a la vez que lo abrazaba.

—¡Juntos pa’toda la vida, Moncho!

 

 

Solo el bip del monitor interrumpía el amoroso silencio entre la pareja. Ramón había caído en un leve sopor y Martha le limpiaba la frente con su pañuelo favorito. Las lágrimas corrían por su bello rostro mientras realizaba la tarea. El doctor entró a revisar los signos, pero su gesto indicaba que el final estaba cerca.

Después de lo que le pareció una eternidad, Ramón abrió los ojos y al ver sus lágrimas logró levantar su brazo para limpiarlas.

—Ahora sí me voy, Chatita, no me llore ni me frunza la jeta que se mira fea. Le pido perdón por no poder esperarla, pero Tata Dios me llama. Sirve que llego antes para poder platicarle pa’cuando me alcance.

Su respiración se hizo entrecortada y el aparato empezó a emitir una serie de alarmas. Los doctores se apresuraron a auxiliarlo pero, con un gesto, Martha los detuvo.

Ramón la observó y sonrió a la vez que le decía:

—Deme un beso, Chatita, de trompita— y, mientras Martha le cumplía su petición, Ramón emprendió el viaje.

 

 

Con dedicatoria especial al Tío Güero, QEPD.

 

 

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8 thoughts on “La Promesa

  1. Hola José. Has escrito un hermoso relato. Contrapones lo que fue y lo que es. Me gustó sobre todo la naturalidad de los diálogos, muy verosímiles.
    Lo que si eliminaría, por redundante, es la última parte. Antes del Flashback el lector entiende que se ha muerto. Volver a incidir en su muerte al final, lejos de darle más fuerza al relato lo hace muy sensiblero.
    En mi opinión debería terminar con ese: “—¡Juntos pa’toda la vida, Moncho!”

    Un abrazo

    David Rubio
    http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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    • Gracias David. La verdad es que asi paso, nos lo dieron por ido la primera vez y luego que no y al final pues descanso en paz. Revisitare la idea de editarlo diferente para ver si puedo evitar lo que comentas.

      Saludos

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  2. Jose, no me canso de leer tu historia, y menos sabiendo la verdad que esconde detrás. Si ya admiraba tu trabajo con esto sólo has terminado de convencerme. Esperando a poder comentarlo en el taller, pero, dadas las circunstancias y ese “bloqueo” que decías tener, no podías haberlo hecho mejor ¿o sí? Te reto a intentarlo.
    Besos.

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    • Gracias por pasarte por aqui, la verdad es que creo que cuando uno piensa en el bloqueo en si, es mas dañino que solo ponerse a escribir. Esta historia salio entre lagrimas y siento, que le da una dimension mas bonita, pero pues es mio yo que voy a decir jaja

      Saludos y gracias una vez mas. Creo que este relato sera el que pulire para ver si me cuelo en la recopilacion de este año.

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